Jota {Arroz Negro}

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By Alexa Barrios

Jota entra en la sala después de acabarse el cigarrillo, lo tira al suelo, lo pisa y pide permiso para tirarlo a la papelera. Al entrar se sienta, cruza las piernas, mira a un lado y a otro, toca la mesa suavemente y espera. Empiezan las preguntas, y Jota responde.

J: Con el tiempo he aprendido a identificar las presas más productivas.

I: Ajá, ¿la otra persona daba su consentimiento?

J: Vamos a ver, en este tipo de situaciones uno siempre da el consentimiento. Abres la puerta, dejas pasar, ya sabe.

I: No sé, ¿me lo explica?

J: A ver, por ejemplo, cuando usted va por la calle acepta la posibilidad de caerse y romperse una pierna. Otra situación: si usted, por ejemplo, coge el coche a diario, sabrá que asume que puede tener un accidente, ¿verdad? Es lo mismo en el caso de mis clientes, ellos asumen ciertos riesgos, y los riesgos a veces se cumplen.

I: Yo asumo que puedo tener un accidente, pero no asumo que un kamikaze venga a propósito a estamparse contra mí.

J: ¡Ja! No es cierto, sí lo hace, ¡yo también asumo mis riesgos en este trabajo! Es un trabajo difícil, hay que estar predispuesto, ¿sabe usted a todo lo que me expongo?

I: Disculpe, ¿trabajo?, ¿expone?

arroz-eJ: Mire, para empezar: olores desagradables, miembros imposibles, drogas, a veces sin control porque tengo que seguirles el juego y porque cuanto más inconscientes mejor, ¡borrachos!, lugares apestados, conversaciones indescifrables y ¡mucho más! Pero a pesar de todo reconozco que a veces disfruto y el trabajo puede ser agradable.

I: ¡Ah! ¡Fantástico pues!

J: No se ponga irónico, señor inspector, el asunto es serio, otro riesgo a destacar es el posible reconocimiento por parte de mis clientes después del acto, ¡no sabe usted el gasto en indumentaria! ¡Imagine que me descubre uno de esos locos al día siguiente en el supermercado!

I: Hombre, puede, puede que yo también le tuviera un poquito de rencor si descubriera al día siguiente que me falta el ordenador, o inmediatamente que me falta el reloj, ¿no cree usted?

J: Mire, el robo, aunque yo preferiría nombrarlo adquisición de bienes como intercambio, va en función del poder adquisitivo de cada uno. ¡Pero si ni siquiera se dan cuenta!

I: ¡Interesante! ¿Tiene un código ético? Cuénteme más, por favor, no se corte.

J: Verá usted, verdaderamente esta es una lección básica de vida que yo aprendí de Dolores, mi vecina de arriba. Como ella misma decía, “por encima de todo era una señora”, y las señoras tienen sus principios. Yo tengo los míos desde el día que empecé en la profesión, esto es un básico, señor inspector. En aquel momento de mi vida, no tenía trabajo y me estaba quedando sin dinero…

I: ¡Claro! Porque ahora sí lo tiene, ¡perdone!, no me acordaba. Prosiga, por favor.

J: Como decía, en aquella época de mi vida, comprenderá usted mi situación, se me terminaba el paro y no había encontrado trabajo. Los días se me hacían cada vez más largos, tediosos, ¿qué hacía?, ¿dónde iba?, ¿qué buscaba?, ¡¿y qué quería?! No lo sabía. Una cosa llevó a la otra y comencé a salir de noche. Bueno, en realidad, empecé a frecuentar antros que algunas personas señalarían como fuentes de perversión, lujuria y parafilias.

I: ¿Con más detalle por favor? ¿Lugares? ¿Nombres?

J: Uy, eso no, inspector, un principio: ¡se dice el pecado pero no el pecador! Continúo si no le importa. Una noche de aquellas, como tantas otras, me fui con un hombre a su casa con la intención de practicar sexo, ¡ay!, con el poco dinero que tenía no sabe cómo disfrutaba con quien pudiera invitarme a una copa, a dos, a la cena, al autobús, ¡a lo que fuera! Aquella noche el hombre, no recuerdo el nombre pero era guapo y agradable, en fin, me ofreció algunos billetes para que usara a modo de canuto, ya sabe, para la coca, yo los usé, los guardé y no se los devolví. Y sabe usted qué, señor inspector, no le vi preocupado.

I: Pero, vamos a ver, ¿piensa usted que, porque una persona no se preocupe, confíe o no se haya dado cuenta, es lícito llevarse bienes de su propiedad?

J: Bueno, ¡son señales!, vi que este tipo de persona podía ser un gran “cliente inconsciente”. Una persona que posee tanta droga y vive bien, o trafica con ella o le sobra el dinero. A la mañana siguiente me fui, ¡no robé!, simplemente cogí lo que me ofrecieron y me lo quedé. Es verdad que con el tiempo he profesionalizado un poco mi técnica, pero…

I: Sorprendente, ¿qué hace ahora?, ¿les duerme con cloroformo y así les roba mientras sueñan felices?

J: No me insulte, mi técnica es mucho más aguda y profesional, le puedo asegurar que no me reconocería. ¿Sabe cuántos bigotes, pelucas, gafas he comprado? ¿Cuántos cursos intensivos de teatro he realizado? ¿Cuántos años practicando la escucha empática? ¿Quiere consejos? Seré su mejor amigo. ¿Quiere usted que le hable con acento portugués, canadiense quizá? ¡¡Soy un gigoló para ricos!!

I: ¿¿Es por ese motivo que estaba en el local esta noche, Jota??

J: No ha tenido usted ninguna queja formal de mí anteriormente, ¿cierto? ¡A ellos no les importa! Pérdida de algunos billetes, cámara fotográfica, iPods, iPhones, instrumentos musicales, algún ordenador, comida… ¡Daños colaterales! Pero dígame usted, señor inspector, esta noche, ¿de qué se me acusa?

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