El Gobierno de Sancho {bm}

Llevamos cinco años de crisis, estafa y travesía del desierto, pero muchos emprendedores en el mundo de las letras parecen embestir y levantarse después de cada varapalo, ya venga de molinos de viento o de gigantes. En octubre de 2010, en la anterior etapa de esta revista, publiqué “BCN Lee. Edición inteligente”, un artículo sobre las editoriales llamadas “independientes” de Barcelona, en el que le tomaba el pulso a una decena de esos pequeños sellos literarios que, en varios casos, se sustentaban además en el trabajo de un solo editor, hombre-orquesta y Quijote pluriempleado. A pesar de algunas amargas despedidas, como el cierre de DVD Ediciones o el fallecimiento del editor Gonzalo Canedo, alivia comprobar que, casi dos años y medio después, la mayoría de aquellas editoriales continúan en activo. Aunque haya tenido que rebajar expectativas, menguar tiradas y reducir catálogos, el tejido editorial de nuestra ciudad sigue resistiendo el vendaval.

 

Sin embargo, cualquier editor en sus cabales tiene en el fondo más de Sancho Panza que de Quijote, pues debe calibrar y sopesar los riesgos de cada aventura, o de lo contrario el gobierno de su ínsula podría resentirse demasiado de los aspavientos de ese coloso llamado Mercado. Así, los verdaderos caballeros de la triste figura en este asunto, nuestros nuevos escritores, por muy ingeniosos e hidalgos que sean, a menudo lo tienen realmente complicado para abrirse camino. Muchas de las editoriales más potentes corren cada vez menos riesgos, apuestan por fórmulas trilladas y, por si fuera poco, convocan sus premios literarios para, tras la comedia, acabar en manos de un autor en plantilla, de algún ilustre miembro de la burguesía literaria o de cualquier figura más o menos mediática.

 

Admitamos que cada empresa es libre de buscar estrategias para resultar rentable, pero, mascaradas aparte –podrían conceder sin concurso sus galardones para ahorrarle la desilusión y los trámites a cientos de escritores–, si ni siquiera yendo “sobre seguro” esos grandes grupos editoriales logran evitar el desdén del público –basta con repasar las cifras recientes de ventas–, ¿qué sentido tiene entonces que imiten ese modelo no pocas de aquellas otras editoriales “independientes”? Sin olvidar la necesaria viabilidad de cualquier aventura editorial, y salvo honorables excepciones, se diría que a veces faltan audacia y coraje, que Sancho le gana la partida a Alonso Quijano en el interior de cada editor que deja pasar de largo a algún que otro futuro gigante de nuestras letras –quién sabe– y se queda con cualquier molino dispuesto a girar como está mandado.

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