Cuando las visitas quieren hacer el guiri

Cuando uno hace de anfitrión en Barcelona, suelen aparecer preguntas ante las que quieres esconder a la visita en un armario de la casa hasta devolverla al aeropuerto. Algunos ejemplos: “¿Dónde puedo comprar una camiseta del Barça?”, “¿Y el museo de cera, qué tal?”, “¿Nos hacemos un selfie con mi nuevo palo?”. Aun así, ninguna de ellas provoca una reacción tan fuerte e inmediata como la frase: “He escuchado que hay unos sitios para salir de fiesta por el puerto”. La respuesta suele depender del tiempo que lleve esta persona en suelo barcelonés. Si no le han dado ningún papelito por la Rambla, la respuesta más eficaz es la negación. “No, no hay nada por el puerto. Res. Absolutamente nada. Niente. Rien de rien. Sólo la playa y los barcos. Barcos muy feos. Los barcos son la única cosa que sale por ahí”, y de manera muy sutil hablarle de las ventajas de sentarse en el suelo de la Rambla del Raval tomando una birra, lejos de cualquier intento de chupito gratis.

No tengo nada en contra de salir de fiesta por el frente marítimo de Barcelona, siempre y cuando yo no esté incluida en el grupo. Supongo que si fuera vecina de la Barceloneta no tendría la misma tolerancia. Mis argumentos se basan en hechos reales. No tengo vergüenza en admitirlo. Todos tuvimos esa noche que empieza con un chupito gratis y termina con una reflexión sobre el sentido de la vida, mientras treinta preadolescentes rubias con tacones de medio metro bailan al ritmo de un canción de hip-hop americano que no conoces. ¿Estamos escuchando la misma canción desde hace una hora? ¿Han entrenado esta coreografía? ¿Cómo se aguanta en esos zapatos? Ups, no se aguanta. Ups, viene hacia mí. ¿Me va a vomitar encima? No, parece que viene a besarme. Tengo miedo. En el mejor de los casos la chica sólo te abraza y dice “I looooove Barcelona”.

Pero no nos equivoquemos. El grupo de ‘atrapados en espacios nocturnos del puerto de Barcelona’ se compone de los más variados cuadrantes demográficos y sociales —desde personas que como yo se apuntaron a una cena en grupo de alguien que les caía bien, pero que no conocían demasiado, hasta rusos dueños de yates que no se atreven a caminar 100 metros dentro del puerto y grupos de madres cincuentañeras que pasan el finde de chicas en Barcelona y, mira, les han dado el chupito gratis—. Y los adolescentes fluorescentes (de la piel quemada del sol). Siempre ellos. Nos toca a nosotros, vecinos de Barcelona, mantener a estas pobres criaturas lejos del puerto. De momento, cuando alguien me para de noche por la calle preguntando dónde está la zona del puerto, los envío en dirección al Tibidabo. No lo hago a malas. Es una causa darwiniana. Sólo los más espabilados sabrán encontrar el camino, y así, poco a poco, el puerto puede dejar de ser el desagüe de la ciudad.

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