Historias amarillas

Uno de mis pasatiempos favoritos, a parte de no dar palo al agua y cotillear, es consumir toda clase de información sobre trastornos psiquiátricos. Así que, antes de todo, le doy gracias a doña Internet por permitirme el lujazo de disfrutar de todos mis hobbies a la vez.

 

Morbosa yo, no hay nada en el mundo que me fascine tanto como la pérdida del sentido común. Lo frágil de la psique: que ahora estás así, tan “normal”, y al minuto siguiente te has vuelto tarumba. ¿Tarumba según qué, según quiénes? No tengo ganas ni tiempo de empezar un ensayo sobre la locura, so sorry, darlings. Lo que a mí me interesa es clavarle mordisco vampiresco a los casos en los que la neurosis da el gran salto para transformarse en psicopatología y carne de reality show.

 
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La angustia es nuestro pan de cada día y el síntoma más molesto de una buena salud mental.

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Fijaos en Britney Spears, por ejemplo. Del estrellato pop al desquicio por haberse metido cuatro rayas y la infelicidad de haberse casado con un cantamañanas. Simplifico, lo sé, pero por mucho estrés y desencanto que sufriera la muchacha, ¿eso es todo lo que hace falta para perder el norte? Se ve que sí. Y, ¿qué me decís de vosotras, queridas lectoras, no habláis nunca solas? ¿Ni siquiera después de pasar un par de días lluviosos solitas en casa? ¡Venga ya, hombre! La que diga que no, que lo pruebe, pocas conversaciones más interesantes se pueden tener: muchas preguntas, pocas respuestas y un interlocutor que te escucha atento en lugar de estar contestando whatsapps en su HTC.

 

O, donde dije hablar solas, ponle rituales inconfesables que una lleva a cabo a diario casi sin darse cuenta, manías que rozan la superstición, ensoñaciones demasiado reales, pasiones desatadas que se desechan en un minuto o cambios de humor extremos sin motivo aparente. Todo muy neurotípico, que ninguna angustiada se me asuste, que la angustia es nuestro pan de cada día y el síntoma más molesto de una buena salud mental.

Para que una neurosis de lo más vulgar se vaya de madre no hay patrón fijo; cada cóctel tiene su propia receta y yo preferiría saber la de ser un genio o la de tener las tetas de Christina Hendricks. Por lo tanto, no voy a entrar en divagaciones sobre procesos neurológicos ni traumas infantiles. Sin embargo, os voy a relatar una de las historias con las que más he disfrutado últimamente a propósito de este hobbie mío de buscar síndromes, que es en realidad un intento por no morir de aburrimiento con mi exasperante vida interior de angustiada neurótica típica.

 

La historia es la de los hermanos Collyer, nacidos a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Homer y Langley, que así se llamaban los brothers, venían a ser un par de chalados con Síndrome de Diógenes que, con el tiempo, desarrollaron una folie à deux que terminó por llevarlos a la tumba. Encantadora introducción, ¿verdad? No adelantemos acontecimientos. Los hermanos Collyer nacieron en el seno de una familia acomodada (anotación malvada: los padres eran primos hermanos), y los dos realizaron estudios superiores en la Universidad de Columbia (queda muy de sit-com americana esto de “la Universidad de Columbia”). Homer, el hermano mayor, se sacó el título de derecho naval o algo por el estilo, y Langley decía ser titulado en ingeniería, aunque no hay rastro de documento que lo pruebe.

 

Vete tú a saber porqué, estos señoritos vivieron con su madre hasta que la mujer estiró la pata en 1929 (el padre ya estaba desaparecido en combate de hacía tiempo; abandonó la familia en 1919, muriendo poco después). Así que, Homer y Langley, quedaron huérfanos y cuarentones, sin haber movido sus blancos culos del hogar familiar, heredando todas las posesiones que papá ginecólogo y mamá cantante de ópera amasaron en vida.

 
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Según atestiguó el médico forense, el hombre llevaba unas diez horas muerto, por causa de un fallo cardíaco. La policía empezó entonces la búsqueda del hermano..

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La residencia de los Collyer se encontraba en el barrio de Harlem, que antes sería otra cosa, pero en el que durante la Primera Guerra Mundial pasó como aquí en Santa Coloma de Gramenet cuando la invasión andaluza de Catalunya, solo que ahí el barrio lo invadieron los afro-americanos del sur del país; gente mucho más chunga que los andaluces, como todos sabemos gracias a las pelis de Spike Lee. Los hermanitos, atemorizados por la fauna que se paseaba por el barrio, se fueron encerrando progresivamente en su mansión, tapiando las entradas con kilos de basura y minando la vivienda de trampas delirantes por Langley para evitar robos. Evidentemente, ese comportamiento extravagante y antisocial acrecentó la leyenda urbana de que los Collyer nadaban en la abundancia, lo cual provocaba la atracción permanente de curiosos y ladronzuelos.

 

El pequeño Langley era el encargado de salir a hacer expediciones periódicas para recopilar alimentos y, sobretodo, chatarra para sus trampas, ya que Homer había quedado totalmente recluido por culpa del reumatismo y la ceguera que lo postraron en un sillón hasta el fin de sus días.

 

El 21 de marzo de 1947, un informante anónimo llamó a la policía alertando de que emanaba hedor a cadáver de la residencia Collyer. El equipo de emergencias tuvo que sortear tantos muros de basura, chatarra y periódicos que tardó más de dos horas en encontrar, al fin, el cuerpo sin vida del ciego y reumático Homer, hecho un ovillo en su sillón. Según atestiguó el médico forense, el hombre llevaba unas diez horas muerto, por causa de un fallo cardíaco. La policía empezó entonces la búsqueda del hermano pequeño, imputado por haber abandonado a su hermano inválido y dejarlo morir.

 

Después de casi tres semanas siguiendo pistas falsas a través de varios estados para encontrar a Langley, el 8 de abril de 1947 un trabajador de los servicios de limpieza encontró el cadáver del inventor en la mismísima residencia Collyer, debajo de una maleta y una pila de periódicos, a 10 metros exactos de donde encontraron el cuerpo de Homer. Había sido necesario retirar 43 toneladas de basura para dar con su cuerpo. Murió aplastado por una de sus propias trampas mientras iba reptando por el suelo para llevarle la comida a su hermano…

 

Y aquí es donde no me puedo sacar de la cabeza los lamentos del pobre Homer, que pasó varios días solo e incapacitado muriendo de hambre y de sed, mientras llamaba quejumbroso a su hermano, en la oscuridad de su ceguera: “Langley? Where are you, Laaangley?”

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