Diario de Ultratumba – El Raval de antes a través de la historia del titiritero Pepe Otal

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27 de enero de 1996

¡Increíble! Una nueva goleta Sadko, reproducción exacta de la anterior, con sus dos mástiles y mascarón de sirena pechugona, construida como aquella en el mismo astillero de San Petersburgo, está amarrada en su atraque habitual del muelle de la Barceloneta. Mejor no saber a qué se dedica en realidad el armador y qué pintan en Barcelona el capitán Igor y la tripulación…

23 de septiembre de 1996

De nuevo la goleta Sadko, bandera negra con cráneo y tibias en cruz ondeando al viento, ha soltado amarras y, a toda vela, ha emprendido otra singladura. Ya había anochecido, en cubierta, el capitán Igor, el contramaestre Lucas y yo, vestido de pirata Barbanegra, habíamos recibido a nuestros pasajeros: la Mercè del bar Parnasse, la madre de la Mercè, el veterinario y los del taller Ali-Bey.

Tras tomar a los pasajeros como rehenes y encerrarlos en la bodega hemos zarpado, entonces los hemos liberado para que subiesen a cubierta y hemos completado la singladura: Moll de la Fusta, Puerta de la Paz y de nuevo al amarre habitual en el muelle de la Barceloneta.

Después hemos desembarcado y nos hemos ido, tripulantes e invitados, a seguir la fiesta —que había organizado la Mercè para celebrar su santo— en el taller de la calle Guardia. La cosa no podía empezar peor, nada más llegar al taller a la madre de la Mercè se le ha ocurrido hacer “¡cuchi! ¡cuchi!” a la Nauta, que estaba durmiendo en su sofá. La perra, ya sabes, una rottweiler temperamental, al despertar sobresaltada y ver a una desconocida que estaba haciendo monerías a un palmo de su nariz, le ha pegado una dentellada en plena cara. Total, que he tenido que acompañar a la imprudente señora al dispensario de Pere Camps.

Y cuando media hora más tarde vuelvo a casa, acalorado, la Nauta ha vuelto a morder, esta vez a un vecino que ha visto luz en el local y ha entrado a ver lo que hacíamos. Y las hijas de la Mercè, que también estaban en la fiesta, venga protestar: “¿Cuándo vamos a comer el pastel?””y “¿Cuándo vamos a tocar?”, porque una de las chicas, la punki, es violoncelista y, con un colega, habían preparado una pieza para la ocasión. ¡Y la abuela con la cara hinchada y siete puntos en la mejilla!

7 de diciembre de 1996

El domingo vamos a Caldes de Montbui, al Memorial Romà Martí. El Romà murió hace dos años, pero ahora celebramos el Memorial cada año con objeto de recaudar fondos para alguien de la profesión que esté necesitado. Lo que recojamos el domingo será para esa chica argentina, la Mónica, que tiene un tumor en la laringe y la van a operar. Se puede quedar muda, ¡con lo que habla!
A mí ya pronto me tocará ser candidato al premio Romà Martí. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Continuará…

Y si te has quedado con ganas de más, aquí abajo hemos ordenado el Diario cronológicamente

16 de enero de 1980

Cuando me preguntan: ¿tú qué opinas?, me callo: yo me matriculé en la vida de oyente, soy escuchante.

27 de mayo de 1983

Se nos ha colado el tipo que anota la lectura de los contadores. Se ha llevado una buena sorpresa cuando ha visto que hemos empalmado directamente unos cables que vienen de la calle. El Nemo y el Espidi, el galgo del Fellini, han empezado a ladrar y le han acorralado en un rincón. Al final el tipo se ha guardado la libreta, ha dicho: “Yo no he visto nada” y se ha ido. No le hemos vuelto a ver.

2 de septiembre de 1984

Me he casado con la Helenita, esa muchachita de Valladolid con cara de no haber roto un plato en su vida. La verdad es que es una tía insoportable y que, si me he casado con ella ha sido para hacerle un favor.

Nos conocimos en la Rambla, cerca de Colón. Yo estaba actuando con unos cuantos del taller: uno que toca el tambor, dos tías raras que pasan la gorra y otros que no hacen nada en particular. La Helenita formaba parte de un grupo del Instituto de su pueblo que había organizado un viaje cultural a Barcelona: visitas a la Sagrada Familia, al Parque Güell y ese tipo de chorradas.

Se pararon delante de nosotros para ver la actuación y yo, que enseguida me fijé en ella, le pregunté si le gustaría ver mi taller de la Barceloneta.

Esa misma noche, después de enseñarle la primera marioneta ya la tenía en la cama y le estaba diciendo que me había enamorado a primera vista y que, por ella, estaba dispuesto a hacer cualquier barbaridad.

La tía se aprovechó del momento y me dijo que, si tanto la quería, porqué no me casaba con ella. Si me lo dice media hora más tarde me echo a reír, pero en aquel momento estaba tan excitado que, sin pensar en las consecuencias, le dije que sí.

La Helenita tiene diecisiete años. Apenas ha salido de casa y está de sus padres y de Valladolid hasta la coronilla. Su única posibilidad de emanciparse era casarse con alguien, aunque fuese un titiritero, que por cierto, luego va diciendo: “¡Mira que casarme con el Pepe! ¡Con lo poco que me gustan los títeres!”.

Pues, aunque parezca mentira, quince días después me fui con ella a Valladolid, a pedir su mano, y dos semanas más tarde estábamos de nuevo en Barcelona: marido y mujer. ¿Qué os parece?

21 de mayo de 1985

El Porras ha instalado su oficina en el Jaica. Mientras tomo un café con leche y ojeo los periódicos, él ya se ha zampado una ración de sardinas y bebido dos jarras de vino. ¡Y son las once de la mañana!

El Porras se ha traído a Barcelona a su nieto, un crío de siete u ocho años que atiende por Rafaelito. Mientras el abuelo anota sus elucubraciones en una servilleta pringosa, el nieto, rebuscando entre cáscaras de gamba, colillas y demás inmundicias que alfombran el bar, se encuentra una moneda de veinte duros.

El Rafaelito, muy contento, le enseña la moneda al Porras, este la coge, la mira por anverso y reverso y agitándola por encima de la calva, grita: “Jaume ¡Un paquete de ducados!”

