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Historia de una emprendedora

Lorena vive en una finca bastante tranquila, cerca del parque del Turó de la Peira. El año que viene cumplirá los cincuenta, “y no tengo ningún reparo en decirlo, porque ya quisieran muchas tener mi tipito”. Y lo dice con razón; tiene un cuerpo atlético y una cabellera negra que quitan el sentío, además de un desparpajo jovial y una mirada coqueta que para nada desvelan ese casi medio siglo de vida. Tiene una energía explosiva de esas que primero divierten, pero luego agotan, “y soy muy consciente de ello, no te creas. Con la edad he aprendido a dosificarme”. Dice que su secreto es hacer media hora diaria de yoga al levantarse y media hora de meditación antes de acostarse, “y con eso estoy como una chavala de veinte. ¡Qué digo una de veinte! ¡Mejor! Como dos de veinte y una de diez”, espeta, con una sonora carcajada.

Lorena ha vivido casi un año sin poder pagar el alquiler de su piso. El año más podrido de su existencia, según nos relata. “Me veía en la calle. ¡A punto de echarme estaban! Suerte que la propietaria me dio un voto de confianza, porque yo hasta este año he sido una inquilina ejemplar. Siempre he currado de comercial y me he ganado la vida de tirandillo para bien.”

Pero en 2009 la empresa de persianas donde llevaba 8 años trabajando se fue a pique y cerró. “Era una empresa familiar, a los dueños les quedaban dos telediarios para jubilarse y claro, para qué marear la perdiz si las cosas no remontaban de hacía tiempo… Que lo entiendo perfectamente, ¿eh? Yo hubiera hecho lo mismo. Total, que al menos me arreglaron los papeles y el paro lo capitalicé para montar la estética.” Junto con su sobrina, Rebeca, montaron un pequeño salón de belleza en Vilapicina, un negocio que prosperó durante el primer año y medio, según nos cuenta Lorena. “Lo que pasó luego es que, al ver que nos iba bien, mucha gente empezó a abrir salones. En la misma calle que estaba el mío, ¡abrieron dos más! Un cabreo llevaba yo que mira, las hubiera degollado a todas.” La oferta superó a la demanda y la clientela que habían fidelizado con mimo durante meses empezó a menguar.

“Estaba tan desesperada que empecé a plantearme chuparla por dinero”, confiesa Lorena, con los ojos abiertos como platos como dando a entender que de verdad estaba muy, muy apurada. “¿No hacen las chinas el final feliz? Pues yo lo mismo pero a lo ibérico. Follar no, que tengo traumas y se me encoge el agujero cuando me la quieren meter, pero chuparla, eso podía hacerlo.” Al final no nos aclara si llegó a tal extremo o no; “una tiene que mantener sus misterios”, se disculpa.

Agobiada por las facturas que se amontonaban y los retrasos en los pagos, encontró un escape a sus problemas que pronto se convirtió en solución: las líneas 900 esotéricas. “Me gasté un dineral, que no tenía, lo reconozco, suerte de mi hermana Marisa, que me dejaba el dinero.” Después de una de esas llamadas, “la revelación”, en palabras de Lorena, llegó. “Me compré un libro del Tarot, empecé a estudiar los arcanos y me dediqué a tirar las cartas en el salón, que lo tenía en traspaso pero nadie me lo sacaba de encima.” Y la clientela reapareció como por arte de magia. “Las clientas venían más para que les echara las cartas que para otra cosa, así que le dije a la niña (Rebeca), que se pusiera a estudiar el libro que con esto salvaríamos la cara.”

Actualmente Lorena posee el único salón esotérico de belleza de Barcelona. “Lo mismo te hago la manicura, que te leo las cartas, que te quito un muerto de encima. Me he puesto seria estudiando el tema y tengo el don de la videncia, aunque no lo he sabido hasta que no he abierto esta puerta.” Huelga decir que el local ya no está en traspaso y que, por supuesto, Lorena se ha librado del desahucio.

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