El cielo huele a salchichas

salchichas

Me parece súper de mal gusto chulear de los viajes que una se pega a través de las redes sociales. Para fardar de viajazo, lo mejor es tener tu propia columna en BCN Més. ¡Oh, casualidades de la vida! ¡Yo tengo columna y viaje reciente del que presumir! Insertad aquí una risa de malvada hija de puta a lo Beth Davis en Qué fue de Baby Jane, que pega mucho. Agárrense, queridas lectoras: esta menda ha cruzado el charco. For the first time in my life. Ahí van dos o tres cosas que me parecen dignas de compartir con mis fieles seguidoras y con algún lector eventual que esté ojeando esto porque se le ha muerto la batería del móvil y no tiene otra cosa que hacer. Allá vamos.

Nueva York huele mal. Después de 8 horas de vuelo, lo que quiere una es borrar de su pituitaria la memoria de tanto pedo acumulado en la cabina de pasajeros. Pero no, amiga. Nueva York apesta. Apesta a perfume de notas altas cítricas y florales de compuesto de laboratorio, notas medias especiadas de sobaco y comida, y notas bajas picantes, asociando el aroma de la basura con el dióxido de carbono y unos acordes de orina. Pero sólo me costó un par de días acostumbrarme, como en su momento me acostumbré a la distintiva peste barcelonesa a alcantarilla. Soy una superviviente de los olores. Eso sí, cuando me subí a un rascacielos, cumpliendo con mis deberes de turista de manual, descubrí que el cielo huele a salchichas. He pagado muchos dólares, pero ahora ya sé lo que come Dios.

Otro gran descubrimiento mío que deberían añadir en alguna guía de viajes es que los culos femeninos son la brújula más fiable para describir el nivel socioeconómico de las zonas. Hay una relación de proporción inversa entre la riqueza y el tamaño de los culos de las mujeres. Patear la Quinta Avenida es asistir a un desfile triste de nalgas hambrientas. Hasta que llegas a Harlem, donde, afortunadamente, el festival de posaderas generosas lucidas con orgullo de anuncio de tampones te devuelve la fe en la vida. Un día me daré una vuelta por Sarrià, a ver si aquí se puede aplicar la misma norma.

Y por encima de todos mis descubrimientos absurdos, lo que de verdad me ha dejado extasiada es que la gente es AMABLE. Como buena cateta de pueblo, me imaginaba una ciudad repleta de gente hostil y despiadada. Pero para nada, oye. Antes de entrar en el metro te dejan salir. Igualito que aquí vamos, que tienes que salir del tren a codazo limpio. Y si te quedas sin papel higiénico en el baño de cualquier bar de Brooklyn, aparecerá un hada mágica y te pasará un rollo. En cualquier bar barcelonés, como haya rollo de papel, al bolso y para casa. Y a la siguiente que le den. Después nos preguntamos por qué nunca hay papel. Pues porque lo robamos, lista. Vamos, que las buenas gentes de Nueva York si te pueden echar una mano, lo hacen. Aunque sólo sea porque parada en medio de la acera molestas. Aquí más bien nos guiamos por una máxima un poco a lo Poncio Pilatos con prisas: “No te ayudo y da gracias que no tengo el tiempo o las ganas de joderte”. Me parece que a golpe de multa y ordenanza cívica se nos ha agriado la leche.

La próxima vez que me baje del metro, intentaré contenerme de dar codazos. A pesar de lo bien que sienta descargar frustraciones urbanas en costillas ajenas.

I promise.

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