El niño empieza a berrear, pero el abuelo como si nada, toma el paquete de cigarrillos y nos aclara, a mí y al Jaume: “Los niños no deben llevar dinero. Ahora mismo, si no le quito las cien pesetas, seguro que se las gasta en porquerías. Además, acabo de darle una lección que no olvidará en su vida, que uno no puede fiarse ni de su abuelo”.

10 de enero de 1990
Estreno de “Cuento de Madera” en el Teatre Malic

Reparto
Pepe Otal………….Actor marionetista
Elixa “Txingurri…..Voz y manipulación
Pedro Nares…….Iluminación y sonido
Albert Morralla……Asesor veterinario
Grupo de ratas ………………………

Las ratas son parte fundamental del espectáculo. Cuando Gepetto dice “¡Sólo me quedáis vosotras, compañeras!”, ellas entran en escena y se quedan allí hasta que se han comido unos trozos de pan situados a distancias equivalentes.

El camerino de las ratas es su propia jaula, dispuesta debajo del escenario, al cual acceden mediante una trampilla que abro después de pronunciar la palabra “compañeras”.
Mientras la comparsa toma su cena a la vista del respetable, se desarrolla el espectáculo. Cuando acaban de comer regresan a la jaula pues, al igual que a los humanos, les gusta tener un domicilio fijo.

Para conseguir este resultado hacen falta muchos ensayos y sólo dar comida a los roedores una vez al día, siempre a la misma hora, que se corresponde, tanto a la hora del ensayo como a la hora de las representaciones previstas en el Teatre Malic. Es decir: las ratas sólo deben comer una vez al día, a las diez de la noche. También es importante que sus mendrugos de pan sean bastante grandes, para que permanezcan en escena el mayor tiempo posible, lo ideal sería que hasta el fin de la representación y que, en el caso improbable que les aplaudan, saluden al público.

Lo esencial es que coman cada día, porque una vez que olvidé darles su ración porque no hubo ensayo, por la mañana sólo quedaban dos de las cuatro actrices, pero eso sí, mucho más gordas. Afortunadamente las ratas son muy prolíficas y siempre hay nuevas candidatas para sustituir a las desaparecidas.

Otro problema son los seis meses que abarca la creación del espectáculo. Además del canibalismo hay ratas que consiguen escapar y otras que se van de muerte natural, lo que significa que varias generaciones de roedores tienen que aprenderse el mismo papel. Pero ya digo, lo esencial es tener la compañía siempre a punto para el día del estreno. Dentro de un rato.

11 de enero de 1990

La actuación del coro de ratas, en Cuento de Madera, ha dejado bastante que desear. ¡Con lo bien que nos iban los ensayos en el taller! Yo decía “Compañeras”, abría la trampilla, ellas salían a comerse el pan en la pasarela, y allí se quedaban tan tranquilas mientras yo seguía con el espectáculo.

Ayer, en el Teatre Malic, estaban muy inquietas. Supongo que por el cambio de lugar, el rumor del público, los olores desconocidos, los nervios del estreno… Total: las invoco, abro la trampilla, no pasa nada. Yo sigo con mi guión ¿qué podía hacer? Y de repente, habrían pasado unos diez minutos desde que las llamé, aparece una cabecita: los deditos color de rosa aferrados a la pasarela, los ojillos inyectados en sangre fijos en los espectadores, inmóvil, olfateando.

Pues así se queda la tía un buen rato, hasta que se decide a salir del agujero a toda velocidad, se apodera de un trozo de pan y vuelve a las profundidades para cenar en paz. Las otras coristas imitaron a su compañera: salieron rápidamente a coger su mendrugo y se fueron con igual rapidez.

Lo peor fue cuando me agaché para ver qué estaban haciendo y vi que la jaula estaba vacía. Las muy putas se habían escapado, no sé cómo, y debían estar pululando por el patio de butacas. Naturalmente no dije nada, para no sembrar el pánico.

Y cosa notable, al acabar la función estaban de nuevo en su casa, con la puerta abierta, eso sí, pero en casa, todas, las seis del coro.

17 de enero de 1990

Se han vuelto a escapar, esta vez en el taller. Nos hemos pasado la tarde localizándolas. Una, de un mordisco, le ha atravesado el pulgar a Txingurri. Hemos ido al ambulatorio en la furgoneta, para que le curaran el dedo. Yo estaba tan nervioso que me he metido en contra dirección, con tan mala suerte que un guardia urbano nos ha parado y le he tenido que explicar que vamos al hospital porque a mi mujer le ha mordido una rata. El tipo se ha puesto a gritar: “¡Una rata! ¿Dónde? ¿Cuándo?”.
—No es una rata de cloaca —he puntualizado—, ha sido en casa, una cobaya.
—¿Y cómo es que tiene usted cobayas en casa?
—Porque soy biólogo.
—¡Bueno! ¡Bueno! Siga, pero tenga cuidado.

Y sin más contratiempos hemos llegado a Peracamps y le han curado el dedo a Txingurri.

21 de agosto de 1993

Fui a Portugal a sacar a uno del talego y por poco me meten a mí. Fue por el asunto aquel de los cheques de viaje que falsificaban la Dorita y el Bruno. Los cheques los hacían en la imprenta de aquellos hermanos que se cargó la poli. Ahora no recuerdo cómo se llamaban…

Resulta que su mujer y el Bruno estaban cambiando unos cheques en un banco de Lisboa cuando les pillaron. A él lo tenían encerrado en un calabozo, en comisaría. Era un sitio tremebundo, como los calabozos de la Vía Layetana de Barcelona en tiempos de Franco. Pues bien, la Dorita se me presenta en casa y me pide que vaya a ver a un abogado de Lisboa para que lleve la defensa del Bruno. Me da un paquete con libros para que se lo lleve a su novio, la dirección del abogado y dinero para el avión. Yo me dije: “Ese del calabozo no va a ir a ninguna parte, así que da lo mismo si llego el martes o el jueves”. Total, que tomé el Lusitania Exprés, que es un tren precioso. Lo que me ahorré por la diferencia de precios entre el tren y el avión me lo gasté en putas en Lisboa.

