La nomenklatura definitiva

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nomenklatura-dSe congratulaba Núria de Gispert, presidenta del Parlament, de que Convergència no se hubiera definido como “independentista”, sino como “nacionalista”, lo cual facilitaba un acuerdo con Unió (natural: ¿quién aceptaría el oxímoron Unió Independentista?). Y añadió que esta “indefinición” siempre había permitido a CIU abarcar a muchos electores, muchas formas de pensar. Tantas, se podría decir, que constituyen una cortina de humo perfecta para sus intereses.

La indefinición aparente es una de las bazas más importantes en la política presente. Y esto, que solía ser habitual en los programas, cada vez más se puede observar en la propia nomenclatura de los partidos. Llamarse, por ejemplo, Partido Socialista se ha convertido en un problema para el Partido Socialista, básicamente porque los define como socialistas y entra en contradicción flagrante con lo que de hecho hacen. Por esta razón, los nuevos partidos evitan darse un nombre que luego pueda exigirles una manera de actuar o cumplir unos principios.

El primero en aprovechar esta veta fue Ciutadans. Es un nombre bien logrado: ¿quién no es un ciudadano del cualquier lugar, de cualquier signo político? Nadie puede decir que no se identifica con el nombre, de la misma manera que nadie puede saber a priori si son de derechas o de izquierdas (son de derechísimas), ni nadie les puede objetar, “Oye, que habéis traicionado vuestros principios”, porque no tienen principios que traicionar, sólo intereses. La posibilidad de movimientos hacia cualquier lugar es, por lo tanto, bastante amplia. Sin embargo, tiene un defecto porque no se adecua sintácticamente a la perfección: “Ciudadanos dice…”, cuando lo ideal sería “Los ciudadanos dicen…”, de manera que ya no fuera la voz de un partido, sino la voz conjunta e inequívoca de todos los ciudadanos, una colonización con éxito del pensamiento de los electores.

Pero luego ha entrado en liza un nuevo estilo en la nomenclatura de los partidos. Se trata de conjugar un verbo en la primera persona del plural, por ejemplo, Podemos. En este caso, un verbo posibilista de la nada, porque poder por poder, se puede cualquier cosa, y ahí radica el éxito de la elección. Esta estrategia ha descolocado a muchos políticos de cartón pero no ha impedido que alguno de ellos, como el viejo zorro de Duran i Lleida, además de criticarlos por ser populistas, haya creado una plataforma política (traduzco: empresarial) con un nombre nuevo: Construïm. La elección del verbo, en este caso, es un interés de principio.

La tendencia, a mi entender, es clara. Todos estos partidos tienen ideas muy precisas, pero su principal interés es que no lleguen a los electores. Lo que sí que necesitan es que se sientan identificados, sobre todo por equivocación. Por esta razón, es cuestión de tiempo que aparezca un nuevo partido en el horizonte, mucho más radical en su nombre: se llamará NOSOTROS. “Nosotros queremos tal y tal…, Nosotros podemos cual y cual; Nosotros construimos esto y lo otro…” Los únicos que quedarán fuera serán Ellos, pero nadie fundará un partido con este nombre, sino que sólo servirá para designar a los parias, sólo serán “aquesta gent” de Núria de Gispert (refiriéndose a los trabajadores y usuarios del Hospital de Bellvitge que protestaban por la privatización de la sanidad en el Parlament), la racaille (chusma) de Sarkozy.

Con el paso de los años la indefinición irá llegando a su esencia práctica y se verá que incluso Nosotros implica demasiado a los dirigentes del partido, un partido que seguramente ya será el único. Entonces le darán el tiro de gracia a la política y fundarán el partido definitivo. Lo llamarán DIOS. “Dios dice que…, Dios piensa…., Dios apoya que…”. La indefinición habrá llegado a su punto culminante mientras se aplicarán las políticas más concretas y personales de los futuros dirigentes del partido, quiero decir, de la multinacional con apariencia de iglesia, una nomenklatura perfecta, y ya no votaremos, sino que rezaremos a un monigote dorado con forma de Pujol o Steve Jobs. Por los siglos de los siglos. Amén.

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Ilustraciones de Iván Cuadros

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