Hormigas en un terrario

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Nathalie nunca se conforma. A los 11 años inició una huelga de hambre para que sus padres no le obligaran a comer más carne. Y funcionó. Otros padres no hubieran dudado en propinarle un par de collejas a la niña, pero Robert y Julie eran suficientemente inteligentes como para darse cuenta de que el mal ya estaba hecho. La niña les había salido terca y encima la habían alentado a hacer valer su opinión y sus necesidades por encima de las de los demás. Hija única, por supuesto.

Por eso cuando su novio la dejó, muchos años después, también inició una huelga, pero esta vez de silencio. Y para no tener que andar soportando los interrogatorios y las miradas de hastío de su círculo más cercano, decidió irse de vacaciones a Barcelona hasta que se le pasase la indignación. Reservó una habitación en el piso de Anna, una redactora catalana que trabajaba en casa y por tanto pedía a sus huéspedes privacidad y respeto ante todo, pues su casa era también su oficina. A Nathalie le pareció un ambiente bastante adecuado para mantener su voto de silencio.

Al llegar a Sants Estació después de un comodísimo viaje en uno de esos trenes impecables de la SNCF (la Renfe francesa), el bullicio y la pestilencia de la terminal barcelonesa le hicieron fruncir —aún más, si cabe— su delicada naricilla francesa, así que decidió llegar al apartamento dando un paseo. Pero a la altura de Rocafort ya estaba hasta los ovarios de arrastrar por la avenida de Roma su maletón lleno de modelitos primaverales y, además, no tenía ni idea de por dónde ir. Cierto que en el mapa parecía de lo más fácil guiarse por el cuadriculado Eixample, pero en la Barcelona tridimensional se sentía como una hormiguita en un terrario. Decidió mandarle un mensaje a Anna para que fuera a buscarla y que, de paso, le ayudara con la maleta para ganarse una buena reseña en la web de alojamientos.

Cuando Anna llegó al enclave que la misteriosa Nathalie le había notificado, esperaba encontrar a una hippy mochilera de esas de ojos brillantes, risa fácil y pelo sucio. Por los correos que le había escrito previamente a su llegada parecía educada aunque bastante despreocupada, o quizá distante. Nunca le hubiera pasado por la cabeza imaginar que sería esa pija de mechas rubias, perfectamente maquillada y enfundada en un vestido lencero en tonos pastel. Esa clase de chicas no viajan solas.

Anna se acercó para darle los dos besos de rigor y Nathalie se apartó extendiendo la mano. De acuerdo, otra de esas guiris con miedo a la saliva, pensó Anna. Tant li fot. Con besos o sin ellos, el dinerito de la gabacha ya estaba en su cuenta corriente. Nathalie no dijo ni una palabra en todo el camino hasta el piso, tan sólo iba asintiendo como boba mientras Anna llenaba el vacío con supuestas explicaciones sobre la ciudad. A la catalana no parecía importarle hablar sola, aunque en un determinado momento se calló y se limitó a cargar educadamente con el maletón de la francesa hasta que llegaron al apartamento.

Cuando por fin Nathalie se quedó sola en su cuarto se dio cuenta de que, aunque había conseguido su objetivo y ya no tenía que defender su silencio ante nadie, en realidad su huelga había fracasado. Si no había nadie como testigo de su protesta, de qué coño le servía tener la boca cerrada. Así que salió de la habitación y fue a buscar a Anna. La encontró en el salón, escribiendo en el ordenador. Se sentó a su lado y, aunque no entendía prácticamente nada de lo que había escrito en la pantalla sí que pudo identificar su nombre en unas cuantas frases. Había venido a tirarle su mierda a alguien cualquiera y un alguien concreto estaba usando su mierda para crear algo de la nada. Merci pour votre silence, Nathalie.

Otras idas de olla de la Chispa Ibérica
Apadrina un mendigo
Un poquito de frivolidad
Vacuna contra la estupidez, anyone?

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