Luego resultó que el abogado no quería saber nada del asunto y me iba dando largas, de manera que tuve que ir personalmente a llevarle los libros al Bruno. ¡Ah!, en la casa del abogado tuve que recuperar un bolso de la Dorita, que se lo dejó allí antes de huir a España. El bolso estaba lleno de divisas: escudos, dólares y monedas varias. Me costó ligármelo, pero luego, en compensación, me gasté todo lo que había. Por fin me decidí a ir a comisaría, incluso estuve a punto de llegar hasta el Bruno. Llegué hasta la planta donde están los calabozos. Se ve que me confundieron con un abogado, pues llevaba una estupenda gabardina negra que me había regalado la Dorita, y deberían pensar que era una toga, pues yo a todo el mundo que me preguntaba le iba diciendo, en portugués, que iba de parte del abogado a visitar al preso Juan Fernández, pues encima el Bruno viajaba con nombre falso.

Como no sé portugués los polis la única palabra que entendían era abogado, y como iba de negro, pues eso, se creían que era un abogado y me dejaban pasar. Pero cuando ya casi había llegado hasta el Bruno me cogen dos gorilas y me hacen pasar a un cuarto donde había una tía sentada tras una mesa de despacho. Se ve que la tía era comisaria. ¡Fíate de las mujeres! Los gorilas empiezan a preguntarme que si yo era realmente un abogado. Cuando les digo que no, que no lo soy y que quizás ha habido un malentendido a causa del idioma, me dicen: “No te preocupes, que nosotros sabemos español”. Total, que se ponen a hacerme preguntas.

Para empezar uno de los esbirros quiere saber a quién pretendo visitar y cuando le digo que a Juan Fernández todos se echan a reír y el otro esbirro se pone a amenazarme diciendo: “Mal empezamos, amigo, ese Juan Fernández es un nombre falso. ¿No sabes que a ese tipo lo reclama la Interpol?”. Resumiendo, me ponen contra las cuerdas y al final les digo que yo no sé nada del asunto, que lo que pasa es que cada día voy a comer a un bar del barrio de Gracia, en Barcelona, y el dueño del bar me ha dicho que su hijo, Juan Fernández, está preso en Lisboa y que, por favor, que le lleve unos libros.

No sé si se lo creyeron o no, el caso es que, con malos modos, dejaron que me fuese, diciéndome que aquel tipo de los cheques no se merecía los libros, pero se quedaron con el paquete. Todavía me hicieron una última pregunta y una advertencia, que dónde me alojaba y que no me moviese de allí hasta nueva orden. Fíjate si me fui deprisa que ni siquiera pasé por la pensión. Allí me dejé dos camisas y un pantalón, en la plaza del Rocío.

En la frontera me dieron un susto de muerte. Entran dos polis españoles en mi compartimento para revisar los pasaportes. Uno de ellos se me queda mirando, como intentando recordar y de repente me dice: “Yo a usted le conozco de algo”. Imagínate, yo me quedé helado y él me pregunta: “¿A qué se dedica?”. Cuando le contesto que soy marionetista me devuelve el pasaporte y exclama, como muy relajado: “Ya sé de qué le conozco. ¡De la tele! ¡Usted es don Redondón!”. O sea, que la tele me salvó. De todas maneras, cuando llegamos a Madrid tuve que volver a ir de putas para acabar de sacarme el susto.

10 de diciembre de 1993

Tenemos un par de actuaciones en Alicante. Yo he ido en la furgoneta de Teatre de Sac y el Juan Carlos, con la Nauta, en la mía, que tal como está el panorama es mejor no dejar a la perra en Barcelona.
Una de las actuaciones la hemos tenido en “La Asegurada”, un museo entre moderno y etnológico, un batiburrillo de pinturas gigantes de Guinovart y jarrones chinos de no sé qué siglo. Durante la función se ha presentado el Juan Carlos con la Nauta, y ella, al vernos, ha venido hacia nosotros al galope, sorteando estatuas y jarrones y sembrando el terror entre los espectadores y el director del museo. No ha roto nada de milagro.

6 de febrero de 1994

Desde que perdió su trabajo, la principal ocupación de Juan Carlos, el marido de Paquita, (esa chica monilla que tuvo la desastrosa idea de abrir una peluquería canina en la calle Ginebra) es darme palique mientras espera que la Paquita le tenga lista la cena.

Además, entre los porros y los chupitos de whisky, el Juan Carlos va como pirado. El otro día, de una patada, reventó el escaparate de la peluquería canina. Un trozo de vidrio le cayó sobre la tibia, como una guillotina, y le seccionó una arteria. Suerte que en aquel momento yo pasaba por allí y me lo encontré tendido en el suelo, con la sangre que le salía a borbotones.

El Juan Carlos tenía la cara blanca, como un muerto. Se había formado un corro de gente que le rodeaba sin hacer nada.
Si no le hago un torniquete para frenar la hemorragia y llamo a una ambulancia, no lo cuenta.

7 de marzo de 1994

Hemos ido a distraer a las reclusas de la cárcel de mujeres de Wad-Ras. Lo que más me ha impresionado de tan tenebroso lugar es la desidia que reina en todas las dependencias, con muebles desvencijados en los pasillos y basura por los rincones.

La llamada Sala de Actos es una habitación pequeña y baja de techo con una tela negra y polvorienta grapada a la pared del fondo. El calor, aun antes de que entrasen las espectadoras, era sofocante.

Con lo que nos ha costado subir los trastos y superar los controles para acceder a dicha sala, ya estamos cansados antes de empezar, también un poco nerviosos ante la incógnita de cómo van a recibir las reclusas nuestra actuación. Han venido a vernos unas setenta u ochenta internas, las que caben en la sala, en general chicas jóvenes y de todas las razas, más negras y orientales que nórdicas.

A mí me ha tocado salir de presentador, y nada más verme han empezado a gritarme: ¡Guapo! Yo les decía que los guapos son los otros, los que aún tenían que aparecer, pero ellas seguían con los piropos: ¡Resultón! y ¿Qué haces esta noche?

La experiencia no ha estado mal, pero con una vez es suficiente.

¡Qué agradable volver a respirar el aire contaminado de la calle!

1 de abril de 1994

Gracias a las gestiones de un amigo influyente, el Ayuntamiento de Barcelona me ha cedido un local por un periodo de siete años. Me he tenido que comprometer a organizarles una escuela taller de marionetas, pero finalmente, después de redactar un proyecto engorroso, firmar un montón de papeles y abrírseme la úlcera, me han dado la llave y he tomado posesión del nuevo local.

