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Barcelona, Ciutat Refugi

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Ilustración de Miguel Gallardo

Hadim me mira a los ojos y juega: “¿A que no adivinas cuántos años tengo?”. No lo sé. Él tampoco. Sólo sabe que nació en invierno porque su madre le dijo que nevaba. En Afganistán. Cuando le conocí, en la plaza Victoria de Atenas, quería llegar a Suecia y empezar de cero. Estudiar, trabajar, traer a su familia. Lo que querríamos tú y yo si viviéramos entre las balas de los talibanes y del horriblemente mal llamado Estado Islámico. Si su camino se tuerce, podría junto a eritreos y sirios llegar a Barcelona, ciudad pionera en entonar el “refugees welcome”.

A pesar de que europeos y estadounidenses, junto a otros aliados, hayamos destrozado su país, Afganistán no es para la UE un país en guerra. Aún así, en esta Europa de la solidaridad con cuentagotas, Bruselas ha decidido acoger como refugiados, por esta vez, a las personas procedentes de países a los que en el 75% de los casos se les da el asilo. Así que las personas que llegan desde Siria, Afganistán y Eritrea serán candidatas a convertirse en barcelonesas sin que la ciudad pueda decidir nada más. Es decir, que por ejemplo, quienes vienen de Irak, entre otros muchos países con situaciones jodidas, queda fuera de la lista de agraciados.

En noviembre se prevé que lleguen a Barcelona 1.200 personas que se repartirán por toda Catalunya, de las 18.000 del contingente del que se hará cargo el Estado español. En Barcelona se quedarán entre 600 y 800, según avanzó Ada Colau el pasado 29 de septiembre. A partir de ahí, se prevé que lleguen unas 60 a la semana. Pero las cifras no son oficiales porque el Estado no las facilita: “Es una vergüenza la falta de información”, clamaba Colau. El ayuntamiento obtiene estas cifras de otras “fuentes internacionales” que Ignasi Calbó, coordinador del plan de Ciutat Refugi, no quiso desvelar.

Aun con el Estado en contra y haciendo cálculos como si de la trapecista de un circo se tratara, Colau ha dado luz verde al desarrollo de un plan que dirige también Isabel Ferrer, directora de Emergencias del ayuntamiento, para dar paz y techo a miles de personas. Plan susceptible de cambios si al presidente del Gobierno se le ocurriera en algún momento tener a bien dialogar y cooperar con las ciudades dispuestas a acoger personas. Pero de momento, con alfileres, las fases son:

Un equipo multidisciplinar se desplazará a las “zonas de transición” para valorar el estado social, psicológico y de salud de los refugiados que vendrán. En esa línea, Colau ha viajado a ciudades como Viena, Munich o Leipzig para empollarse cómo lo han hecho ellas al acoger refugiados.

La recepción de los primeros contingentes se hará en el Fòrum —en el edificio, no en la explanada— donde se evaluará la emergencia de cada uno y se les derivará a los primeros centros de acogida. No habrá un campamento allí, sólo algunas zonas de descanso.

En esos centros se activará la fase de acogida, en la que se elaborará un informe sobre cada cual y se les orientará para su integración en Barcelona o en Catalunya. Ferrer calculaba que eso tomará entre 7 y 10 días.
Con trabajadores sociales y psicólogos, se verá cómo estas personas se adaptan a la realidad catalana durante los siguientes seis meses y hasta un año, a modo de seguimiento.

Una vez que cada uno se adapte a la realidad, el plan se cerrará y cada refugiado pasará a disfrutar de los servicios sociales ordinarios, a los que acudimos todos.

El plan costará 10,5 millones de euros. Ferrer estimaba que si se utilizan todos los recursos puestos al servicio de los refugiados —incluidos médicos y enfermeros— el coste por persona rondaría los 50€. Pero una vez más, son datos no oficiales. Y adelantándose a los discursos racistas, Colau ya dejó claro hace tiempo qué se haría con el superávit del consistorio.

Pero sí, estamos hablando de años. Sí, esta gente viene para quedarse y por eso nuestros democráticos gobiernos están de uñas. El plan es sólo inicial y está abierto a cambios porque como recordaba Ferrer, “el futuro lo decidirá cada persona” y Barcelona deberá hacer “un traje a medida de cada uno”.

Hablando con Maria Alba Gilabert, periodista en la sección de Internacional de Catalunya Ràdio, resaltaba el contraste entre la reacción institucional a catástrofes como inundaciones o huracanes y la llegada de personas que vienen de guerras que, dicho sea de paso, nuestros gobiernos alimentan. Precisamente porque el aterrizaje es para largo.

Tiene claro que la llegada de miles de personas que huyen de una guerra es un “marrón” que a ningún político le apetece comerse porque “haga lo que haga lo hará mal”. Con todo y con eso, Gilabert consideraba que la única manera de proceder sin caer en la xenofobia es contar con los sirios, afganos y eritreos que ya están aquí desde hace tiempo. “La diáspora es fundamental para que el aterrizaje de los que vengan sea más suave”, explicaba, “porque la gente que viene habla otros idiomas y tiene otras culturas muy diferentes a la nuestra, no son Messi.”
Cuando se instalen, tarde o temprano, los refugiados necesitarán un trabajo. Y sus hijos, una escuela. Y sus cuerpos, hospitales. Y aunque también pagarán impuestos, la periodista recuerda que en un país con un 25% de paro puede darse cierta conflictividad social que el reparto de cuotas en la UE pretende evitar. El problema es que ni los que salen más beneficiados están contentos: “A España le tocan el doble de refugiados que a Polonia con un desempleo mucho más alto y aún así se queja”. He aquí la madre del cordero. La llegada de miles de refugiados, que son, en términos económicos, mano de obra, “sólo beneficia a Alemania”. También en términos económicos, exclusivamente.

Para romper con esa espiral conviene escuchar a Eduard Sagarra, profesor de Derecho Internacional Público en ESADE. Porque no, porque acoger refugiados no es rentable económicamente en este momento. Pero Sagarra le da la vuelta a todo el debate con sólo una frase: “Tener un sistema de valores es caro, pero es humano”. Y ya está.

Estamos hablando de personas. Personas que no vienen aquí por placer, son personas que huyen de la muerte. A Sagarra le chirría que las negociaciones sobre el reparto de cuotas se produzcan “como si hablaran de mercancías”. En ese sentido, sólo tiene palabras bonitas para la iniciativa del ayuntamiento de Barcelona, que antes que nadie escribió a Rajoy para pedirle acción y después publicó una carta con el apoyo de las alcaldías de París, Lesbos o Lampedusa para lanzar una red de ciudades refugio: “Es una idea fantástica”.

Pero bajando a la realidad, él mismo recuerda que las competencias de asilo son del Estado y que “todo lo que puede hacer Barcelona es presionar y dar ejemplo con un trato humano a los refugiados que le toque acoger”. Y de momento el pensamiento del ejecutivo, resumido por Ferrer, va en esa dirección: “Son supervivientes, por encima de todo”. Ojalá que sea así. Ojalá que si Hadim, llegado el caso, tiene que poner un pie en el Fòrum, pueda decir, constatar y sentir que, efectivamente, ningún ser humano es ilegal. Eso sí que es un orgullo.

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