arroz negro 011

Se me acercó la Libertad una vez…:// Se me acercó la Libertad una vez. Te lo juro. Y la sentí tan próxima como una caricia de madre. Se me acercó por detrás mientras yo estaba parado de cara al sol en la esquina de la plaza. Se me acercó como una sombra de mayo, suave y a traición, seductoramente suave y creciente, al girar en torno a las campanadas que anunciaban la hora del té y la salida de la oficina.

 

Esperando estaba yo, veía cómo aquellas nubes lejanas en el horizonte iban viniendo hacia mí por encima de las moles de lo concreto. Venían maquinalmente negras y pomposas como un poema sacro. Esponjosas y negras como vello púbico, como una veta de bronce en bruto.

 

Se me acercó por detrás y me dijo al oído: “Allá donde el viento me sople te sabré desembocadura de turbio río que de las lágrimas se mezcla con el mar, donde las penas de la vida líquida se trasmutan en placeres inmortales, allí donde tu noche te será eternamente blanca, te dibujará un rubor en las mejillas, y todo lo que de ahí en adelante quieras te será concedido, salvo cualquier deseo de avanzar descalzo, eso es solo cosa de dioses y de hombres…”.

 

Me di la vuelta espantado. Sentí un frío filo de tijera de peluquero en mi espalda que bajaba estremecedoramente, clavando su filosa punta desde las cervicales hasta las temblorosas rodillas. Tambaleante y enfebrecido, giré en torno a mi metro cúbico y, apenas sosteniendo mi estupor, no encontré nada, solo pude divisar una masa informe que ondeaba confusa, como un arroyo suburbano alrededor de mí y de las cosas, como un ecosistema de alimañas y basuras flotando en la superficie a merced de una corriente estancada. Corriente estrambóticamente abrasada a mi polarizada vista. Como un enjambre de bolsas camiseta de supermercado, plateaban bajo el inestable sol, tan brillantes y cochinas, parloteaban y se mezclaban con las aves residentes, picoteando un mendrugo de pan salado rechazado al costado de los cubos de basura municipales.
Un sudor frío empapó mis sobacos.

 

La inmensa nube púbica enchapada de negro azabache se aproximó hasta donde me encontraba, desplazándose lenta pero certeramente. Se posó justo encima de mi cabeza, cubriendo al sol de una amarga sombra impenetrable. Destilaba un repulsivo olor a calamidad. Un olor a tierra mojada con sangre y sudor de lejos, muy lejos, como si desde Medio Oriente viniera, o quizá de más lejos aún, tratando de digerir en sus entrañas una existencia magra y ácida de pólvora, carne de cañón, opiáceos y oro negro, de los cuales se alimentó a su fastuoso paso por todo aquello, lo vasto de los conflictos. Olor a purga al que estruendosamente le siguió una cortina de negro líquido gástrico que cayó en baldes, lavando así su estómago sobre mi cabeza. Todo empapado después de la primera ducha lavativa, vencido y confundido, me senté en un reborde de escalera para recobrar fuerzas. Estaba muy agotado y aturdido, jadeando desesperadamente. Sucio, sucio, Sucio. Perturbadoramente sucio. Una vez más respiré, muy hondo, conteniendo todo el aire que pudieran soportar mis pulmones, y lo mantuve en el fondo. “Veré hasta donde llego”, me dije…

 

No pasó mucho tiempo hasta que expiré.

 

VIVO:// La Libertad de verdad se me acercó una vez, amigo, te lo juro. Y la gente corría desesperadamente, buscaban refugiarse de la intensa lluvia que caía a baldazos. Gatos y perros cayeron esa tarde de mayo en plaça Catalunya. Sí… ahí mismo… En esa esquina de la plaza donde pasas todos los días a la misma hora y no te das cuenta de nada.

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