Ciutat Sònica {feature}

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Ilustración: Alicia Way

Si las palabras tuviesen oídos, las primeras de este texto escucharían las notas de un piano, una maquina de café non-stop a 5 metros, un ruido flojo, pero constante, de una nevera y una chica que se queja de su jefe cocainómano en la mesa de al lado. Una de las miles de bandas sonoras de Barcelona un sábado por la tarde. En este enmarañado de sonidos tirados al aire, ¿cómo y quién clasifica los que interesan y los que deberíamos eliminar?

La ciencia parece tener una respuesta fácil: para esto se inventaron los decibelios como unidad de medida del sonido. Si cruzamos la puerta de este bar, en calle Ferran, nos exponemos a niveles de ruido entre los 60 y 70 decibelios. Según el último Mapa Estratègic del Soroll publicado por el Ajuntament de Barcelona en 2013, este es el valor medio de ruido que la mayoría, el 53,8% de los barcelonins, soportan durante el día. Para que os hagáis una idea, la típica conversación que tenéis con vuestro jefe (a un metro de distancia, en la cual no sueltas un “joder” pero tampoco susurras de manera romántica) supone de 50 a 60 decibelios. Los petardos que convierten Barcelona en Kabul en la verbena de Sant Joan pueden fácilmente llegar a los 110 dB, a una distancia de sólo 10 dB del umbral del dolor: 120 dB. Si llegas a escuchar un ruido de 180 dB (probable sólo si convives de cerca con una ballena azul o si te pilla un volcán en erupción), nunca más disfrutarás de tus oídos como antes.

Volviendo a nuestra ciudad, las mediciones oficiales apuntan que casi la totalidad de las calles de Barcelona cumple con el límite sonoro fijado por ley. Sin embargo, según varios informes, de estos que también clasifican el ruido con numeritos, Barcelona es la segunda ciudad más ruidosa del Estado después de Madrid, y, a su vez, España, según la OMS, es el país más ruidoso de la Unión Europea y el segundo a nivel mundial. Sólo los japoneses hacen más ruido que los españoles.

Lluís Gallardo, autor del libro ¿Ruido? ¿Qué ruido?, vecino de Poble Sec, sociólogo y abogado especializado en contaminación acústica tiene una explicación: “¿Sabe por qué los españoles gritamos en vez de hablar? Porque estamos sordos. La capacidad auditiva de un niño de ocho años en Barcelona equivale a la de un aborigen de 80 años en Australia”. Es un bucle en el cual los oídos se gastan, como la pila del mando de la televisión, y los barcelonins viven en zapping.

Según un informe publicado en 2014 por el Observatori Soroll i Salut DKV-GAES, en el que participan entidades privadas ligadas a seguros médicos y aparatos auditivos, cuatro de cada diez habitantes de la Ciutat Comtal se exponen diariamente a niveles de ruido superiores a los 65 dB recomendados como límite por la OMS. Además, un 15% soportan niveles medios por encima de los 70 dB. Se considera que a partir de estos niveles el ruido tiene consecuencias directas en la salud de los afectados, no sólo en el aparato auditivo, sino también en el sistema cardiovascular y en los hábitos de sueño.

Entre 2007 y 2012, los dos años en que el Ajuntament llevó a cabo miles de mediciones para crear el Mapa Estratègic del Soroll que se publicaron en 2009 y 2013 respectivamente, Barcelona ha mejorado sus niveles de ruido en general debido a la reducción del tráfico. Pero aun así, los efectos fueron diferentes según los distritos. Mientras que los vecinos de Gràcia, Horta-Guinardó, Sant Martí y Sant Andreu mejoraron ligeramente su nivel de confort acústico, los de Sarrià-Sant Gervasi, Sants-Montjuic, Eixample, Nou Barris y Les Corts se mantuvieron iguales. En las calles de Ciutat Vella, por otra parte, existen muchos más tramos que superan los decibelios permitidos en 2007. Un límite que depende del uso que el Ajuntament atribuye a esa calle. En este cálculo matemático, la mayoría de Barcelona se divide en tres categorías comunes:
1) Sensibilidad acústica alta, como parques y playas con un límite de 45-65 dB.
2) Sensibilidad acústica moderada, como zonas residenciales y servicios con un límite de 55-70 dB.
3) Sensibilidad acústica baja, como tramos de uso recreativo, industrial o grandes infraestructuras de transporte con un límite de 65-75 dB.
Es decir, si uno vive en la Rambla del Raval, su área no es residencial, sino recreativa luego, por ley, el ruido sea noche o día, está (más) permitido. Esta “calificación” de calles cambia según el plan de usos de la ciudad y –¡sorpresa!– entre 2009 y 2014, un 4% de los tramos de sensibilidad acústica alta pasaron a moderada para “poder adecuarse a su uso, como es el caso del ocio nocturno”.

