La que no se consuela es porque no quiere {ci}

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¡Eh, tú! Sí, sí, tú, la del rictus tenso y las cervicales agarrotadas: ¿anhelas una vida llena de retos y cambios constantes? ¿Estás hasta la mismísima trompa de falopio derecha del ninguneo al que te somete tu supervisora, del puto bote para los regalos de cumpleaños y de tener que tragar con la quejica de la contable día tras día? ¿Te vas a clavar un boli en la yugular como alguien se atreva a empezar otra conversación más sobre sillitas de coche para bebés? ¿Te estás planteando seriamente el usar un cilicio en plan liguero para afrontar el agobio de la jornada laboral en la oficina? Pues nena, aparca la sensatez, renuncia a tu empleo fijo y dedícate a lo que yo: ¡a alternar curros de mierda!

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Ya sé que me vas a poner mil excusas ante tal propuesta, que si menuda memez descerebrada acabas de soltar, que si tal como está el patio cualquiera renuncia a un contrato indefinido, que si cómo vas a pagar la tarjeta de crédito que la tienes echando humo, blablabla. Pero nena, el tiempo pasa y tú y yo sabemos que la única esperanza laboral que albergas ya es que a tu jefe de sección le dé un ictus para que puedas optar a su puesto de trabajo. Y eso de ir deseándole ictus al prójimo como que tiñe tu rostro de una sombrilla cenicienta que ni la madrastra de Blancanieves. Una cosa es ser mala, ¿pero fea? Fea, tú jamás.

Mira por dónde, una de las ventajas de la precariedad laboral es que te mantiene joven. Es como el truco de meter la cabeza en el congelador durante 5 minutos de Sofía Mazagatos (por cierto, ¿qué será de Sofía Mazagatos?), pero requiere menos estoicidad. En los últimos 12 años creo que habré pasado por, aproximadamente, más de 20 empresas, desempeñando tareas a cuál más inútil. Y mírame. Soy toda luz, jovialidad y energía cósmica.

El hecho de estar constantemente cambiando de empleo es un catalizador sin igual de la secreción de endorfinas varias que, como todos sabemos por los anuncios de la tele, son fuente natural de bienestar y de belleza. Por ejemplo, para la que está buscando empleo, una simple llamada de teléfono de un número desconocido, ¡ya es motivo de emoción! Cuánto hace que no te emocionas con una llamada de teléfono, a ver, confiesa. ¿Por qué privarse de los beneficios de esa ráfaga de adrenalina? El rubor en las mejillas, la hiperventilación, los glóbulos rojos transportando oxígeno a todo gas, el aumento temporal de tus capacidades físicas y mentales… Disculpe, no es que me haya corrido, ¡es que me han llamado para una entrevista!

Y a la entrevista no te vas a presentar hecha un guiñapo como ya te atrevías a ir a la ofi últimamente, que solo te faltaba llevar el pijama bajo los tejanos y dejarte la mascarilla de pepino puesta. Que, total, pá los que me tienen que ver ahí metida, ¿para qué molestarse en parecer humana? ¡Pues nada de eso, amiga! Para ir a las entrevistas hay que mimarse y ponerse cada día el disfraz de triunfadora: el pelazo brillante a golpe de laca, el sujetador push-up, unas gotitas de perfume, el talante dispuesto y la mente abierta. Peripuesta y predispuesta como una quinceañera antes de una cita, ¿es que hay algo más juvenil que eso? Ya solo te faltaría llegar en skate para irradiar más lozanía por cada uno de tus poros.

Otra de las ventajas de la precariedad laboral es que vives en un estado constante de enamoramiento; bueno, más que enamoramiento, esas mariposillas en el estómago que muchos describen como síntoma de enamoramiento. Las mariposillas, sean por la causa que fueren, siempre molan, te hacen sentir viva y animal. ¿Le habré entrado por el ojito derecho a la de recursos humanos? ¿Me darán el curro? ¿Que me lo dan? ¡Me lo han dado! Hay que celebrarlo y brindar por la vida a lo largo y ancho de Barcelona. Y entre celebración y celebración, ¡ostias! ¡Que ya se terminó el contrato! Es que así no hay quien se ponga seria, oiga. ¿No me dirás que no es lo más parecido a vivir en un parque de atracciones permanente? Hay que estar muy muerto por dentro para no ansiar ardorosamente este plan de vida aventurero.

No os perdáis la próxima Chispa Ibérica, donde hablaremos sobre los retos de una ascensorista de El Corte Inglés en pleno siglo XXI o sobre otra cosa totalmente distinta.
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