El local es bastante grande, con planta baja y semisótano abovedado, ideal para establecer una logia masónica.
Está en la calle Guardia, en el barrio Chino. La pared del fondo coincide con la pared trasera de la antigua bodega Bohemia, famosa por ofrecer espectáculos de variedades a cargo de ancianas figuras de la copla y el destape.

Mi amigo, el influyente, dice que practicando un butrón podría meterme en el camerino de la Bohemia y ligarme a alguna cupletista de la tercera edad, pero no estoy yo para Bohemias.

5 de abril de 1994

A partir de ciertas horas no le abro a nadie.

Una vez, debería ser sobre las cuatro de la madrugada, me estuvo llamando la Yolanda. ¿Te acuerdas de la Yolanda, esa tía morena, de la calle Robadors?

“¡Peeeeepeeeee! ¡Peeeeeepeeeee!” Pero yo, callado. Ni pensar en abrir, y, fíjate, resulta que algún chorizo debió oírla ¡y la atracó!

8 de abril de 1994

Jorge, el búlgaro, no para de pedirme dinero.

El otro día le di siete mil pesetas para que me dejase en paz por un tiempo. Pues bien, al día siguiente me volvió a pedir dinero para el autobús. ¿Sabes qué había hecho? Se gastó siete mil pesetas en comida.

Tenemos la nevera abarrotada de zumo de manzana, queso y lechugas. Y eso que comemos fuera.

Ahora el Jorge está un poco tristón porque no puede volver a su país. Dice que mató a uno en una pelea, alguien importante del Partido Comunista. Por eso va siempre bien vestido y no se mete en líos, porque si le paran y le devuelven a Bulgaria le pueden condenar a muerte.

El Jorge tiene pasaporte, pero es falso. Según dice, mientras está viajando no lo pasa del todo mal, pero ahora, en Barcelona, ha comenzado a tener pesadillas en búlgaro.

11 de abril de 1994

Ayer se me quería presentar la Rosa, que tenía que venir por Semana Santa, pero como esperaba a la gallega tuve que decirle: “Es que no estaré, porque tengo unos talleres con el Pep”.

Me dijo que si podía venir con nosotros, pero yo le dije que no, que no podía ser porque llevábamos la furgo a tope. Creo que estaba un poco mosqueada, me preguntó que dónde teníamos los talleres y… fíjate, no sabía qué contestarle.

Pero dio la casualidad de que en ese momento estaban dando por la tele lo de la liberación de la María de los Ángeles Feliu, la farmacéutica de Olot, que ¿sabes que la encontraron en una gasolinera, en Manlleu? Pues le dije a la Rosa que los talleres los tenemos en Manlleu.

14 de abril de 1994

Me estuve planteando que, aprovechando que iremos a ver la exposición de marionetas del señor Tozer, en Sant Cugat, podría visitar por sorpresa a la Galarreta, pero como tendremos poco tiempo creo que dejaré la sorpresa para más adelante…

Por otra parte, seguro que el señor Tozer nos va a contar lo mismo de siempre:

“La marioneta se compone de tres partes: el muñeco propiamente dicho, los hilos, que son como una especie de musculatura externa y el mando… Cuando estuve en el hospital mis alumnos construyeron una marioneta con mi cara, pero me sacaron más guapo de lo que soy… Las marionetas tienen la espalda mejor que yo, porque son de madera…”.

Sí, me pasaré por casa de la Galarreta.

17 de abril de 1994

Juan Carlos ha aparecido por el nuevo taller con la fantasía de que le gustaría trabajar de conserje y que se conforma con que le pague cuarenta mil pesetas al mes. ¡No las gano ni yo!

Sí, dice que está buscando trabajo en agencias de transportes, pero que lo que le va es ser conserje de mi taller.

También se me presentó la Helenita, con el cuento de que ella ¿qué parte va a tener? Incluso pretendió que le construyese un altillo ¡Claro! ¡En eso estaba pensando!

Y lo peor no es la Helenita, sino que, si viene ella, también se viene el suizo… Cuando le dije que no podía construir el altillo se marchó muy enfadada.

Otro día vino la Marieta y la hice cargar escombros, pero ella insiste en que no quiere cargar, que lo que quiere es ser mi secretaria. Suerte que su marido no la deja salir de noche.

Luego hay uno de la Barceloneta que es técnico de sonido y quiere que le alquile una parte del local para dejar sus trastos…

Total, que todavía no estoy instalado y ya tengo el taller lleno de gente.

18 de abril de 1994

Las obras van un poco lentas, porque el Lucas, que es el albañil, está borracho dos días de cada dos.

El Juan Carlos y el búlgaro se limitan a picar las paredes. Que, por cierto, ahora el Juan Carlos se ha lesionado un dedo, pero aun así, ellos van mucho mas rápidos que el Lucas. Claro, como ellos sólo tienen que picar…

El búlgaro se fue al campo del Barça para ver si Stoichkov podría ayudarle. Total, que estaban los jugadores entrenándose y el Jorge, desde las gradas, comenzó a hablar en búlgaro.

Al oírlo, el Stoichkov se fue hacia él, muy sorprendido de oír su idioma, porque los búlgaros no abundan en Barcelona, y le dijo que, en aquel momento no podía ayudarle, pero le dio un pase para poder ver el próximo partido del Barça en el Camp Nou.

¿Qué hizo el Jorge con el pase? Ya te lo puedes imaginar: lo vendió.

22 de abril de 1994

Se nos ha colado una pareja de maderos. Al verlos parados en medio de la calle, mirando al local, me he dicho: «¡Tate! ¡Ya están aquí!».

Se meten para adentro y empiezan a pedirme cosas: los papeles del local, «¡Ah!, ¿así que usted es un precario?», el permiso de obras, el proyecto del arquitecto…

Porque, fíjate, primero, un arquitecto tiene que firmar el proyecto y, después, ¡ejecutarlo! Eso vete a saber lo que cuesta. Sólo por el permiso de obras debería pagar cincuenta mil pesetas al Ayuntamiento.

Lo peor ha sido cuando me han preguntado si el Juan Carlos y el búlgaro son mis empleados. Claro, yo le he dicho que son unos amigos que me están ayudando, pero el Jorge, ya te lo puedes figurar, se ha quedado completamente acojonado.

Suerte. Suerte que entonces se ha puesto a sonar el walky-talky de uno de los polis y han tenido que salir rápidamente para atender a otros delincuentes. Es que en mi barrio hay mucha vida.

