Arroz Negro

Las telenovelas de mi madre:// Las anestesiantes novelas de televisión de mi madre son auténticos chutes para conciliar el sueño, sin embargo no te dejan dormir, y yo he sido contagiado por una de sus puntiagudas jeringuillas.

 

No es que tenga nada en contra de ellas a parte de que el tiempo transcurre en una cámara lenta que ni con el rewind del mando podría acelerar (comprobado); de que en las escenas más turbulentas hay un piano puntiagudo que te traslada a una habitación blanca y sin ventanas donde continuamente se están rompiendo cristales, crash, crash, trash, como si Bruce Willis estuviera en su jungla; de que esas notas agudas intentan crear una intriga que lleva siete capítulos sin encontrar el final, en lo que Frodo llega a Mordor todavía está el tipo intentando salvar el granero de la hacienda que está en llamas; de que el primer plano de la mujer fatal, cabreada y deseosa, es increíblemente descompuesto y exagerado, tanto que parece que estoy viendo a una bruja de Disney; de que te puedes perder tres capítulos y todavía no ha dejado de llorar la cuñada, el primo, de querer matar al que ha pillado en la cama, y el abuelo, de consolar las penas; de que siempre alguien descubre que su madre o su padre no es quien creía, o bien le han robado el niño injustamente, o bien que la cárcel es su destino inevitable; de que hay un personaje sorpresa que viene a joder la marrana justo cuando la familia es feliz y alegre.

 

Quería decir, no es que tenga nada en contra de las telenovelas de mi madre, sino que estoy jodidamente enganchado como la droga de después de comer. Es comer y tambaleándome como un yonqui me voy al sofá del salón para visionar con una ansiedad descontrolada el capítulo del día. Y quiero salir de este mundo telenovelesco que me consume, me arrastra, me lleva a plantearme la razón de mi existencia como ser humano en la tierra y del universo. ¿Alguien tiene el antídoto?

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Réquiem:// Se corta un lazo, fsht, de golpe, de forma seca, tajante, limpia, y algo te dice “nunca más volverás a escuchar, tocar, mirar, hablar, abrazar, mirar, tocar, escuchar a esta persona; nunca más
te
volverás
a
comunicar
con
esta
persona”.

Lloro, grito, chillo. Grito como nunca antes, lo juro: como nunca antes había gritado. Estoy en la habitación contigua a la de la que me han echado. Me ha echado (…): me he acercado a ella gateando por encima de la cama mientras le hablaba a sollozos, y me ha dicho algo así como vete de aquí porque no quiero sentir lo que tú sientes. En un instante me he sentido avergonzada, y “egoísta”, he pensado. En un instante he huido hacia la habitación donde ahora me encuentro, donde lloro. Donde lloro, y no lloro porque grito, grito como nunca antes hubiera pensado que sería capaz de hacerlo, grito tanto que siento que debo taparme la cara con algo para ahogar el grito y no escandalizar a los vecinos, grito tanto que me tapo la cara con una almohada para poder chillar, sin pausa chillo, chillar, chillo. Chillo desde un extremo de mi alma, con la mandíbula y con los dientes. Chillo y no pienso en dejar de hacerlo. Chillo con los músculos, chillo con los tendones, chillo mientras todo mi ser se rompe. Chillo con la piel. Chillo mientras noto como se enrojece mi garganta. Chillo y no quiero dejar de hacerlo: chillo con el estómago con los ojos con la nariz con las manos.


Chillo como nunca antes, lo juro, lo había hecho.

Chillo sin fuerzas porque no las necesito.

Chillo tan fuerte,


que todavía chillo.

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Negocios:// Reverbero: un zumbido punzante recorrió el cristal. Nadie se mostró inquieto. El motor continuaba encendido. Sintió un fogonazo y un vaho amargo le lamió el paladar. Alguien lo tomó por la coronilla, le obligó a bajar la cabeza para que no se golpease al salir y lo detuvo. La lengua se le había hinchado. Un sabor acre le hizo pensar que quizá oliese del mismo modo.

 

Otro empujón. Tropezó con algo: un escalón y luego otro y otro y otro más. Un paso en falso: golpe seco en el rellano. No había manera de saber cuándo empezaba y terminaba la escalera. El eco de los pasos se mezcló con ruidos y olores. Ojalá pudiese ver la luz con la piel. Griterío de niños, ladridos acallados, música. Televisión. Radios.

 

Dejaron de andar. Notó un agradable frescor en las mejillas. Estuvo a punto de increparlos para que al menos le quitasen la venda de los ojos. No hizo falta.

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Ego te absolvo:// Desde que han retirado a los mendigos de la calle, don Prudencio no duerme bien, apenas come y ya le da igual ganar o perder en la partida de ajedrez que juega en el casino. Echa de menos a los pobres en general, pero sobre todo al que se apostaba en la entrada de la iglesia los domingos. Con qué naturalidad aceptaba la moneda de dos euros que dejaba caer en la caja de latón al salir de misa con su familia; cargado de buenas intenciones, confesado y arrepentido. Con qué gratitud le miraban sus ojos acuosos y cruzados de venillas rojas otorgándole un alivio placentero.

 

Ahora lleva tres semanas sin verle, y ni los rezos, ni los golpes de pecho aplacan su angustia. Por eso hoy, al encontrar un indigente fugado durante su paseo vespertino, pone en su mano un billete de cien euros. La sensación de sosiego es inmediata, se pone de rodillas y le ruega que vaya a la misa de doce, que sea su mendigo siempre, siempre.

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