De idiota a imbécil y tiro porque me toca

El espíritu de esta columna es esencialmente equidistante. El proceso que se describe es el de un ciudadano común del Upper (lo que le convierte en poco común). Dicho ciudadano vive un despertar político alineado con un sentimiento unionista nacional-español. Pero podría ser perfectamente el caso de otro ciudadano del Upper, quizá de una burguesía catalana tan nostra que sufriera el mismo despertar político, pero relacionado con el independentismo catalán.

La historia va así: Álvaro nunca había visto los telediarios de TV3, pero ahora lo hacía a menudo. No por necesidad de informarse, simplemente para ir acumulando ira. Algo había nacido dentro de él en los últimos meses. Un picorcito en el estómago, una incómoda sensación de conflicto. Su acto fundacional, colgar la rojigualda del balcón. Si el 15M fue un momento de politización para una generación, el proceso de independencia, y, sobretodo, la DUI, fue un el momento de politización de otra gente. Había nacido la política en Upper. Álvaro había dejado de ser un idiota.

Leía las noticias con fruición; estaba al tanto de los procedimientos judiciales, y argumentaba que, aunque quizá el Tribunal Supremo debería recoger las distintas causas, los canales por los cuales se expresaba la justicia eran los justos. Si el colgar la bandera supuso su primer acto político, el ocho de octubre se sintió parte activa de una mayoría, que, por primera vez, alzaría la voz. Aquel día salió a la calle con el nueve de Raúl en la espalda. Cris, Carlota, Paula… todas estaban allí también, al grito de “España es una y no cincuenta y una”. Álvaro había descubierto la fraternidad. No lo compartía en voz alta porque no sabía cómo reaccionarían sus interlocutores. Sin embargo, para sus adentros, se decía: “Soy un activista”.

El sábado 11 de noviembre encendió la televisión, la pública catalana:
“Més d’un milió de manifestants, l’hem de considerar dins dels números d’una de les millors manis”, decía un periodista. Las imágenes de la calle Marina inundaban, otra vez, la redes.

Estos cabrones lo han vuelto a hacer. Tenemos que responder, tenemos que alzar la voz. ¿Pero qué se han creído estos flipaos? Álvaro había creado un grupo de Whatsapp con sus amigos hacía unos meses. Se pasaban artículos de economía que detallaban el desastre económico que supondría para Catalunya la independencia, otros de derecho comparado en el que se explicaba cómo el 155 es un artículo común en otras constituciones democráticas. También algún GIF gracioso y humillante hacia Oriol Junqueras, pero bueno, eso siempre va a pasar. Se abrió una cuenta de Twitter y empezó a divulgar todo su florecido veneno fraternal. En el Facebook, incluso, se atrevía con textos propios. Empezó a borrar a quienes colgaban textos que iban en dirección contraria a lo que él pensaba. Ya solo se relacionaba con los suyos. Se enfadaba tanto que ya no veía TV3; ahora lo único que quería era bailar al son de la primera. Álvaro se había vuelto un imbécil.

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