són els d’aquí

En pleno mes de octubre, me siento a comer castañas asadas bajo la sombra de un platanero del passeig Lluís Companys. Estival mañanita de 25 grados a la sombra. Aunque no me apetecían, he comprado las castañas porque la castañera me ha dado penita. Pero luego, pensándolo mejor, me he dado asco a mí misma, por mi rollo condescendiente pequeño burgués. En realidad, esa señora tiene más cojones que yo y quince como yo juntas.

 

Desafiando termómetros y convenciones, ha sacado su caseta a la calle, ha encendido las brasas, ha desempolvado la destartalada sartén perforada, y venga, ¡a asar se ha dicho!

 

Aun a sabiendas que, con este fucking calorazo nada otoñal, más apetece un café con hielo en una terracita y un Pirulo Tropical, la castañera no se esconde en su casa, lloriqueando y maldiciendo las inclemencias del tiempo que le ha tocado vivir. Valiente.

 

Bueno, como para cuando leáis esto ya habrán bajado las temperaturas y nadie se acordará de que el verano de 2011 terminó el puto 7 de octubre, dejo ya de aburriros (que es pecado).

 

Como iba diciendo, aquí sentada en el passeig Lluís Companys, donde hace algo más de un mes se instaló La Mostra d’Entitats para celebrar La Diada, me da por recordar una fascinante charla de sobremesa del mes de agosto con unas amigas sobre la idiosincrasia catalana.

 

Saben aquell que diu: estaban una vasca, una rusa, una francesa y una catalana charlando durante la sobremesa de una agradable barbecue (aunque lo parezca esto no va a ser un chiste, esto es mi vida), cuando la vasca va i diu:

 

“El otro día fuimos a tomar el vermut con unos amigos y uno de ellos, catalán, empezó a pedir como si se acabara el mundo, anchoas, boquerones, gambas a la plancha, bravas, chipirones, pulpito al ajillo… Sin consultar ni nada, pero aquello que no le das importancia. Si tiene hambre el pobre, ¿qué le vas a decir? Mi amiga y yo compartimos una caña y como estábamos en plan cotorras y resacosas, ni siquiera atacamos las tapas. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar la cuenta, el catalán, ni corto ni perezoso, coge y la divide en partes iguales entre los cinco que estábamos. ¡Me quedé de cartón piedra y de piedra pómez! Y de gilipollas que soy, le di 10 euros con la dignidad, pero con un dolor de estómago de esos que no se olvidan. La caña a medias más cara de mi historia. Nunca más me voy de tapeo con un catalán.

 

Y esta anécdota, que no debería servir más que para ilustrar el morrazo de un caradura profesional, dio pie a que las nenas empezaran a desgranar sus experiencias con la tacañería y el sosismo, el separatismo y la aburrida solemnidad del poble català.

 

“Pero, ¿qué coño pasa con los catalanes?” –se preguntó la rusa–. “Eso, eso, ¿qué coño pasa con los catalanes? Haces el esfuerzo por caerles bien, pero no te incluyen. Ni aunque les sueltes un gràcies y un bon dia; ni siquiera si los emborrachas a litros de cerveza regalada.

 

És difícil guanyar-se la confiança d’un català.

 

”¿Y qué me dices de cuando vas a tomar algo con algún catalán? Te pides dos cortados y antes de que puedas decir Generalitat, ya se han levantado a pagar el suyo, porque lo del hoy pagas tu, mañana pago yo, como si aquí no existiera…

 

Els catalans viuen com si no hi hagués un demà.

 

“Recuerdo haber ido a una fiesta donde todos eran catalanes…” –soltó la francesa–. “¡Y nadie me habló! Actuaban como si fuera transparente.

 

Creus que un català et dirigirà la paraula només pel fortuït fet que siguis estrangera?

 

Y yo, la catalana, ahí sentada, soporté estoica cual punching ball las hostias que me llovían por todas partes. Aunque, al mismo tiempo que se desgarraba mi amor propio, experimenté un hondo orgullo por el hecho de que no me metieran en el mierdoso saco de los tacaños, los sosos, los elitistas y los solemnes. Este desbarajuste de emociones no se explica si no es por el aglutinamiento cultural del que gozamos una buena parte dels catalans: el charneguismo. ¿Porqué nadie usa esta palabra desde los años noventa?

 

No soy muy politiquera, bien lo sabéis, oh, queridos fans. Pero en estos tiempos que corren, de puritanismo, welcome back a la dreta, corrección política y falsas dicotomías, hasta a mí, petarda ombliguista donde las haya, me tiene hasta el chirri el teatrillo del màrtir català. Oh. Ooooh. ¡Ens ataquen! ¡¡Ens ataquen!! I mentre ens ataquen de fora, l’Artur Mas tisora va, tisora ve. I mentre ens ataquen de fora, Llei Òmnibus. I mentre ens ataquen de fora, criminalitzem a les prostitutes. I mentre ens ataquen de fora, anem pagant peatges. I mentre ens ataquen de fora, ens roben la cartera i els Mossos que no venen. I mentre ens ataquen de fora, el Felip Puig encara és Conseller d’Interior.

 

Afronte-m’ho sense somicar. No ens fem estimar. I què? Prou ja de deixar-nos donar pel cul pels qui més ens hi dónen. Que no són els de fora, no. Són els d’aquí, els nostres pagesos vestits de diumenge.

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