Del confort de la zona alta a rude boy por accidente: aventura en el mundo Okupa

By Elisa Munsó
By Elisa Munsó

La historia que leerán a continuación es real. O no. Pero podría serlo. Hay cosas que nuestros padres y madres nos enseñan de pequeñas. Cosas del tipo: “no cojas cosas del suelo”, “no te hurgues la nariz”. Decir gracias si alguien te aguanta la puerta para que puedas pasar. Aguantar la puerta para que puedan pasar. No meterse en coches de desconocidos. Sonreír por defecto. Sentirte culpable al mentir. Respetar la propiedad ajena. Micromundos construidos en nuestros yoes a base de la metódica disciplina de la educación. Construir lo que entendemos por realidad, al fin y al cabo.

La siguiente historia tiene como protagonista al muy nostrado y querido Borja Montblanc en uno de sus días más importantes de su relativa corta vida: su puesta de largo. Pero a su vez es también la historia de una de aquellas cosas que vamos aprendiendo de pequeños y que, al llegar a la edad adulta, ya nos creemos que no lo aprendimos, sino que siempre estuvo allí: la sagrada e inviolable propiedad privada. Agárrense fuerte que vienen curvas.

 

Mirablau – Una anomalía en el Upper

Les había citado a todos en el bar Mirablau. Algo especial para un día especial, como dice mi madre. No todos los días se cumplen dieciocho. Aún no tengo el carnet de conducir, pero papá me prometió comprarme el Mini si las aprobaba todas el primer trimestre (aunque yo sabía que me lo compraría igualmente). En todo caso, me gusta estudiar y me gusta el Derecho. Por mucho que me hubieran llevado a escuelas religiosas y haya comido más hostias que panes, nunca me acabé de fiar del orden que constituye la divinidad. Existirá o no, pero es su orden, no el nuestro. La Ley, en cambio, sí que somos nosotros.

La verdad es que daba gusto vernos; todos mis colegas de la escuela y la facultad, con traje y corbata. Ellas, con tacones y vestidos largos. Algunos eligieron corbatas coloridas: naranjas y azules eléctricos. No era mi estilo. Si llevas corbata que no parezca, ejem, que es la primera vez que te la pones. No, no, corbata marrón oscuro y delgada, a juego con los zapatos. Abrí un par de regalos y me dirigí a la barra con Pablo. Nos atendió una camarera. De pelo corto, ojos oscuros. Llevaba un pendiente en la parte superior de la oreja, cosa que me sorprendió un poco.
–Hola.
–Hola.
–¿Me pones un vodka-naranja, por favor?
–Claro.

Volviendo a la zona común donde estábamos todos, Pablo me dice:
–La camarera, se parece a la Gabriel esa.
–¿La de la CUP? No sé parece en nada, Pablo.
–Sí, sí, tiene un rollo así. Yo sé lo que me digo.
–¿Lo dices por los pendientes?
–Por los pendientes y por el pelo. ¿Es que tú no lo ves?
–No sé, Pablo. No lo veo.

Me giré otra vez para mirarla. Ella me estaba mirando también. Me sonrió. Pasaba la noche y aprovechaba cualquier excusa para ir a su barra. Si veía que no estaba, iba al baño y volvía. Le conté que era mi cumpleaños, que en breve me sacaría el carné de conducir y que, si lo aprobaba todo, mis padres me comprarían un Mini. Ella se rió, pero no dijo nada. Con mi tercera copa salí a tomar el aire a la terraza. Las vistas eran increíbles. Se me acercó Pablo, y con notables síntomas de embriaguez me dijo:
–¿Te gusta la comunista, eh? No pasa nada, no se lo diré a nadie.
–Es muy simpática. ¿Y por qué dices que es comunista?
–Porque nadie compartiría una conversación con un tío tan feo como tú si no fuera porque lo comparte todo por ideología. Anda, vamos para dentro que es tu fiesta y llevas horas escaqueándote.

 

Ateneu Popular de Vallcarca – Inmersión en territorio comanche

Eran las 2:00 y ya estábamos movilizando a los taxis para bajar al Sutton. Aquella noche había reservado una mesa en el privado. Algo especial para un día especial, como dice mi madre. Ya en la salida les avisé a todos que me había dejado un regalo y debía volver a recogerlo. Era mentira, claro. Entré, pero no la encontré. Y al salir, allí estaba, apoyada en la pared, liándose un cigarro.
–Voy a un concierto que organizan unos amigos. ¿Te apetece venir? –me dijo.
Me sudaban las manos. ¿Qué estaba haciendo?

Miré atrás un segundo. Estaban todos reunidos, hablando entre ellos. Carlota, Marta, Carlos ya estaban dentro del taxi. Vi que Pablo me estaba mirando. Levantó sutilmente el puño izquierdo, me guiñó un ojo, y se metió dentro del taxi.
–Vamos.

