La dimensión desconocida

Para mí, que vivo por los alrededores de l’Arc de Triomf, el helicóptero policial sobrevolando el cielo del centro de Barcelona se ha convertido, prácticamente, en una nueva mascota . A veces me entran ganas de salir al balcón y tirarle miguitas de pan o algo. Me da la impresión que busca un poquito de atención con su hipnótico ronroneo… Como los Mossos el 27 de mayo, que parecían niños hiperactivos sin diagnosticar intentando que mamá les comprara un helado a golpe de porra. Lamentable. Madres: lleven a sus hijos al psiquiatra a que les receten su dosis de Ritalín, antes de que sea demasiado tarde y decidan empezar una carrera profesional dentro de las fuerzas del orden. Que luego pasa lo que pasa: uno no puede convertir su hobbie en su trabajo cuando su hobbie es el paintball y su mayor sueño que el enemigo llegue tarde al reparto de armas y chalecos protectores. Qué listos, oiga, así cualquiera.

 

Ah, i evidentment això també va per a vostès, benvolguts polítics nostres: se’ls omple la boca a favor de les revoltes que demanen democràcia als països àrabs, pero quan aquí en demanem més… se’ns respon a cop de porra i trets, com al nord d’Àfrica. Ehem.

 

Pero vamos, que por ética profesional no os voy a aburrir con una crónica sobre [email protected] [email protected] y las acampadas en las plazas de ya muchas ciudades a lo largo y ancho de España y Europa; eso lo dejo para los que cuentan entre sus virtudes con una lucidez innata para el análisis concienzudo del panorama político, la macroeconomía y la convergencia tecnológica. Ahí van mis respetos y consumiré con éxtasis santeresiano toda información que elaboréis. Además, para no ser borrega, incluso iré a las asambleas en plaza Catalunya, a tragarme el soberano rollo del “ahora vamos a votar si esto lo votamos ahora o lo votamos el martes”. Pero nena, criticar es muy fácil cuando estás sentada bebiendo una pakibirra, a ver cómo lo harías tu si te ponen al frente de semejante barco. Yo, desde luego, no sabría ni por dónde empezar, así que mi olé más reverencial por aquellos que tienen cojones.

 

Aún así, una no es inútil del todo, y yo contribuyo con lo que mejor se me da: el relato frívolo, cínico y costumbrista en primera persona. O contar lo que se me pase por la cabeza tal cual, que viene a ser lo mismo. Como si de un capítulo de The Twilight Zone se tratase, mi cabeza no para de dar vueltas alrededor de la teoría del vórtice de energía en el que se ha convertido Barcelona en las últimas semanas: la acampada, el Primavera Sound, la Champions, Shakira y la derecha en el Parlament y el ayuntamiento. Demasiado. ¿Estamos entrando en la dimensión desconocida?

 

Esta mañana me ha llamado mi padre (es mi cumpleaños) y, después de una insustancial conversación interpretando el paripé de que nos interesa la vida del otro, le he preguntado si está al loro de la acampada en Barcelona, si vio las imágenes de los Mossos cargando contra [email protected] [email protected] y qué piensa de todo eso. Como era de esperar, le ha faltado tiempo para definir la iniciativa de la acampada como “una conjura de cuatro necios perroflauta que no hacen nada por su país y que viven a costa de los impuestos de los que trabajamos”.

 

El hombre, que vive en Málaga, es puro desengaño proletario. Después de pasarse una vida votando al PSOE y currando como un condenado, no le ha salido un hijo abogado, ni un dentista, ni un ingeniero que le retire de trabajar (su gran sueño desde que tengo memoria). Por si eso fuera poco, ve su jubilación peligrar, y la hipoteca a interés variable y los escarceos con la tarjeta de crédito le han pasado factura de mala manera. Todo ello le ha convertido en un votante del PP con complejo de Chuck Norris (“yo todo esto lo solucionaba a golpe de metralleta”, Paquito dixit.).

 

Me gusta tanto escuchar su opinión como que Courtney Love me echara un escupitajo al oído después de levantarse con resaca pero, la verdad sea dicha: el intercambio me da la oportunidad de conocer cómo se ven las cosas desde los zapatos de alguien que no soy yo, ni mis amigos con estudios superiores pero con trabajos precarios, ni mis conocidos en paro después de años dando el callo en el sector servicios. Vamos, un entorno que se ha tirado al hedonismo más por pesimismo vital que por convicción.

 

Mi padre no es un caso especial, supongo que muchos / muchas os habréis topado o convivís en armonía con tipos parecidos, y si evitáis los temas política / juventud / economía, puede que incluso os caigan bien. Lamentablemente, estos tipos y tipas siguen medios de comunicación como el canal Intereconomía, un oasis mediático donde ven respaldadas sus reaccionarias opiniones por comentaristas ilustrados, que emperifollan con retórica su discurso fascistoide. “¡Qué gente más leída y más estudiada! Estos seguro que han retirado a sus padres de trabajar, no como mis hijos, que son unos muertos de hambre.”

 

Pero, de hecho, nunca olvidéis que, tipos y tipas como mi padre, están tan desengañados como nosotros. Han nacido durante la dictadura y han tenido una juventud mucho más corta que la nuestra. A los 22 ya nos estaban cambiando los pañales y ahorrando para comprar el friegaplatos. En su día depositaron sus esperanzas en la izquierda socialista y, de repente, ya tenían cincuenta años y la herencia de sus padres no les dio para tapar el agujero de deudas en el que se habían metido. En parte, supongo que también nos culpan por haberles arrebatado los mejores años de su vida y no poder devolverles nada, y encima tienen que soportar que los miremos por encima de nuestros presuntuosos hombros de licenciados por no saber quién es Akira Kurosawa.

 

Pues lo reconozco: papá, soy una egoísta ensimismada criada a golpe de rayo catódico y descargas P2P. Y probablemente me he dormido en los laureles durante años. Pero no soy marciana: vivo en este mundo y creo que, por primera vez, los dos queremos lo mismo.

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2 Comments

  • Y digo yo que no es esnobismo burgués lo que petrifica a los pijos del barrio donde vivo, sino miedo. En anteriores episodios de mi vida me jorobaba no ser correspondida con un pertinente hola o buenos días al cruzarme con un conocido por la calle. Hoy en día, les comprendo, a todos esos a los que incluía en una variopinta manada de bordes, porque no sólo los pijos te niegan el saludo, te lo niega cualquiera a cualquier hora del día.
    Era el miedo a ser buenos (¿?), correctos y educados en una sociedad que te enseña a ser cada vez más individualista, ambicioso e indiferente para con los demás.
    Ah, pero nos han tocado tanto las pelotas, que ese miedo se diluye, cada vez más rápido.
    Ahora los buenos no tenemos miedo, así que los malos se pueden ir preparando, porque allá vamos.

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