Chispa Ibérica: Primeras aventuras de una petarda en el D.F.

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Como mis chispeantes seguidoras ya sabrán, esta columna está escrita en tierras mexicanas por obra y gracia de un contrato de trabajo que no es mío, pero como si lo fuera. Ahora me dedicaré una temporadita a ser “señora de” —que siempre ha sido uno de mis sueños, lo confieso. Por lo menos hasta que me arreglen mis papeles y tenga que volver a ejercer de desempleada-empleada-desempleada; ese bucle eterno que tan bien conocemos las que somos demasiado vagas y cobardes para ser freelancers de lo nuestro.

Por circunstancias que no vienen al caso, mi primer domicilio en Ciudad de México está situado en medio de un pelotazo inmobiliario en toda regla llamado Santa Fe; un antiguo vertedero que, gracias a la especulación, es hoy un centro de negocios de lo más apañado. Así que aquí estoy yo, rodeada de rascacielos, calles atestadas de tráfico y titánicos centros comerciales. Porque por amor se hace cualquier cosa, hasta vivir en lo más alejado conceptualmente posible de mi amado Eixample Dret y sus chinos mayoristas.

Como no está en mi ánimo perpetuar esta situación más de lo aconsejable para mi bienestar emocional, ando buscando piso en una de esas folclóricas calles del centro; una que huela bien a tortilla de maíz, chicharrones y, sobretodo, a pis. Fresco e hiriente pis, oh, nostalgia de mi amada Barcelona. Inmersa en este trance de búsqueda conocí a don José Israel, el conserje que se prestó muy amablemente a enseñarme dos pisos en alquiler en el edificio donde trabaja y reside con su esposa María Elena. “Buenos días, señora. Mi nombre es don José Israel, a su servicio, siempre a su servicio. Hace treinta años que cuido de este edificio y con gusto le mostraré los departamentos”.

"Por mi contenida y comedida expresión, no sé si se entiende que no me esperaba para nada ESO al pedir un margarita de tamarindo. No conseguí encontrar el tequila. Vaya fail."
“Por mi contenida y comedida expresión, no sé si se entiende que no me esperaba para nada ESO al pedir un margarita de tamarindo. No conseguí encontrar el tequila. Vaya fail.”

Como carta de presentación no estaba nada mal, aunque el servilismo decimonónico me causó una emoción difícil de descifrar, entre vergüenza ajena y gozo, que me apresuré a disimular por miedo a parecer cateta. Con los días he descubierto que es la forma de trato habitual de todo aquel que trabaje en el sector servicios. En una ocasión una camarera incluso me espetó un “a sus órdenes”, que casi me tuve que mirar la ropa para cerciorarme de que no llevaba puesto un uniforme con galones o algo así. Los conductores de Über hacen otro tanto, y me ruboriza que me traten como si fueran mis chóferes privados. “¿La temperatura está a su gusto, señora? ¿La música es de su agrado?” Me dan ganas de decirles que se dejen de memeces, que no soy la reina de Inglaterra; pero luego me viene a la mente el recuerdo de algún que otro dependiente del FNAC del Triangle, uno de esos que por ayudarte a encontrar tal libro o tal disco parece que te estaba haciendo el favor de tu vida, y pienso que no está mal sacudirse los complejos imperialistas y dejarse mimar un poquito.

Pero volvamos a don José Israel (qué maravilla de nombre compuesto), y a su esposa María Elena. Con una cortesía que rayaba el vasallaje, subieron las escaleras detrás de mí, me cedieron el paso al entrar en el apartamento y permanecieron mudos y hieráticos mientras yo vagaba delsalónaldormitorioalacocina y vuelta a empezar, echando cuatrocientas fotos y tomando medidas solo porque sí, porque podía, porque nadie me estaba apresurando ni interrumpiendo con la charleta de comercial que sería de lo más normal en la misma situación en Barcelona.
Sabiendo ya que uno de los grandes problemas del D.F. son los cortes de agua, quise cerciorarme de la frecuencia con que afectaban al edificio. Entonces don José me miró como si le hubiera clavado un aguijón en lo más hondo de su orgullo profesional y rompió su mutismo con una dignidad que ya hubiera querido Terenci Moix para su Cleopatra en No digas que fue un sueño: “Este edificio tiene una cisterna común de la que yo mismo me ocupo. En treinta años trabajando en este edificio, ni un solo día faltó el agua. Estoy al servicio de la comunidad, siempre a su servicio”.

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