Para Lluís Gallardo, la manera de romper con la dictadura del decibelio es dejar de legislar según niveles de decibelios y frenar las actividades que fomenten el ruido: ocio, turismo, despedidas de soltero y viajes de universitarias. Fiesta. “En los últimos años se ha potenciado Barcelona como un escenario del espectáculo. No es bueno, ni para los residentes ni para quien visita la ciudad.” No le convencen los argumentos económicos. Aparte del evidente lobby del turismo, Lluís apunta con el dedo a una teoría del control. “Está probado que a partir de los 75 dB las conexiones neurológicas dejan de funcionar como deberían. Es por eso que algunas tiendas ponen música muy alta, para que el consumidor compre sin pensar en el precio.” En las ciudades pasa lo mismo, explica, cuanto más ruido, menos masa crítica y poder de contestación. “Nos están maltratando”, dice Gallardo y nos recuerda que el ruido siempre ha sido usado como medio de tortura –desde el antiguo Imperio Chino hasta Guantánamo donde se supo que ponían Metallica antes de los interrogatorios hasta que los detenidos pidiesen parar–. También en nuestra ciudad, el año pasado, los Mossos eligieron el cañón acústico, en substitución de las pelotas de goma, ahora prohibidas, para dispersar manifestaciones.

En resumen, el silencio es un derecho que el poder puede quitar fácilmente. Desde que hizo su tesis final en Derecho Conflictivo sobre los músicos de calle, hasta ser presidente de la Associació Catalana contra la Contaminació Acústica, Gallardo ha visto cómo la legislación en este ámbito ha nacido y crecido sin intención de proteger el nivel cero de ruido. “Primero se acordaron límites de ruido teniendo en cuenta el sonido de fondo más dos o tres decibelios y la ley fue cambiando hasta que se establecieron límites que dejan de considerar que se puede partir del silencio absoluto”, explica. Un pequeño cambio textual cuyos efectos en la realidad son devastadores. “De lo que he leído, la palabra silencio ha desaparecido de la legislación catalana”.

Para disgustos, colores

El proceso de odio hacia un sonido en específico es casi tan complejo como encontrar el amor. Uno lo escucha una vez y puede no notarlo. Lo escucha dos o tres veces y empieza a ver que le molesta. Hasta el día que se da cuenta de que le pone la cabeza como un bombo, en ese momento deja de ser apenas sonido y lo consideras un ruido. Un ruido insoportable.

Para Paula, una compañera de trabajo, este sonido es el de los autocares que paran en el hotel que hay enfrente de su casa. “¿No se puede obligar a los conductores a apagar el motor mientras esperan?”, pregunta. Para mi compañero de piso, que trabaja en casa, son los músicos de calle que tocan todo el día debajo de nuestra ventana. “¿No se les puede obligar a que vayan a otro sitio?”, pregunta. Para Lluís Gallardo es el sonido de las motos Harley-Davidson. Cada año huye de Barcelona en el primer fin de semana de julio, al mismo tiempo que 15.000 moteros se juntan en un encuentro anual que se celebra en el centro de la ciudad desde 2004.

Según el Ajuntament de Barcelona, el tráfico es la fuente que más contribuye a la contaminación acústica diaria de la ciudad –cerca del 80% del total de ruido de fondo–. Un hecho que puede sorprender a quienes hayan leído el último informe del Institut Cerdà, según el cual sólo un 13% de los habitantes de Barcelona se mueven en coche por el centro de la ciudad. Un porcentaje inferior a Áms- terdam (23%), Bruselas (34%) o Londres (34%). Pese a esto, las principales medidas del Ajuntament para frenar la contaminación acústica pasan por aumentar el número de vehículos eléctricos y bicicletas en la ciudad.

