El abelismo {vi}

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La última vez diserté sobre el cainismo español. Me pareció oír voces que censuraban una tendencia a ver lo negativo en todo. Pues bien. Hoy voy a ocuparme de la fraternidad. Lo que se podría llamar abelismo. Pero que nadie piense que Abel era un trozo de pan.

La fraternidad es un principio encomiable. Nos llega de la Revolución Francesa, y en efecto fue fraterna la purga revolucionaria. Es habitual que se la tenga en buena consideración (tanto a la fraternidad como a la purga), incluso se considera loable el amor fraterno (y el purgatorio, por lo demás: cualquier cosa menos el cielo). Aunque también entre reyes ha sido un valor en alza.

No tengo los estudios a mano, pero me apuesto esta misma mano a que la ratio de hermanos en literatura o en el deporte, por poner dos ejemplos donde el mérito no se asigna a dedo, es mucho menor que en otros ámbitos, y entre ellos me refiero a la política. El caso de abelismo más sonado en la democracia española fue el de Alfonso Guerra respecto a su hermanísimo, Juan. Pero tenemos otros: el de Pasqual y Ernest Maragall, o el de Francesc Homs y su hermana Mercè, concejala del distrito de Ciutat Vella. Fue precisamente Homs quien declaró que el rey había abdicado para mantener “el negocio familiar” y, a veces, al hablar de los demás uno no se da cuenta de que lo hace sobre sí mismo (y, en este caso, también sobre un tal Pujol). Porque no sólo sorprende la frecuencia con que en una misma familia nazcan dos, tres o cinco genios políticos que se ponen a gobernar un país o una ciudad, sino que también da la casualidad de que comparten la ideología (sea cual sea y suponiendo que exista), y el partido político.
viento-idiota-033-all Ilustración: Iván Cuadros

Esto sirve de introducción para unas declaraciones del ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz. Le oí una vez en la radio relatando sin asomo de ridículo que en el siglo XVIII la Virgen se había aparecido varias veces para advertir de los peligros de la Revolución Francesa. Palabra de ministro en el siglo XXI. En julio, después de la enésima avalancha de inmigrantes en las vallas de Melilla, tuvo la siguiente ocurrencia: “No es pedirles mucho que entren por la puerta y no por la ventana”. No es pedirles mucho. Con esta condescendencia paternal se reveló como un ser de humanidad etérea que vive más en las nubes, con sus vírgenes, que con los pies en la tierra. Estos inmigrantes caprichosos (“No es pedirles mucho”) y salvajes (una persona civilizada no entra por la ventana, a menos que sus intenciones sean deshonestas) lo único que tienen que hacer es entrar por la puerta. Parece mentira que no lo hayan intentado: se encontrarán al ministro allí, como un san Pedro, dándoles la bienvenida con fraternas pelotas de goma. Y, mientras, los hermanos, los hijos o los yernos, de los ministros, concejales o portavoces, seguirán gozando de la proliferación del abelismo, de los sobres bajo mano y las comisiones, de las puertas a las que se refiere Fernández Díaz, puertas, eso sí, giratorias, entre el sector público y el privado (ah, el negocio familiar), del que ellos tienen la llave, y que abren y cierran a voluntad. No es pedirles mucho que rindan cuentas y se responsabilicen de su gestión. No es pedirles mucho que cumplan con su cometido y designen a los cargos públicos según su mérito y no su parentesco. No es pedirles mucho. O tal vez sí. Porque resulta que el ministro también tiene a su hermano Alberto, mira tú por dónde, como presidente del grupo popular en el Ayuntamiento de Barcelona. Otro verdadero amor fraterno.

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