Diario de Ultratumbra

1 de agosto de 2006

Por cierto, el día que la gitana mangó el móvil de Karlos también se presentó un gitano francés, amigo de Josefina, y preguntó si podía ver el taller. Estuvo un buen rato mirándolo todo y exclamando de vez en cuando: “Très jolie!”.

El gitano francés trabaja en Le Cirque Tsingare y nos invitó a una función. La invitación era una hoja de libreta que garabateó antes de irse. Se ve que era el gitano bueno.

Diez o doce, del taller, fuimos a ver el circo. Nos gustó mucho.

12 de agosto de 2006

El Karlos pretende que compremos un autobús para que todos los del taller vayamos a Bilbao. También pretende que formemos una sociedad para que se haga cargo de la compra. El Jordi Pinar, que está en una de sus fases catatónicas, se ha despertado al oír la palabra autobús y ha recomendado que vayamos a comprarlo a Inglaterra, que allí se encuentran a muy buen precio. ¡Como si no tuviésemos autobuses viejos en España!

16 de agosto de 2006

Todo sigue igual, después de escupirle en la cara a la murciana, la mexicana ha vuelto a instalarse en el taller. Esta gente es así, como los argentinos, se aferran a cualquier sitio con uñas y dientes y no hay manera de sacárselos de encima. Quien sí se ha ido es el Jordi Pinar. Estuvo ahí, en esa silla, una buena temporada. Solo se movía para comer, girando la silla en dirección a la mesa. Al final le dije:

—¿Qué quieres hacer?
Me respondió con un “Hoy no tengo nada que hacer”.
—No —le dije—, lo que te pregunto es qué quieres hacer con tu vida, porque yo me voy a Albacete y cierro el taller.
—¿Dónde quieres que vaya?
—Con tu familia, con tus hermanos o con tu madre.
—Es que con mi familia tengo mala relación.
—Pues vete con el Jaume, a Masnou.
—Es que con el Jaume es un poco agobiante, porque somos dos en la casa.
—¡Ah! —exclamé al borde de la desesperación—, ¿y aquí no te agobias?
—No.
—Yo cierro el taller.
—Entonces me iré a la calle.
Y me lo decía como si la responsabilidad fuese mía. Suerte que apareció el Jordi Bertrán y le dijo que podía estar el fin de semana en su casa de Riells. Luego se desdijo, alegando que tenía la furgoneta estropeada, pero aún así se lo llevó a Masnou, a la casa del Jaume.

Al Jordi Pinar lo conozco demasiado: la última vez me pidió estar una semana y se quedó tres meses. El Karlos es distinto, porque, aunque vive aquí, está todo el día correteando. El Karlos y la María no son pareja. El Karlos le dijo un día que se había enamorado de ella y, desde entonces, las relaciones se han enfriado bastante.

La otra noche, la mexicana y el Karlos estaban muy acaramelados. “¡Vaya!”, me dije, “¡Esta es la mía!” Y les ofrecí que fuesen a dormir a mi cama, que yo me tumbaría en el sofá. Pensaba que me había desembarazado de la mexicana, pero, ¡qué va!, a la mañana siguiente todo era como siempre.
La hija del Karlos estaba trabajando como animadora en un camping de Altafulla, pero lo dejó para embarcarse en el improbable grupo de marionetas de su padre: teatro de pueblo con tecnología mal utilizada. Y menos mal que el Karlos me hizo caso y quitó una parte de su espectáculo que la hacían con ordenador.

Otro problema que tengo es con la luz, porque ahora el local de al lado se lo han alquilado a una ONG, y, cuando pongan la luz, descubrirán la trampa que puse en la sala de contadores. Ya veremos, de momento aún no he tenido que encender las velas.

El fin de semana estuve con la de Murcia. La tía no paraba de hablar y de llorar. Para calmarla le tuve que pintar el taller.

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