Elevar la voz por el silencio

Aunque sea la principal fuente de ruido, el tráfico no es la principal fuente de las quejas de los barcelonins. En 2013, el 44% de las llamadas por ruido a la Guardia Urbana de Barcelona tenían como origen grupos de personas en el espacio público, el 42% por ruido de vecinos y el 13% por establecimientos cercanos. También en el IRIS –el sistema de quejas, incidencias y sugerencias del Ajuntament–, la porción más grande (el 22%) de entradas relacionadas con el ruido tiene que ver con la concentración de personas, seguida del 14% de personas que se quejan del servicio de limpieza y recogida, y el 12% por las fiestas y actividades deportivas.

En el despacho de Lluís Gallardo, que es representante catalán de los Juristas Contra el Ruido, la distribución de casos que acompaña es similar: un 60% están relacionados con vecinos, un 25% con locales cercanos, la mayoría bares y restaurantes, y un 15% con industrias, construcciones o tráfico. “Consecuencia –dice– de la existencia de 200.000 bares en un sólo país, lo equivalente a la oferta del resto de países europeos en conjunto.” “La gente normalmente no está en contra del vecino que tiene un bar, sino en contra del poder local que debería vigilar la apertura de nuevos locales –explica–. El político es siempre el responsable, por encima del foco sonoro.” En total, explica, por su despacho de Barcelona pasan cerca de 1.000 quejas por año, el 80% de las cuales son contra el Ajuntament de la ciudad. Un número que se mantiene estable pese a modificaciones en los tribunales debido a la Ley de Tasas de 2012. “Antes, cuando avanzabas para Primera Instancia y terminabas perdiendo un juicio con el poder local, no tenías que pagar costes, ahora sí, lo que echa mucha gente para atrás a la hora de avanzar con un juicio por estos temas”, explica.

El misterioso ruido del tabaco

Si durante el día, el 98% de las calles de Barcelona cumplen con los niveles de ruido establecidos por el poder local, después de las 23 h este porcentaje baja hasta un 86%. Después de las 23 h, hora –tardía, según los parámetros europeos– en que empieza el horario nocturno a efectos de mediciones sonoras, el 72,38% de los habitantes de Barcelona están expuestos a más de 50 dB, muy por encima de la media anual de 40 dB que la OMS recomienda para el volumen nocturno a las ciudades. Este tipo de recomendaciones llevó a que algunas ciudades europeas prohibiesen las duchas nocturnas, o el simple hecho de tirar la cadena por la noche, para no poner en riesgo el sueño de los vecinos.

En Barcelona, las zonas más afectadas durante el periodo nocturno son Ciutat Vella, Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi. La razón, admite el Ajuntament, es “la aglomeración de gente en espacios públicos que ha dejado de ser un conflicto estacional para ser estable todo el año”, en concordancia con el crecimiento de visitantes de la ciudad. 2014 ha sido el año para poner el tema en la agenda. Entre el documental viral Bye Bye Barcelona y las manifestaciones de los vecinos de Barceloneta durante el verano, el tema ruido se enganchó al carro de la indignación contra el turismo de borrachera, especialmente en Ciutat Vella.

La respuesta del poder local no estuvo totalmente de acuerdo. Tras afirmar que la prioridad es mover la economía de la ciudad, el regidor de Medi Ambient, Joan Puigdollers, ha justificado la contaminación sonora con una ley anticontaminación: “El ruido está ligado a la congestión de gente en las entradas y salidas de establecimientos. Es la consecuencia directa de la ley antitabaco”. En el mismo discurso, citado por TV3, anunciaba la puesta en marcha de acciones de sensibilización hacia el ruido durante la noche. Todo indica que se tratan de los mimos que distribuyen piruletas, entre grupos de adolescentes borrachos a altas horas de la madrugada, con el mensaje: “Ssssplau, recorda que els veïns volen descansar”.

