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El club de los kioscos muertos

El papel muere y además, con todo el dolor de mi alma, debería hacerlo. Amo el papel, escribo en una revista en papel y cada vez odio más las pantallas. Pero también amo los árboles, el agua, en fin, la tierra. Zanjando el tema de entrada: los periódicos diarios morirán; el resto sobreviviremos. Dicho esto, de la muerte del papel se derivan otras, como las de los kioscos. No parece que esté todo perdido pero aguanten hasta el final: el telón de fondo es de drama.

Entre tanta muerte, de vez en cuando, resucita una flor. O una mariposa. O una polilla. La Distri la Polilla okupó hace ahora un año un kiosco abandonado en la plaça de la Revolució de Gràcia. Porque significa muchas cosas: la primera, que es un espacio abierto en una plaza. La segunda, que ese kiosco estaba en desuso y la más importante, que con la “liberación” ha pasado de distribuir prensa “oficial y corporativa”, como define La Polilla a los medios de masas, “a ser un espacio liberado donde distribuir fanzines y otros materiales”.

¿Por qué fanzines? Porque “es el formato que permite que cualquiera que quiera expresar y difundir sus ideas pueda hacerlo sin pasar por los filtros externos”, explicaban los promotores a la Directa en su momento. Además, a los fanzines llegan los bolsillos de todos, de quienes los hacen y de quienes quieren leerlos. Y de nuevo porque las pantallas lo destrozan todo e Internet le ha quitado mucha difusión.

Como Internet nos aparta del papel, el crecimiento económico, la burbuja inmobiliaria, el boom o la llegada de la democracia, llámenla como quieran, nos metió en nuestras casas, en nuestras vidas, nos atomizó y nos acostumbró al individualismo. Hasta el punto de que el quiosco fue recuperado en unas jornadas que llevaban por nombre Quan els barris eren nostres. Hablando de propiedad, los kioscos pertenecen al ayuntamiento y este cede su uso privativo.

El kiosco que sí que ya no pertenece a su dueño, ni a la ciudad, es el de la plaça Sant Josep Oriol, donde está Santa Maria del Pi. El ayuntamiento lo desmontó el pasado 11 de agosto. Lo bueno es que llegó a un acuerdo con su ocupante para que se trasladara a otro puesto en la Barceloneta, delante del Hospital del Mar. El distrito de Ciutat Vella se quejaba de que este kiosco estaba demasiado cerca de la basílica y era “discordante con el entorno arquitectónico” según fuentes del consistorio. No es que fueran incompatibles las portadas de La Razón con las esteladas de muchos balcones, es que el lugar vendía más souvenirs que periódicos. Si alguna vez han pasado por allí, se habrán fijado en que se podían comprar tan pronto castañuelas como imanes de paellas.

No parece que haya drama. Pero cada vez que paseo por el Paral·lel, mis ojos se frenan en cada kiosco cerrado, ¿cómo puede ser que en esta gran avenida sobrevivan tan pocos vendedores de noticias? A Barcelona le quedan hoy 349 kioscos y de esos 20 están cerrados. Hace dos años había 405.

Con este panorama, después de las cabinas, los kioscos serán lo próximo en desaparecer. Sobre todo porque los representantes del sector, todos los partidos políticos con representación en el ayuntamiento y, en fin, la realidad, están de acuerdo en que el número de puntos de venta es excesivo. Barcelona tiene previsto elaborar un Plan Estratégico que defina cómo deberá ser el “proceso de renovación y modernización” de los que quedan. Es decir, “definir el modelo de negocio, la formación de los kiosqueros, la introducción de nuevas tecnologías, y reducir y fijar su número”. El trabajo se lleva a cabo con l’Associació de Quiosquers y el Col·legi de Periodistes de Catalunya. Este último tiene una docena de kioscos en propiedad.

Aún así, los que quedan abiertos lo hacen con ayudas. Hace un par de años, el consistorio de Trias decidió renovar las concesiones de los kioscos hasta 2030. Alargaba así la vida de 394 kioscos y equiparaba sus permisos a los de los 11 kioscos de las Ramblas, que ya tenían sus licencias vigentes hasta septiembre de ese futuro año. Encima, muchos de los puntos tenían la concesión caducada desde diciembre de 2012.

Normalmente, para acceder a la concesión de un kiosco y vender periódicos, revistas, libros y otros artículos de prensa –coladero por el que entran los souvenirs y sobreviven los de las Ramblas, precisamente- , quien quiera llevar uno debe presentarse a un concurso público. Salvo en el momento en que Trias decidió adjudicar directamente a los titulares de los kioscos ese alargamiento –o patada hacia delante- “por razones de interés público y para favorecer la continuidad de la actividad económica del sector”, afirmaban fuentes del ejecutivo.

Triste, triste, es que para tener la concesión hasta 2030, el gobierno obligaba a mantener el kiosco abierto. Si se cerraba, como es el caso de muchos, se realizaba un nuevo concurso y si nadie se presentaba, se retiraba de la vía pública. En estos dos años se han jubilado 58. La teniente de alcalde entonces, Sònia Recasens, dijo que la retirada tendría un efecto positivo en la calidad de vida de los barceloneses porque la ciudad estaría “más limpia y ordenada”. Pero si no renacen de ellos otros insectos, mal futuro nos queda: un país que no lee ya puede mirar, que no verá nada.

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