Y aún en la puerta, uno de ellos me ha recordado que debía tener la licencia de obras.

Total, que ahora tendré que trabajar con la puerta cerrada.

25 de abril de 1994

Entre una cosa y otra las obras se eternizan. El Lucas ha estado una semana sin presentarse y, cuando ha aparecido, ha sido para hacerme una buena putada.

A las siete de la mañana se ha plantado delante de casa gritando: «¡Peeeeeeepeeeee! ¡Peeeeeeeeepeeeee!». Pero, como te puedes imaginar, si no le abro a Yolanda, menos le voy a abrir al Lucas.

Los vecinos venga protestar: «¡Ese cabrón, que se calle!», «¡Xiiissstttt!», «¡A ver si sale de una vez ese Pepe!». Y yo, a lo mío, porque hay muchos Pepes en el barrio.

Luego, viendo que no le abría, ha empezado a llamarme a grandes voces: «¡¡Capitán!! ¡¡Capitán!!».

Al final, como tampoco así le hacía caso, se ha puesto a gritar: «¡¡¡Peeeeepeeee Otaaaal!!! ¡¡¡Peeeeeepeeee Otaaaaaal!!». Esto me ha jodido más, porque con nombre y apellido son ya demasiadas pistas. Pero he seguido firme, sin hacerles caso, ni a él ni a los vecinos que han seguido protestando.

A las diez de la mañana me he vestido para ir a desayunar, pensando que me iba a encontrar al dichoso Lucas delante de casa. Pero no estaba.

Durante el desayuno, el Juan Carlos me ha informado de que anoche el Lucas se encontró una bolsa con retales de cuero, se fabricó una especie de látigo e iba por ahí azotando a los coches y amenazando a los conductores.

30 de abril de 1994

Parece ser que los vecinos han estado recogiendo firmas para echarme del local, y eso que todavía no estoy completamente instalado. Para que quede claro que no pretendo montar un puticlub, he tenido que pintar un letrero, en plan modernista, que pone: «Taller de Marionetas». Ya lo tengo instalado.

He hablado con el de las firmas y nos hemos hecho amigos. Trabaja en la Telefónica y dice que, si quiero, en un par de días me ponen línea.

¿Para qué querré yo un teléfono?

10 de abril de 1995

Antes de irme para Albacete, la Nauta mordió a un pobre hombre. ¡Me dio una lástima!, porque es una de esas personas que están operadas de la garganta.

Fíjate, justo al pasar por delante del taller, el tipo vio a la perra dormitando en el portal y levantó una pierna, como queriendo pasar por encima de ella, porque las aceras de mi calle, ya ves lo estrechas que son. Y no sólo levantó la pierna, también levantó los brazos. Claro, la Nauta al ver el gesto creyó que iban a atacarle y le arreó un mordisco en el costado.

El pobre quería gritar, pero no le salía la voz por eso de la traqueotomía y yo no sabía qué hacer, porque si me entraba a casa hubiese parecido que huía y si acudía para ayudar al herido igual la perra se hubiese creído que nos estábamos peleando y le vuelve a atacar.

Total, que ya se había formado un corro y yo allí, plantado. Al final me metí en el taller, cerré a la perra y volví a salir para hablar con aquel señor, que estaba tendido en el suelo con una expresión de dolor. Yo bien que le decía: “¿Quiere entrar, para que le cure?”, que incluso tenía sangre de la dentellada, pero a él, se ve que eso de entrar en mi casa y tener otra vez la posibilidad de ser agredido por la fiera no le hacía ninguna gracia y daba grandes muestras de negativa, a la vez que surgía de su garganta, con esa voz cavernosa característica de los operados, algo así como: “¡Estoy bien! ¡Estoy bien!”.

Por fin alguien llamó a un taxi y se lo llevaron al dispensario. Al regresar de Albacete, me voy a comer a Los Zamoranos (menú de 700 pesetas, rico en colesterol) y nada más verme me dice el Mamerto: “¿Sabes, a ese al que le mordió la Nauta? Pues está en el hospital, moribundo”. Me quedé helado. Afortunadamente era sólo una broma del cabrón de Mamerto.

El tipo que se llevó el mordisco es una buena persona. Ni siquiera me ha denunciado.

10 de abril de 1995

Y eso no es todo, porque mientras estaba en Albacete, el Alioska, que se encargaba de cuidar a la Nauta, se la llevó a pasear a la playa de la Barceloneta y la perra se encontró en la arena el cadáver de una mujer. La policía alertada por un joven que fue a buscarles se presentó con inusual rapidez. Uno de los maderos se agachó para reconocer el cuerpo, que al parecer la Nauta consideraba ya de su propiedad y recibió un tremendo mordisco en el tobillo. Se lo tuvo bien empleado, por manosear cadáveres ajenos. Aunque parezca mentira, para no complicarse la vida con una historia de emigrantes ilegales y rottweilers, el guardia no denunció la agresión canina. Pero por si acaso me voy a llevar a la Nauta de vacaciones una buena temporada.

11 de abril de 1995

Para colmo, estas tres semanas que he estado ausente las han aprovechado las ratas para salir de la cloaca y entrar en el taller haciendo quién sabe cuántos agujeros… Están siempre por ahí, no muy lejos, deambulando por sus laberintos subterráneos o espiándome desde el pasillo, acercándose más y más. Cada día veo sus deposiciones y las marcas sinuosas de las colas que se dibujan sobre la capa de polvo de los rincones, pero a ellas casi nunca las veo, porque son astutas y escurridizas. Y lo peor de todo: ¡si mis alumnas se enteran de que hay ratas, no ligaré!

14 de abril de 1995

La Nauta ha descubierto por dónde se cuelan las ratas. Se ha parado, gruñendo, delante del tubo de desagüe del fregadero. En efecto, están ahí, dentro del tubo, puedo oír cómo se mueven. “¡Ahora veréis!” He vaciado en el fregadero una botella de salfumán. De los chillidos han temblado los cimientos del edificio ¡Esas ya no vuelven!

23 de abril de 1995

Esas no, pero sus compañeras continúan visitándome, se ve que no les ha alcanzado el salfumán. Un amigo me ha sugerido llamar a Sanidad para que me desraticen el local, pero no me gusta la idea, no fuera que se enterasen en el Ayuntamiento de que estoy viviendo en un espacio que figura como taller. Podría ser peor el remedio que la enfermedad.

