Hazte tu vinilo

Tenéis una banda. Lleváis ya un buen trote a vuestras espaldas y, a pesar del esfuerzo que supone mantener la nave a flote, te siguen los cuatro persons de siempre en los mismos garitos de la misma ciudad, que es en la que siempre tocas. Un bucle que parece no tener fin y del que pocos logran escapar, algunos con más deuda que gloria. Aún así, otras bandas similares a la tuya se embarcan a grabar y sacar vinilos, sin pretensión de ser unos héroes del rock. Todo lo contrario: probablemente acabarán igual o más arruinados que tú. Pero entonces… ¿quién es el insensato que suele apostar su pasta por grupos así? Y lo más inquietante… ¿por qué?

En Barna hay unas cuantas almas bondadosas que se dedican a ello, por puro amor al arte. Como Oriol Hernández —Uriyouth, para los amigos—, que junto a otros ocho jóvenes montaron años atrás el sello Sell Our Souls (SOS). Aún a sabiendas de que como mucho podía llegar a cubrir costes de una edición para sufragar la siguiente, Uri apostó y acabó lanzando muy buenas referencias. “Básicamente, te han de gustar mucho los vinilos, tener una buena relación con el grupo y quedarte con los buenos momentos, como subirte a una furgo con los Über y terminar tocando en un festival en Moscú”.

Para que el Uri te publicara había que picar piedra muchas horas, ya fuera en el Daily Records, en los bulliciosos antros donde tocaban los grupos de caña o en el entrañable piso de Ausiàs March, en el que se coció lo mejorcito que sacó a la luz el sello. Eso sí, menudo faenón. Ponerte a currar noches entre semana, con un grupo de pelmas en tu casa pillando el ciego y tú ahí, a hostias con el Photoshop para cuadrar la letra de turno, que para colmo solía estar escrita en un spanglish de mal gusto. Al menos solía haber pizza, birra y muchísimas risas.

La cosa era buscarse un checo que le hiciera copias de singles tiradas de precio, encontrar materiales básicos para la portada (papel valía) y darle al coco para sacar un diseño con gracia, ya fuera un dinosaurio erecto o una jungla de neón. Con suerte, se pulía las 500 copias si la banda organizaba una gira con algo de sentido, montaba bolo de presentación del disco en Barna y lo movía mínimamente en la red.

Lo mejor de todo aquello era cuando llegaban el montón de cajas y, recién fresquito, extraía el vinilo. Esa increíble sensación de tenerlo en sus manos, palpar la portada, pincharlo a todo volumen, que fuera tal como lo imaginaban. Eso no tiene precio, chicos.

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