Jungla turística | Feta la llei, feta la trampa

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Añoro el veranito en Barcelona. Ya sé, ya sé, me diréis que qué coño es lo que añoro… ¿Los guiris por doquier, las playas saturadas, el calor infernal? Pero una no es dueña de sus nostalgias. En mi mente se suceden memorias sensoriales idílicas de atardeceres de vermuteo en las terracitas de Poblenou, tardes de playuqui al salir del trabajo, el aroma de loción solar que impregna todos los rincones, esa especie de medio letargo en el que se hunde la ciudad cuando aprieta la canícula, los fines de semana de coger el tren solo para ir a l’Espinaler a comer un par de latas de berberechos…

La memoria es una gran traidora, como decía Anaïs Nin, y yo no lo niego, faltaría más.

Una de las noticias que más me ha gustado del mes de junio ha sido la de Montse, la señora que tuvo que okupar su propia vivienda para evitar que el ruso-chileno con una nómina de 3.000 libras al que se la arrendó le sacara más rendimiento que ella realquilándola a través de Airbnb. ¡Juas! Me fascina que aún haya gente tan cándida en el mundo, personas que ven una nómina de 3.000 libras y se crean que alguien que cobra eso está deseando vivir en un miniapartamento en la Barceloneta.

Las redes sociales han sido un hervidero de opiniones al respecto, y muchas voces no han tardado en señalar que la señora Montse también es una especuladora, que pretendía cobrar 950 eurazos por un cuchitril reformado. Pero bueno, al fin y al cabo, suyo es el cuchitril y lo puede poner al precio que le dé la real gana. Que luego el karma aplique su venganza sobre los benditos es cuestión de tiempo.

Como antigua anfitriona de Airbnb (alquilé una habitación de mi piso durante tres años) lo que me perturba es que después de tantos rollos que se trajo l’Ajuntament con las licencias de pisos turísticos aún sigan pasando cosas como esta. ¡Pero si no vigilan ná! Y luego Airbnb es la madre de todos los males…

A los que alquilábamos una triste habitación nos tenían con el miedo en el cuerpo, y estábamos muchos deseandito que nos pusieran el impuesto turístico para dejar de realizar nuestros chanchullos en la sombra. Ya no te digo a los que alquilaban su apartamento entero, a pesar de no tener la inaccesible licencia, a costa de trasladarse a vivir temporalmente con sus padres o buenos amigos samaritanos, y cruzando los dedos para que no los pillaran. Que sería una putada para quien tú quieras, pero a muchos de nosotros nos sacó de nuestros más o menos grandes apuros.

Tanta angustia de muchos para que luego lleguen las mafias especuladoras y campen a sus anchas. Perquè, ja se sap, feta la llei, feta la trampa. ¿Y quién tiene la culpa? ¿La señora Montse en su afán de rentabilizar la reforma hipster del piso de su difunta madre lo antes posible? ¿L’Ajuntament? ¿Airbnb?

Es difícil señalar con el dedo acusador en este contexto de la Barcelona-parque temático. Lo que a unos beneficia es desastre para otros. Ya sé que da asco este relativismo que estoy usando pero, chica, esto es la jungla.

Aún recuerdo una anécdota, que seguro en su momento comenté en esta petarda columna, del día en que fui a ver un piso que estaba en alquiler y el conserje me enseñó un manojo de más de 50 llaves, contándome que todo eso eran pisos del mismo propietario. “Seguro que no sabe ni que las tiene aquí”, me aseguró, “mucho menos a qué pisos corresponde cada llave.” Me entraron ganas de arrancarle el descomunal llavero y salir corriendo. Con un poco de suerte y algo de investigación, a lo mejor me hubiera erguido en okupa de un pisazo del Passeig de Gràcia. La especulación no es nueva en Barcelona, y la pobre señora Montse, con su puñetero piso enano y sus ganas de fer la primera pela, no tiene por qué ser su chivo expiatorio.

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