La verdadera Catalan Okonomiyaki

La vida de un bloguero de medio pelo no es esa vida de excesos y vicio que retratan películas como Miedo y asco en Las Vegas, aunque podría parecerlo. De hecho algunos [email protected] están peor que Johnny Depp en aquel film pero ese ya es otro tema que se aleja del que nos trae aquí hoy a esta ya imprescindible columna gastronómica.
Uno se aburre. Bastante. Por eso cuando llegan retos como el ofrecido por este humilde pero gran medio a este bloguero uno se viene arriba. Cocinar, relatar, comparar con el original, sentenciar. Vamos a ello.

Tuve la ocasión, como ya han visto en la edición impresa de la revista, de cocinar en casa un Catalan Okonomiyaki de los amigos de Casa Xica en Poble Sec siguiendo su receta y todos los pasos hasta llegar al éxito final. Me fui al súper, compré lo necesario, cociné como pude y observé el resultado de una forma orgullosa al considerar que el producto final conseguido, si quedaba lejos del original, al menos me gustó como plato y sirvió para chulear un poco en Instagram, quedando como bloguero partidazo moderno y de su tiempo. Y entonces llegó el momento de comparar con el original. Sí, lo ideal hubiese sido al revés pero por cuestiones de agenda y compromisos varios y por no ser un tipo serio lo hice a la contra. Primero lo mío, luego ya veremos cómo tenía que hacerse. Si todos seguimos las reglas como borregos, ¿cómo vamos a hacer las revoluciones que nos quedan por hacer? ¿Creen que soy uno de esos tipos con blogs de cocina? Pues como la respuesta es que no, las cosas se hacen diferentes.

Me presenté así en Casa Xica un buen día dispuesto a quedar como un genio de la cocina tras los resultados antes comentados. Llegué, dije “comer, ahora, okonomiyaki” como si fuese aquel grandullón de Parker Lewis nunca pierde y las puertas se abrieron. Para bien. Casa Xica es un local acogedor, con gusto y donde las cosas se hacen con cariño. El negocio de Raquel, Marc y Esteban, que surgió tras un viaje por Asia, busca sorprender con combinaciones imposibles y fusiones alocadas para que la gente experimente, pruebe cosas nuevas y se atreva con todo. Como el Catalan Okonomiyaki, una versión sui géneris mezcla entre lo que sería un okonomiyaki japonés y una tortilla catalana de Dijous Gras, donde todo cabe y todo entra en unos huevos batidos previamente. Como fideos udon, panceta, col y lo que le quieran meter, pero producto de aquí con conceptos de allí. El eterno viaje de ida y vuelta. Llegó el plato y lo vi diferente, no era mi orgullosa creación. Jugaban con ventaja porque le habían puesto copos de atún seco y lo habían decorado con gusto, no como yo que jamás tuve el don de la creatividad y la belleza… Además de no haber tenido elementos para ello como contaba en la revista.

Una vez inspeccionado el elemento, le metí los palillos y lo diseccioné. Udon, bien lustroso y carnoso. ¿Y la panceta? La mía era a dados, rústica, pueblerina y bien salada. Aquí no era igual, era mucho más imperceptible, presente pero en modo furtivo aunque de calidad superior… No como la mía. Salgo perdiendo en todas las comparaciones, eso lo debéis tener claro. Muy jugosa esa carne, desmigada prácticamente y que junto a las piezas de col le daban un toque muy de trinxat català bastante sorprendente. Ese toque ahumado del katsuobushi (aquí se viene con la lección aprendida, no lloren si no saben que es y búsquenlo) junto a lo anteriormente citado acaban dando un resultado más que increíble al plato. Un éxito total, la versión dignírrima de lo que yo acabé ejecutando o perpetrando. Lo mío estaba bueno, esto era un plato de categoría, de nivel, de restaurante de los buenos. Pero claro, ¿qué otra cosa se podía esperar? Si el mío hubiese sido mejor… Pues monto yo también un local y lo llamo “Bagel and other stuff that I cook good”. Pero no será así, al menos por ahora.

Les invitaría a casa a probar mi okonomiyaki a lo tortilla de patatas, pero lo mejor va a ser que se pasen por Casa Xica y disfruten la verdadera pizza japonesa cuando se lió con una tortillaca catalana. Vale la pena y no verán mi cocina como una trinchera de la I Guerra Mundial.

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