Empezamos a andar dirección nosédónde. Bajamos por la avenida Tibidabo; había estado muchas veces antes por ahí. Había acompañado algunas veces a los malotes de clase a fumar porros a la Tamarita, el parque que hay justo encima de la plaza Kennedy. Se lo comenté. No sé, quería impresionarla. Se rio, igual que cuando le comenté lo del coche. Giramos a la izquierda, y en la avenida República Argentina volvimos a girar hacia la calle Gomis. Nos estábamos alejando de mi zona de confort. Estábamos en otra avenida, Vallcarca. Era tarde y no había nadie en la calle, salvo un lejano ruido enlatado. Pasamos por lo que parecía una especie de huerto. No lo entendí mucho. Todo aquello empezaba a ser un poco raro. Entre las copas de más y la atracción que sentía por ella no había prestado mucha atención a dónde me llevaban mis pies.
Mis amigos estaban celebrando mi cumpleaños y yo estaba perdido con una comu…
–¡Ya estamos a punto de llegar!
–Ah, genial.

Al cabo de pocos metros allí estábamos. En el número 91 de la avenida Vallcarca: “Ateneu Popular de Vallcarca”, acompañado con estrella negra y roja. Dónde me he metido. Y encima vas en traje. Qué pensarán. ¿Y si me pegan? Pero ya estás aquí. Y ella te gusta. Mira dónde estás. Claramente te gusta.
El sitio era bastante pequeño, quizá de unos 20 o 30 metros cuadrados. Todo el interior estaba pintado con grafitis reivindicado cosas varias que no acaba de entender. Sentía que había entrado en las Cuevas de Altamira. Estaba tan absorto que no me di cuenta de que había un grupo de música tocando un objeto musical no identificado. Decir grupo quizá es un poco generoso para definir un tío al bajo y otro a la guitarra. Llamarlo música ya era un acto de fe. Manos sudorosas, otra vez.

–Toma, vodka con fanta. ¿Es lo que bebes, no? Algo he aprendido a parte del Mini. ¡Mira! Te presento a mis amigos, Jordi y Arnau.
–¡Hola!
–¿Qué tal estás? ¡Me mola tu estilo, pareces un rude boy!
–Ah… gracias. ¿Es vuestro el local?
–Técnicamente no –respondió Arnau–. Pero ya hace un buen tiempo que trabajamos conjuntamente con la gente del barrio para ofrecer un espacio cultural y de ocio, cooperativo, feminista y anticapitalista.
–Eso está fantástico –dije.

No sabía qué decir. No había entendido lo de “técnicamente no”. Seguía sin poder prestar mucha atención a algo en concreto. Estaba borracho, y el olor a maría me estaba confundiendo aún más. Me acerqué a ella. No tenía claro qué le quería decir, pero quería decirle algo. Aquello era demasiado, yo no pertenecía a aquel sitio.
–Mira, que yo, no sé… yo ahora tendría que estar en Sutton, y ahora estoy aquí…
–A mí me gustas… y creo que yo también a ti. Y no te preocupes por ellos, son buena gente. Bueno, son gente. Lo mismo que tus amigos encorbatados. Gente.

Aquello me tranquilizó. La miré, y me estaba sonriendo. Pero era una sonrisa distinta a la del Mini. Más cálida y próxima. Nos acabamos la copa, y escuchamos un par de “canciones”. Nuestras manos se rozaron tímidamente.
–Oye… vivo justo arriba. ¿Quieres subir?
–Sí.

 

En la casa Okupada – La Sagrada Propiedad Privada

Salimos del local y por la portería de al lado fuimos hasta el piso superior. Llegamos a su habitación; nos miramos y nos empezamos a reír. Nada de aquello tenía mucho sentido aparente. Pero allí estábamos, y estábamos bien.