26 de abril de 1995

…Se van acercando más y más. Ya se me han comido la bandera de Grecia, que la guardaba de recuerdo ¿Serán
ratas turcas? Pero no parecen ratas de cloaca porque ayer una se quedó sentada delante del sofá, mirándome, tan solo a un metro de distancia de donde yo estaba, y se la veía muy limpia.

9 de mayo de 1995

El Igor se trajo al taller a unas ucranianas que se ligó en las Ramblas. Al final nos robaron toda la pasta que teníamos en casa. ¡Vaya orgía! ¡Hasta los perros participaron!

15 de julio de 1995

La goleta Sadko se hundió enaguas de La Gomera. El Igor, sin barco que capitanear, estuvo tres días vagando por la isla hasta que encontró trabajo en una cantera. Tenía que mover enormes bloques de piedra y colocarlos ordenadamente pero, entre el calor, el esfuerzo y tres días sin comer, se desmayó. Al recuperar el conocimiento se vio rodeado por un grupo de trogloditas. Una de las trogloditas -¡Vaya tetas! ¡Y no se le caían!- era una holandesa que vive en una cueva de la isla con un grupo de neohippies. Aunque la holandesa ya ha superado los cuarenta parece más joven, porque cada año se pasa ocho meses tomando el sol en pelotas y el resto del año trabaja en Amsterdam para costearse los 240 días de vacaciones. El Igor regresó a Barcelona en avión, con la holandesa, pagando ella el viaje. Se pasan el día en la terraza del Jaica, tomando cervezas y dándose la lengua. Finalmente han coincidido Oriente y Occidente.

25 de junio de 2001

La verbena de San Juan acabó fatal.

Al final tuvimos que echar a un cubano que se quería quedar a dormir en el taller, le tuve que decir que esto no es un lugar público, que es mi casa. Cuando se lo dije se me puso chulo y me quería pegar, pero entre el Igor y un par de marineros ucranianos pudieron sacarlo a la calle.

Que por cierto, cuando sacaron al cubano a la calle casi provocan un conflicto internacional, porque en aquel momento pasaba por la calle Guardia un grupo de marroquíes y, cuando vieron que unos grandullones blancos se estaban peleando con un moreno, se pensaron que el moreno era un compatriota. Suerte que se dieron cuenta a tiempo que era cubano, que si no se arma una buena trifulca.

Lo peor es que a la Eli de Beasoain le robaron el bolso con la máquina de fotos, que es una cámara profesional que vale una pasta, además, en el bolso llevaba la documentación y el móvil.

Fue un solsticio de verano nefasto. Mira que éramos pocos, pues se acabó la bebida y encima tuvimos seis mil pesetas de pérdida. Bueno ¡Hasta la próxima!

Encima, entre una cosa y otra se hicieron las cinco de la madrugada. El Jordi Pinar y el tipo que se trajo de Zaragoza se fueron a la verbena de la playa de la Barceloneta. “¿Te vienes?”, me dijo el Jordi. Sí, ¡estaba yo para irme a la playa!

La tipa que acompañaba al de Zaragoza también decidió irse a la Barceloneta, pero se fue en un coche distinto, el del Jordi Bertrán. Llegaron a la playa y el Bertrán la dejó allí y se marchó. ¡Con lo grande que es la playa de la Barceloneta y, además, que esa madrugada estaba a tope de personal! Pues resulta que la maña no llevaba teléfono móvil ni había quedado en ningún sitio concreto con el Jordi Pinar, ni siquiera recordaba exactamente mi dirección…

Se me presentó en el taller a las ocho de la mañana, cuando estaba a punto de coger el sueño. Y venía perseguida por un moro.

Los rusos y los ucranianos ya estaban colocados: uno en el sofá, los otros en las hamacas. Así es que la de Zaragoza se quedó sentada en una silla, medio adormilada.

A eso de las diez de la mañana se me presenta el Jordi Pinar, que venía a dormir. La de Zaragoza que se levanta y dice: “Pues yo, como sea, me vuelvo a Zaragoza”. Y se fue. Una menos. A continuación me llama un tipo por teléfono preguntando si está Juan. El cabrón del cubano, que había dado mi número a un amiguete y le había dicho que se quedaba a dormir aquí. ¡Luego dicen que soy racista!

La secuela de la fiesta es que el mes que viene tengo que ir a Zaragoza a celebrar los veinte años en el oficio de Jordi Pinar, que no sé qué oficio debe ser.

Es mi problema, no saber decir NO.

28 de junio de 1995

He tratado inútilmente de eliminarlas a base de trampas y con un ahuyentador ultrasónico de alimañas, que nos pone de los nervios a mi y a la Nauta; a ellas parece que no les afecta el ruido y desconfían de las jaulas.

21 de junio de 2006

¡Vaya semana! Primero le robaron a Karlos en la furgoneta, se llevaron toda la ropa de María. Después Karlos aparcó en mi calle y le volvieron a robar, y además le rompieron el motor de subida de los vidrios laterales. Cuando quise arreglarlo, de tanto abrir y cerrar las puertas, nos quedamos sin batería, suerte que estaba el Julio, el violinista de Teruel, y nos dio la chispa con la batería de su coche.

Pero ese mismo día le robaron el coche al Julio, y también oí unos ruidos extraños pero familiares: era la grúa, que se llevaba la furgoneta del Karlos. La María salió en pelotas para protestar y los de la grúa se quedaron tan sorprendidos que se marcharon y el Karlos pudo llevar la furgoneta a otro sitio. Después tuve que desalojar el local de al lado. Ya lo ves, tengo cajas por todas partes.

Encima vino la de Murcia. Me llamó para decirme que iba a venir y yo le dije que ahora es todo muy complicado y que mejor lo dejase para más adelante.
—Pues si está complicado, vengo y lo arreglamos.
Y se me presentó.

Ahora sí que no hay solución, porque la mexicana le escupió en la cara a la de Murcia. Eso fue en un bar donde teóricamente habíamos ido para hablar. Después del escupitajo, la de México se fue corriendo y la otra se quedó llorando.

La murciana se fue ayer, pero todavía tuve que acompañarla a la playa. ¡Con el calor que hace y lo poco que a mí me gusta la playa!

La fiesta del Karlos estuvo muy bien. Al final nos despelotamos diez o doce mientras cantábamos “Maruxiña”. Karlos y el violinista también se despelotaron y continuaron así durante toda la actuación.

