Ganar es una droga. Perder, nuestra adicción

Primer partido, cero lesionados. Derrota, sí, pero es lo de menos. Quizás algún fallo táctico como el hecho de jugar sin portero o confundir la portería propia con la rival pudo influir decisivamente en el resultado. Iremos mejorando. En los vestuarios, como siempre, cero autocrítica y despliegue de temas políticos y culturales desgranados con el saber que sólo el sudor aporta. Vale, nos increpamos los unos a los otros a grito pelado, contamos chistes guarros y hablamos de mujeres, qué más da. Luego, en nuestro centro de avituallamiento habitual (un pakistaní que se salta los horarios comerciales a la torera) adquirimos el tradicional Aquarius de naranja y parte de la energía que cada uno ha despilfarrado desmarcándose por la banda sin que ningún potencial pasador le viera.

 

En este paraíso del aprovisionamiento se dan ciertas condiciones de excepción. Pagar, por ejemplo, es un ejercicio casi imposible. En la caja, nuestro amable cobrador tiene instalado un pequeño monitor al que está permanentemente sometido. El tipo es un fan del cricket, deporte muy popular en su país. Tenemos la impresión, por pura ignorancia, de que está viendo siempre el mismo partido. Como si el juego en sí valorase su objetivo y desarrollo por encima de otras convenciones menores, como el valor del tiempo, la economía nacional o la vida social del público. Siempre coincide que, cuando intentamos pagar, la jugada crucial está a punto de suceder y, por consiguiente, el final de tan mastodóntico duelo. Nos pasamos un buen rato contemplando esa posibilidad hasta que se desbarata. Finalmente logramos que nos atienda con la misma jovialidad de siempre. Angustiados por la idea de que el partido pudiese terminar algún día, convirtiendo el trabajo de nuestro Apu particular en algo menos vibrante, decidimos interrogarle sobre los entresijos de este deporte-enigma.

 

Para empezar descubrimos que el deporte nacional del Pakistán es el hockey sobre hierba, aunque el más popular es el cricket. Esto ya nos crea algo de confusión; ¿Qué es lo que otorga el carácter de “nacional” al deporte si no es su repercusión mediática? Está claro que en Pakistán el pueblo y la nación no son la misma cosa. De hecho la controversia sobre si su gobierno es una democracia real o una dictadura militar la saldan los analistas diciendo que es el típico caso de una democracia militar. Politiqueo aparte, nuestro hombre, fiel detractor del Hockey, nos reveló que el cricket es el segundo deporte más popular del mundo. Con esto supusimos que nos estaba llamando ignorantes a todos, que conocemos más o menos los entresijos de los deportes comandados por siglas: La ATP en el tenis, la F1 del automovilismo, el MotoGP, la NBA o la ACB, la NFL, etc. Creíamos que Fernando Alonso, Rafa Nadal, o Pau Gasol eran iconos, y puede que lo sean, siempre que no los compares con Abdul Qadir Khan, leyenda viva del cricket en Pakistán, o Mohammad Asif y Shoaib Akhtar, figuras actuales que, por cierto, están bajo suspensión por dopaje con nandrolona. El hecho de que haya trampas confirma, en cierto modo, la trascendencia de la actividad.

 

Tras situarnos en este contexto de repercusión universal, intentó diseccionar para neófitos las reglas básicas del juego, pero nosotros no conseguimos dejar de evocar al Béisbol: al fin y al cabo, la acción se desarrolla usando bates, una pelota y haciendo correr a tipos con gorra. “No tiene nada que ver”, dijo visiblemente irritado. Para nuestro asombro nos contó que un partido internacional de cricket se disputa a cinco días, 6 horas por día. Parando 40 minutos para comer y 20 para merendar. Visto así, se parece mucho más a un trabajo que a un deporte. Nos hemos cansado de decir que los futbolistas entrenan un ratito cada día y luego juegan 90 minutos a la semana, un micro jornada laboral que les permite ingresar millonadas. Bien, las estrellas de cricket fichan, como en cualquier cadena de montaje, y aunque al parecer la Cricket World Cup se juega a partidos de una entrada (que duran un solo día) nos adentramos en una espiral de compasión al conocer estos detalles, a la vez que desestimamos definitivamente la idea de cambiar nuestra liguilla de futbol siete por una de cricket. Estableciendo un fácil cálculo, nuestros partidos que no llegan a la hora de juego nos producen aproximadamente dos días de agujetas. Si multiplicamos por seis ese impacto corporal, es fácil deducir que, aún si resolver nuestras molestias del anterior partido, deberíamos afrontar el siguiente envite. Pronto nuestro principal objetivo –mantenernos incólumes– sería del todo inalcanzable.

 

Para terminar, ya con el cambio de nuestra modesta compra en la mano y a punto de cerrar nuestra transacción comercial, nos comentó la rivalidad existente entre el Pakistán y la India, la otra gran potencia de este deporte y actual campeona del mundo. Para exaltar el cricket, la fe musulmana, y en el Oriente Medio en general, rememoró la única ocasión en la que empatizó con un aficionado rival: Tarun Sharma, un joven indio que en el 2007 propuso vender su riñón para asistir a la Cricket World Cup que se jugaba en Barbados. Llegó incluso a amenazar con suicidarse si no encontraba comprador. “¿Qué puede ser más satisfactorio para un aficionado que asistir a la victoria de su país en el mundial?”, manifestó sin reparos.

 

Al menos cuatro eminentes miembros del equipo llegamos tarde al trabajo la mañana siguiente. Ninguno fue despedido por ello. Sin lesiones, sin secuelas, sin puntos en la clasificación general. Este año alcanzaremos la gloria.

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