Me desperté con olor a tabaco y a café. Estaba desnudo en la cama, y ella entró en la habitación, enredada en un pareo verde-lila.
–¡Buenos días!
–Bon dia.
–Tengo que decirte; lo de ayer para mí fue un poco surrealista.
–¿Y para mí no? Te crees que es normal para mí llevarme a un Upper a la cama.
–Supongo que no.
La habitación tenía una ventana que daba la avenida Vallcarca. Se acercó para sacar el humo del cigarro.
–Es un piso agradable. ¿Compartes con alguien? –pregunté, un poco ingenuamente.
–Sí, sí. Ahora somos cuatro. Yo ya llevo un año y poco. Carlo llegó en febrero de Bolonia. Y luego Marc y Bet entraron hace un par de semanas, pero creo que no tienen intención de quedarse mucho. Están de paso, sabes…
–¿Pero a quién le pagan? ¿Está a tu nombre el piso?
Ella se rio y me contestó:
–No pagamos. Estamos okupando.
–Espera, espera. Tengo muchas preguntas. De entrada, esto no parece un piso okupado.
–¿Cómo crees que es un piso okupado?
–No lo sé porque nunca había estado en uno. Pero… en las noticias, en los periódicos… en fin, siempre hablan de suciedad y drogas. Y no me extraña.
–Bueno, hay de todo. Por supuesto que existen los grupos con la filosofía de “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”. Si me preguntas a mí, y te diré que creo que es la actitud de la mayoría, es que yo pueda hacer lo que hago para que otras lo puedan hacer después.
–Eso no quita que estáis robando la propiedad. Y la propiedad es el principio básico de la democracia.
–¿Por qué dices eso?
–¿El qué?
–Que se está robando la propiedad.
–Pues porque es obvio. Pertenece a alguien.
–Pero yo no estoy robando la propiedad. La propiedad está intocada. Estoy usando la propiedad. Lo que está en cuestión en la okupación es el uso de la propiedad.
–Pero sigue siendo injusto.
–Hay mucha gente que lo ve así. Pero hay un factor inherente a la okupación, una injusticia mayor, a mi parecer. La okupación existe en tanto que hay procesos de especulación previa. Si no hay esa especulación, no se da la posterior okupación. ¿Por qué un inversor capitalista tiene bloques de pisos sin ocupar, sabiendo que hay gente en la calle sin techo, si no es para que suba el precio de los mismos?
–Pero sigue siendo su propiedad, y con ella puede hacer lo que le dé en gana.
–Claro, y en este punto no estaremos de acuerdo. Primar el beneficio privado por delante del beneficio colectivo.
–Pues no.

Había dejado a mis amigos colgados en mi fiesta de despedida. Me adentré en territorio comanche y compartí bebida con gente que en situaciones normales habría cambiado de acera. Y, joder, me había acostado con una okupa en una casa okupada. Pero ya no estaba incómodo. Definitivamente, cómo diría mi madre, fue algo especial en un día especial. Aunque creo que es mejor que no se lo cuente a ella.

 


Datos de interés


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  • Según el sociólogo Miguel Martín López, “en todo el movimiento okupa existe de forma manifiesta una cierta conciencia de ‘clase obrera’ en referencia a los problemas laborales señalados, pero ni pretenden continuar con las prácticas tradicionales de movilización de esa clase, ni existen datos suficientes para afirmar que sea el proletariado su origen familiar más inmediato”. Más aún, en el actual contexto de empobrecimiento general y encarecimiento de pisos, así como con la propia evolución del movimiento, sus tiempos y experiencias, la okupación ya no se limita a un fenómeno vinculado a ideologías puramente antisistema ligadas a tradiciones libertarias.
  • En Barcelona, el movimiento okupa llegó a mediados de los años 80, muy vinculado a la cultura punk. La primera okupación urbana registrada data de diciembre de 1984, cuyo escaso éxito temporal (fueron echados a las pocas horas por la policía) sirvió para inspirar otros jóvenes a okupar viviendas desocupadas.
  • Un punto de inflexión para el movimiento okupa de Barcelona fue el desalojo por parte de la policía del Cinema Princesa en octubre de 1996. El desahucio se saldó con la muerte de  José Luis Enguidanos Pons, de 32 años, decenas de heridos y 48 detenidos. Un joven, Jaume Asens, actual Regidor del Ayuntamiento de Barcelona, fue uno de los abogados de los okupas.
  • usurpa.squat.net ofrece un boletín informativo semanal sobre todas las actividades programadas en los Centros Sociales Autogestionados de Cataluña.
  • En okupesbcn.squat.net facilitan un breve manual de okupación, así como información relativa al marco legal que la regula.
  • Desde 1996, el Ateneu Resistència Roja se rebautizó cómo Ateneu Popular de Vallcarca. Desde entonces, el APV ha sido un espacio cultural para la ciudad de Barcelona y un espacio de importancia dentro del pequeño mundo asociativo del barrio de Vallcarca. Hoy en día, el APV tiene más de un centenar de socios y socias. El Ateneu funciona sobre las bases de la autoorganización, el asamblearismo y la autogestión.
  • No hay un recuento oficial del total de pisos desocupados en la ciudad de Barcelona, aunque según un estudio del Instituto Nacional de Estadística de 2011 estimaba en alrededor de un 10% el parque de pisos vacíos. Se estima, entonces, que el total de pisos okupados sobre los pisos vacíos no llegaría al 0,1%. Actualmente el Ayuntamiento de Barcelona está trabajando para un censo de viviendas vacías: ajuntament.barcelona.cat/dretssocials/es/noticia/un-censo-de-pisos-vaczos-para-captar-viviendas-para-la-bolsa-de-alquiler.
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