Ada Colau o el oxímoron

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by Ivan Cuadros

 

No es extraño que en unos tiempos en los que el bipartidismo está de capa caída, los nuevos políticos apuesten en su lenguaje por la figura del oxímoron: la “combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido” (DRAE). Es por lo tanto una figura de descubrimiento, incluso de despertar, muy útil para expresar realidades complejas y habitual en la poesía amorosa y mística: “Qué tiernamente hieres, soledad sonora, música callada” (San Juan de la Cruz).

Ada Colau, cual Teresa de Ávila atea, es una de las mayores exponentes de esta nueva retórica. Cuando aún no era candidata a la alcaldía, declaró en una entrevista: “Hago activismo social por egoísmo puro”. Vemos aquí como se activan los resortes de una metáfora cíclica que esconde un pensamiento tan cristiano como “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. U otro ejemplo: “Me siento cómoda siendo incómoda”. Son frases lapidarias, iluminadoras, que superan el significado lineal de dos conceptos opuestos para crear un nuevo significado, aunque este, a su vez, sea difícil de aprehender: en esto consiste precisamente el juego. Más que un significado, muestran una dirección; más que fijar un sentido estático, activan un movimiento: ahora bien, el movimiento se demuestra andando.

El oxímoron es habitual en el lenguaje revolucionario, ya sea en Jesucristo (“Pues el que se ensalce, será humillado;y el que se humille, será ensalzado.” Mateo 23:12) como en el mayo francés (“Imaginad lo imposible.”). No es una figura para mantener la realidad tal cual está, sino para subvertirla. Por esta razón, uno de sus efectos colaterales es la incertidumbre, de modo que debe utilizarse con cierta cautela. (En una ocasión, un tertuliano de luces apagadas, tal vez contagiado por esta nueva retórica y en un intento de sacarle provecho, le espetó torpemente a Ada Colau: “Está usted muy gordita para el hambre que se pasa”. A esto se le llama inteligencia: logró que lo expulsaran del programa y el descrédito público).

Ada Colau, en su primera intervención como alcaldesa, ha seguido usando el oxímoron como uno de los motores de su discurso: “Estamos aquí para mandar obedeciendo”. O: “Gracias por hacer lo imposible, posible”. Le otorga un sentido de circularidad, de conexión inextricable, incluso de cooperativismo lingüístico, que contrasta completamente con el lenguaje de la derecha más reaccionaria. Porque lo opuesto al oxímoron es el pleonasmo, una figura en la que aparecen uno o más términos redundantes (por ejemplo, “Lo vi con mis propios ojos”): es decir, lo mismo reforzado por lo mismo. Así, el Frente Nacional de Le Pen: “Francia para los franceses”, o más cerca, en la figura plana de Mariano Rajoy: “España es una gran nación y los españoles son muy españoles y mucho españoles”. Pocos políticos tendrán una posición tan prominente en la historia de las perogrulladas.

Pero la ventaja lingüística del oxímoron se convierte en un obstáculo en la realidad. Ahora Ada Colau tendrá que demostrar con hechos cómo “manda obedeciendo”, cómo hace “posible lo imposible” y cómo se siente “cómoda siendo incómoda”. Una cosa es proponer la ilusión; otra muy diferente es que no se convierta en decepción.

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