Cuando acabó la fiesta, mi novia, la de la Rambla del Raval, me dijo que en su calle había mucho ruido y que mejor fuésemos a mi casa. Pues resultó que nos encontramos a la mexicana en mi cama. La del Raval se puso como una fiera ¡La bronca que tuvimos! Dice que no me quiere volver a ver.

Otro día estaba durmiendo solo, y a eso de la una y pico de la madrugada oigo que llaman a la puerta. Por la manera de llamar noté que era una mujer, hombres y mujeres llaman de manera muy diferente. Pues a estas horas debe ser alguien que me conoce, me dije. Y fui a abrir.

Era una gitana, que nada más verme, dice:
—He venido para follar contigo. —Y también—: ¡Mira! ¡Mira! ¿No estoy buena?
Y se levantaba las faldas para que viese que no llevaba bragas. Yo le dije que era muy tarde y tenía que irme a dormir. Entonces ella empezó con el “¡Dame argo!”, y yo le di diez euros para que se fuese, pero ella insistía con el “¡Dame argo de comer, que no he comío en tor’día!”.

Abrí la nevera y no había nada de comer, sólo dos o tres cervezas. Pues la tía ¡va y las coge! Al final le di otros diez euros y le dije que no tenía ni un céntimo más. Por fin pude quitármela de encima. Cuando salía vi que un poco más arriba, en la calle Guardia, había un tipo tuerto, de aspecto tenebroso, que la estaba esperando.
Me quedé solo pero intranquilo, pues si has dado dinero a una gitana, volverá a presentarse una y otra vez. ¡Te ha tocado la lotería!

Efectivamente, un par de semanas después volvió a presentarse. El Karlos, que no sabía nada del asunto, fue quien abrió la puerta.

—¿Está el chico ese de la barba? —pregunta la gitana.
— El Pepe —dice el Karlos sin pensar.
—Ese, el Pepe.
Vaya. Ahora ya sabe mi nombre, me dije. Ella, muy decidida, me suelta:
—He venido a follar contigo. Sólo por 50 euros.

Yo le dije que no tengo dinero, que qué más quisiera yo que tener cincuenta euros. Por fin se marchó, pero la tía se llevó el teléfono móvil del Karlos. Cuando el Karlos se dio cuenta del robo, llamó con otro teléfono móvil a su propio teléfono y ¡qué casualidad!, oyó la voz de la gitana diciéndole a alguien, debería ser el tuerto, que tenía un móvil mu guapo, con fotos y tó, que lo iba a vender y que luego se verían en la calle Robador.

Por el camino nos encontramos a unos mozos de escuadra, les explicamos el caso, y se vinieron con nosotros para la calle Robador.

Luego nos cruzamos con un pakistaní que circulaba en contra dirección y con unos tipos que se estaban liando unos canutos. Entre pedirles la documentación a uno y a los otros, perdimos casi media hora y, claro, cuando llegamos a Robador, de la gitana y el tuerto no había ni rastro.

Menos mal que ha robado el móvil, pensé. Así ya no se me volverá a presentar.

¡Vaya semana! ¡Hacía tiempo que no lo pasaba tan mal!

25 de julio de 2007

Me llamo José Antonio Otal Montesinos, más conocido por Pepe Otal. Nací en Albacete, el 8 de agosto de 1946 y me he despedido del mundo de los vivos en Teulada, un pueblo costero al oeste de Cagliari, en la isla de Cerdeña, el 25 de julio de 2007.

Con lo que he vivido y la gente que he conocido tengo tema para una novela. ¡Y de las gordas! Pero nunca la he llegado a escribir, porque delante de un folio me quedo en blanco.

Ahora es demasiado tarde para escribirla personalmente, pero con lo que le he contado a un amigo y lo que él, con mi consentimiento, ha tenido la paciencia de recopilar, puedes hacerte una idea de lo que ha sido una parte de mi vida.

La vida: unas cuantas anécdotas a las que casi nadie presta atención y que pronto se olvidan. Lo que más me ha gustado de ella han sido las mujeres, hacer lo que me diese la gana y estar tranquilo en el taller de marionetas, mi casa.

La última novia ha sido María, una chica gordita de Barcelona que tiene un piso en la Rambla del Raval y un trabajo en las piscinas Picornell. María, veinticinco años y ya tiene celulitis. ¡Hay que ver lo mal que se alimentan los jóvenes hoy en día!

La última singladura, una corta travesía de Palma de Mallorca a Barcelona. Toda la noche charlando en cubierta, porque ya no se puede fumar en el interior de los barcos españoles.

La últimas compras, un cuchillo sardo de artesanía y una pipa fenicia encontrada en el fondo del mar por un submarinista. La pipa, además de falsa es muy mala, ya tengo unas cuantas de esas, que por cierto cuando la compré me dije: “Seguro que nunca fumaré en ella”. El cuchillo es para el Lucas, que me dio el dinero para que se lo comprase; no está mal, el cuchillo y la pipa por treinta euros ¡Y encima el vendedor me regaló una flauta!

La última cerveza la he tomado en el intermedio de La Divina Comedia, cuando Dante, con tanto milagro, espectros quejumbrosos y personajes estrafalarios, ya no sabe ni dónde está ni lo que le está sucediendo y entonces Virgilio, que soy yo, le dice: “Pues no te preocupes, que ahora mismo te explico dónde estamos mientras nos tomamos una cerveza”.

La última conversación la he mantenido con el matasanos sardo que me ha atendido. Le he visto acercarse con su caja de herramientas, me ha tomado la presión y debe haber encontrado algo anormal, pues ha llamado por el teléfono móvil, creo que a unos jóvenes del Servicio de Atención al Turista. Después me ha hecho tragar cuatro o cinco aspirinas y me ha preguntado, en italiano, si fumo; le he dicho que sólo fumo en pipa y que no me trago el humo, pero él ha afirmado que eso también es fumar; me ha preguntado también, si bebo, y le he dicho que sólo cerveza; el tipo ha asegurado que la cerveza también es alcohol. Debe tener razón, que por algo es médico.

El último recuerdo, el de un maestro que tuve en la escuela primaria, en Albacete. Solía contarnos la historia de un soldado que tras ser herido mortalmente en una batalla exclamó: “¡Madre mía!”.

Mi última frase, sin embargo, ha sido más personal, creo que he dicho: “¡Cómo me tengo que ver!”.