Aunque el sonido ligado al ocio sea el más ruidoso para los barcelonins, como indican las quejas, la mayoría de medidas para reducir la contaminación acústica que se propone a medio plazo el Ajuntament siguen sin atacar este problema y se centran sólo en el tráfico. Según Gallardo, es una manera de que el poder local se proteja de una acusación directa a algo que es de su exclusiva competencia: la apertura de nuevos locales, que, a su vez, es vendida como el camino de oro hacia la prosperidad económica de Barcelona.

La ciutat sin verla

Nadie mejor que María Enciso para hablarnos de una Barcelona alternativa, donde los sonidos adopten otra dimensión. Extremeña, vino a Barcelona con 10 años. A de su juicio, donde no entran los colores del final del día o el paisaje visual desde el Parc Güell, Barcelona es una ciudad bonita, con sus rincones más preciosos. “Me gusta más que Paris, por ejemplo, donde la gente camina con mucha prisa, o que Ámsterdam, donde pasamos de mucho ruido y confusión a locales casi silenciosos”, dice. “Barcelona es una ciudad donde la arquitectura es fácil y la gente es muy cercana, te facilitan la vida. Esto es lo que considero una ciudad bonita.” Esto es también lo que lleva a que turistas ciegos visiten Barcelona. María ha conocido a algunos de ellos en el ámbito de su trabajo en la ONCE.

Sin ver, María dice que la avenida Meridiana, con tráfico y semáforos intermitentes, sería un ejemplo de un lugar feo y el Parc de la Ciutadella un lugar bonito. “Es un sitio con mucha información sonora, donde escuchas los árboles, el cochecito del niño de alguna familia que pasea, un poco de naturaleza, sientes el césped, el sol: al final ‘la terra es terra’, y siempre aprecias su contacto.”

Aunque no pueda ver, se mueve por la ciudad como si tuviera un mapa mental en la cabeza. En su cartografía, el sonido es uno de los aspectos más importantes. “No confundir sonidos con ruidos –explica–, el sonido me da información, el ruido me la quita.” Para María, el ruido de un motor no es ruido, es el sonido de un coche que se acerca. De ahí su temor hacia las promesas del Ajuntament acerca de un tráfico mayoritario de vehículos híbridos y bicicletas, percibidos como un peligro por los invidentes residentes en la ciudad.

Si volvemos a nuestra intención de quitar los decibelios que sobran en Barcelona, la experiencia no sería la misma. Un recorte en el sitio equivocado y los barcelonins ciegos podrían perder un hilo importante que les conecta con el mundo exterior. Nadie dijo que sería un ejercicio fácil.

El silencio que aparta

La psicología del ruido es tan compleja en casa como en una ciudad. Hasta la canción favorita se puede convertir en el peor de los sonidos cuando se escucha en la sala de un vecino a la hora de dormir. En general, un sonido es percibido como ruido cuando no compartes intención en escucharlo –tiene la función de acercar o alejar personas, metiéndose a fondo, como un taladro en nuestro subconsciente–. Es una percepción primaria y descontrolada. Cuando nos molesta, nos da la prueba, sin que la queramos, de que existen un tú y un yo con deseos bastante distintos. Cuando nos encanta, es un espacio común mejor que cualquier otro. Compartimos sonidos antes que compartir cualquier otra cosa. Bailamos en pareja. Leemos libros a solas. Asistimos a conciertos en grupo. Visitamos exposiciones solos. Los sonidos se pegan de cuerpo a cuerpo y no nos hacen sentir solos, en cambio, el silencio sí.

Pero no siempre queremos estar solos. Eso explica que hasta al abogado especializado en contaminación acústica le guste un momento ruidoso. “Los espectáculos de pirotecnia. Es un momento bonito, puntual, que compartes con otras personas que están ahí para lo mismo”, dice Lluís Gallardo. Y, María Enciso, a pesar de no ver la luz rojiza de la plaça Sant Felip Neri por la noche, comparte con la autora de este texto el encanto del ruido del agua que corre en la fuente que está ahí. Y todos compartimos los segundos de silencio que pasan antes de que conozcas una persona por primera vez. Porque aunque todo se enmudezca y cada día cerremos los ojos por la noche, la Barcelona sónica, igual que el oído, no duerme. Son casi 16.000 pares de tímpanos por quilómetro cuadrado, que están a punto para captar la más ínfima señal de vida en las ondas invisibles del sonido.

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