El proceso {remake}: una farsa parecida a la de Kafka

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En la novela El proceso, Kafka narra las angustias de Joseph K., un oficinista acusado no se sabe muy bien por quién y no se sabe muy bien por qué. Cuanto más trata Joseph K. de desentrañar las causas y la solución al proceso, más se adentra, y de forma irremediable, en la maraña laberíntica de una ley desconocida e implacable. Borges afirmaba que era un relato tan aburrido que ni siquiera el autor pudo acabarlo.

El individuo político catalán se encuentra hoy en día en medio de una farsa parecida y lampedusiana: el camino para el cambio [el Procés] es una estrategia del propio inmovilismo para que nada cambie. Se trata de un mantra: mientras más se cante independencia y cambio (o mundo mejor, o nuevo país, o Catalunya Lliure), más seguro se puede estar de que esto no es un proceso de cambio sino, precisamente, un proceso perfectamente orquestado para que todo permanezca igual.

Pongamos por ejemplo la lista de Junts pel Sí: según este proceso es la lista por la independencia pero, siguiendo la argumentación de Guillem Martínez (El Crític, 2 de octubre de 2015), uno de los mejores analistas de la actualidad, tiene dos funciones totalmente ajenas a la consecución de la independencia: 1) introducir con un tono épico las políticas de austeridad (y en Cataluña se ha hecho de forma salvaje contando con la inestimable ayuda nacional de ERC), y 2) refundar Convergència Democràtica de Catalunya. Ahora bien, este objetivo partidista y del neoliberalismo económico no se podía lograr a las claras, así que se puso en marcha la máquina propagandística que apela a un estado de ánimo (“Nosotros somos formidables y en Madrid todo lo hacen mal”, tal como definió Josep Tarradellas la filosofía de Pujol) y que difunde informaciones no contrastables por el común de los catalanes, como pueden ser las balanzas fiscales o el futuro de las pensiones. Con un culpable y una quimera, te monto un pollo que no veas, y esto lo ha visto claro el nuevo actor de la CUP, Antonio Baños: “Para obtener la independencia hay que montar un pollo político y jurídico”. No parece la expresión más acertada, pero da cuenta de la espectacularidad cutre del asunto.

En cualquier caso, el proceso ha sido un éxito para los dirigentes que llevan años aplicando políticas de recortes (y, a la vez, Artur Mas ha aumentado el doble la deuda de Cataluña en comparación con el tripartito: que alguien me lo explique) y sin rendir cuentas por los bochornosos casos de corrupción. “Ara no toca”, como decía Pujol, y todos callan aunque sepan, como en tiempos de Pujol.

Mientras, al Joseph Katalán lo llevan de la mano por un proceso que no va a ninguna parte, pero que sigue. Resulta revelador leer la prensa política del siglo XX (exceptuando la dictadura) para comprobar que siempre ha sido lo mismo: una Cataluña irredenta, una España castradora, cualquier cosa, cualquier cacao, para que todo permanezca igual.

Y para lograrlo nada mejor que apelar a la unidad: “España, una, grande y libre”, “Junts pel Sí”, o, como gritaron delante del Centre Cultural El Born los votantes de la lista del títere Romeva (¡qué papelón, qué papelón!): “¡Un-sol-poble! ¡Un-sol-poble!”. Sí, todos juntos, todos unidos, sin crítica, sin disidencia, sin pensamiento, “nuestro pueblo”, “nuestra gente”, todos a una, para hacer exactamente nada. Me sentiría indignado si no estuviera aplastado por el aburrimiento.

Ilustración de Iván Cuadros.

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