Eso es todo lo que puedo recordar, aunque por poco tiempo.

25 de julio de 2007

Resumiendo, he fallecido a primeras horas de la madrugada del 25 de julio del año 2007, en la Casa Baronale de Teulada, un pueblecito costero situado al suroeste de Cerdeña. Ha sido una muerte teatral, casi como la del payaso Calvero en la película Candilejas. De todas formas hubiese preferido seguir viviendo un poco más.

Me han metido en un ataúd vestido con la túnica blanca de Virgilio que yo mismo confeccioné el año pasado. Quiero suponer que desde la muerte del poeta no habían vuelto a enterrar a nadie vestido de Virgilio.

A las 8 de la mañana me han llevado al cementerio local, un sitio tranquilo que no os recomiendo. Me han tenido expuesto en una habitación encalada, el depósito de cadáveres, y la gente, ancianas sardas vestidas de negro y colegas de la farándula, han pasado a ver mi cuerpo yacente, serio pero relajado, con el rostro descolorido propio de un muerto, con una mano encima de la otra reposando sobre el abdomen. Un detalle que no me ha gustado es que me han metido en el féretro con mis zapatos de cuero de color marrón y los calcetines de color blanco, un anacronismo con respecto a la túnica, hubiese quedado mejor con sandalias o descalzo. Tampoco me ha parecido apropiada la cuerda negra con que me han atado los tobillos para impedir que me abriese de piernas. ¿Tenía que ser negra?

Me han tenido unos cuantos días en el cementerio de Teulada y tras una serie de trámites que a nadie interesan y empaquetarme en el recipiente adecuado, me han llevado en ambulancia al aeropuerto de Cagliari, en avión a Madrid, y en furgón al cementerio de Albacete: estos han sido mis últimos viajes.Después me han incinerado y mis cenizas han caído sobre otras cenizas desconocidas en un columbario común con el simpático nombre “Jardín del Eterno Reposo”. Pero basta de muertes, quizá deba contaros, como introducción a mi diario y por una razón de método, algo sobre mi familia.

Un tío paterno que era muy facha participó en la Olimpiada de Berlín como lanzador de jabalina. Era un tipo atlético, falangista y bocazas. Su hermano, en cambio, era el sensible de la familia. Tocaba el violín, ese que tengo. No se metía con nadie.

En la puerta de casa lo mataron los rojos. Vinieron dando voces a buscar a mi tío el deportista: “¡A ver! ¿Dónde está el facha ese?, que le vamos a dar un paseo”. Mi tío, el músico, les plantó cara y les dijo que a donde llevasen a su hermano allí iba él. Así que se los cargaron a los dos.

Es que en Albacete había uno de las Brigadas Internacionales que era tan bruto que le llamaban “El Carnicero de Albacete”. Tenía un llavero donde iba ensartando las orejas de la gente que mataba. Cada mañana, antes de desayunar, ya había eliminado a unos cuantos. Por eso a mi madre, cuando oye hablar de los rojos se le ponen los pelos de punta.

Sin embargo, al abuelo materno, que era una persona muy conocida —era el propietario de El Periódico de Albacete— y que en casa tenían criados y todo eso, pues a él no le pasó nada. Dicen que era muy buena persona y fueron los mismos empleados del periódico quienes no dejaron pasar a los milicianos.

25 de julio de 2007

Resumen del mes pasado: He fallecido a primeras horas de la madrugada del 25 de julio. Me han incinerado y mis cenizas han caído sobre otras cenizas desconocidas. Pero basta de muertes, quizá deba contaros, como introducción a mi diario y por una razón de método, algo sobre mi familia. El abuelo materno era el propietario de El Periódico de Albacete.

El hermano del periodista era un místico. Se pasaba la vida leyendo La Biblia y visitando monasterios por toda Europa. Cuando murió, entre las páginas de una de sus Biblias, encontraron la factura de un hotel de Montecarlo y recibos de un casino. Era uno de esos casos tan típicos de doble personalidad. Dicen que su ludopatía fue una de las causas de la quiebra del periódico y de la decadencia familiar.

A mi madre, alguna ilustración debió quedarle de lo del periódico, pues dentro del conservadurismo general, siempre fue mucho mas avanzada que su marido. Es que mi padre, que era comisario de policía, nunca destacó como progresista.

Tuvieron una hija y un hijo, es decir mi hermana y yo. Mi hermana Rosa se fue a trabajar a Holanda, se casó con un holandés y allí se quedó, en un pueblo tan aburrido que lo único notable que ha sucedido en toda su historia es que está cerca de Rotterdam.

Mi cuñado, el holandés, era un gran aficionado al jazz, tenía una colección de discos impresionante y un equipo de sonido más impresionante todavía, pero nunca podía poner el volumen demasiado alto porque los vecinos se quejaban. No sé de qué le serviría tanto equipo. Murió de un infarto antes de cumplir los cuarenta, puede que debido a la tensión de no poder escuchar los discos con tranquilidad.

Estudié el bachillerato en Albacete, el año 64 inicié Ingeniería Industrial en Zaragoza, y me preparé para el ingreso en Bellas Artes, pero en el 66 me alisté de voluntario en la marina. Quería navegar, ver mundo, estar lejos de casa y, sobre todo, tener libertad.

Cuando me licencié, al quitarme el gorro de marinero, descubrí que me había quedado calvo. Me trasladé a Tenerife para cursar estudios de náutica. Embarqué como oficial de la marina mercante por varios países del mundo.

En 1973 ingresé en el Instituto del Teatro de Barcelona, en la especialidad de dirección escénica, después entré en el taller de marionetas de H. V. Tozer, formando parte de su compañía hasta el año 1977, en que fundé mi propio grupo, con el nombre Grupo-Taller de Marionetas.

He realizado, entre otros, los siguientes montajes: El Circo Loco, El Apocalipsis según San Juan, El gran teatro del mundo, Makoki chow, Cuento de madera, El holandés errante, Rigoletto, Don Giovanni y La Divina Comedia.

También he participado como actor, titiritero o escenógrafo en Don Juan Tenorio, El pirata Barbanegra, Elasticitats y en diversos espectáculos de la compañía La Fanfarra.

En Barcelona he vivido en una torre abandonada del barrio de Vallcarca, en una escuela de la Barceloneta y, los últimos doce años, en un local del barrio chino, en la calle Guardia.

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