Isabel Sucunza

Escribe Isabel Sucunza: “No hay persona más solitaria que el yo. Piensen que el yo utiliza al tú y al él para marcar distancias, y verán lo solo que se queda el yo cuando hace esto. En un momento de pánico aún no identificado y, por tanto, no reconocido, ante la proposición de intervenir en el festival Primera Persona, el sábado 4 de mayo, en el CCCB, con un monólogo de diez minutos, servidora respondió alegremente que sí y que hablaría de gente que había escrito dietarios. Las respuestas de la organización fueron concisamente que no y que sólo hablara de lo mío. Y así, con un simple cruce de mails, quedó anulado mi intento por subir al escenario en impostada, nominal al menos, compañía de unos cuantos grandes.

 

Si en mi plan inicial, trazado en un microsegundo, se me apareció la idea de epatar al auditorio con la revolucionaria teoría de que, uy, sí, los dietarios, ¿no es todo tan dietario que hasta Defoe cuando escribe Crusoe anda escribiendo reflexiones en primera persona?, un microsegundo más tarde, la rueda giraba para eliminar intermediarios y ahí estaba yo siendo Robinson de micro inalámbrico, escenario por isla debajo y, en las alturas, pantallote por sol. Yo, sin Defoe ni Sagarra ni Pla, chivándome qué decir o a partir de qué pensar.

 

Y ya era jueves, primer día del festival, y yo, dos días antes de subir a aquella isla, preguntándome por qué no iré con pasamontañas por la vida como Valero Sanmartí, por qué no habré mandado un vídeo igual que él; por qué de pequeña no elegí guitarra en vez de piano, para llevarla encima y esconderme detrás, como Antonio Baños.

 

Y ya era viernes, segundo día del festival, y yo, a un día de naufragar, pensando en Llopis y El Rojo y preguntándome ¿por qué yo sola sí y ellos no, que subieron acompañados? Y pensando en Auslander; que Auslander sufrió ahí arriba, y nos lo dijo al final. Yo volviéndome cada vez más loca hasta que vi a Marcos Ordóñez –joder, qué maestría la suya explicando una historia–, y caí en la cuenta de que el Primera Persona más que un festival de yos es un festival de, eso, historias.
¿Y no es la historia de cada uno la que nos acaba salvando del yo?

 

Me quedaba un día entero, después de Ordóñez y compañía, para no morir antes de naufragar.

 

A la mañana siguiente, a unas horas de la tormenta, repasaba sin parar mentalmente la historia que me tendría que salvar. Empezaba así: „Acaban de pasar dos cosas; una la puedo explicar y la otra no“. Yo me daba cuenta de que estaba dando muy por supuesto que aquellas dos cosas iban a pasar. ¿Y si no pasaban? ¿Y si la música –que era una de las cosas que tenían que pasar– no llegaba a sonar? ¿Y si Ainhoa Rebolledo –que era la segunda cosa– por lo que fuera no se presentaba? Entonces sí, tendría que ponerme a nadar a la desesperada, otra vez yo sola. Sin historia, además.

 

Aquella mañana, cuando ya podía más conmigo, decidí recurrir a algún ellos. Resultaba que los ellos que tenía más a mano eran los Doble Pletina. ¿Cómo lo ven? Hacían un concierto para niños en la plaça Reial. Pensé: si esto calma a las criaturas, que son seres que viven en primera persona como nadie, seguro que me puede calmar a mí. Y para allá que me fui. Y, oye, ni tan mal, que dicen en Bilbao (otros con fama de tener un yo infinito). Fui, escuché y me olvidé de mí durante unas dos horitas. Y qué descanso. Los Pletinas, encima, me dijeron que esa noche vendrían al CCCB. Volví a casa con la asistencia confirmada como público de algunos conocidos. Empecé a pensar que el Primera Persona es un festival de yos, sí, pero también de ellos, como deberían serlo todos los festivales, vaya. Comí y salí para el ensayo. Por el camino, me encontré con Ainhoa Rebolledo. “Voy a por la bici”, me dijo, “y ahora voy para allá”. Ainhoa Rebolledo, una de las cosas que tenían que pasar para que todo lo demás tuviera sentido, iba a aparecer. Entré en el teatro y, desde la cabina de control, me pusieron la canción que iba a sonar; otra de las cosas que tenían que acompañarme en el escenario también estaba a punto; la historia que tenía que salvarme iba a funcionar. Llegó todo el mundo –Rebolledo, Irurzun, Montalbán (y el ratón) y Jabois–, nos hicieron una foto, proyectaron las de la pantalla, nos dieron cervezas, entró el público, se apagaron las luces, se encendió el foco y los yos empezamos, de uno en uno, a la señal del regidor, a subirnos a la isla. Hablé de tiendas en centros comerciales, de música del horror, de trajes que quedan mal, de camisas suicidas, de esferas armilares y, cuando acabé, ya sintiéndome en tierra firme, dije que me quería ir. Y me fui.

 

Y aquí tienen, este es un resumen de otra de las historias que nos acabarán por salvar.

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