Lapin, el cronista visual

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Creo que la primera y única vez que me han dibujado fue en Montmatre, cuando estaba de vacaciones con mis padres. El pintor se llamaba Jean Pierre (su nombre ya era una trampa para turistas), y me prometió un retrato digno de mi belleza (otra trampa), al que no me pude resistir. Finalmente, mi padre pagó una pequeña fortuna para una versión MichaelJacksonizada de mi rostro… Os podéis imaginar el disgusto.

Así que cuando Lapin me propuso hacerme un retrato, me preocupé. Primero, porque mi pelo no veía champú desde hacía dos días. Segundo, porque sigo claramente traumatizada por la experiencia con Jean Pierre. Pero acepté. En fin, no todos días uno de los ilustradores más prominentes de Barcelona se ofrece para dibujarte.

En su terraza repleta de cactus, Lapin me pide que me acerque, para poder captar mis ojos. “Si no eres capaz de captar correctamente la mirada de alguien, no eres capaz de dibujarlo realmente.”

Resulta extraordinariamente intimidante esto de que te dibujen los ojos. ¿Quizá porque supuestamente es ahí donde se halla el alma? No lo sé, pero creo que para Lapin, que lo hace con aparente tranquilidad, el ejercicio también resulta intenso. Según explica, dibujar a una persona dice mucho sobre el momento y la relación que hay entre ambos: “Por muy rebuscada que pueda ser una catedral, dibujar a mi hija o a un amigo es bastante más complejo”.

Sea cual sea el grado de dificultad, Lapin cree que todo es dibujable, sea Tokyo, el Pepe de Encants o un velocirraptor. Su estilo, que él mismo define como “naturalismo urbano”, es indudablemente optimista y nostálgico: desde edificios emblemáticos (como la plaza de San Marcos o la Torre Eiffel), hasta rincones desconocidos y objetos de la vida cotidiana; sus libros son verdaderas rutas por sus vivencias, en tonos coloridos, ligeros y felices. La verdad es que con su trazo incluso un vertedero resulta atractivo.

Observándole es fácil comprender el origen de su estilo: Lapin es un coleccionista de momentos, que utiliza la libreta como un gran depósito de memorias. Su camisa florida y calcetines magenta (que es su color preferido), corroboran su arte. “Si los grandes artistas se distinguen por su firma”, en el caso de Lapin no caben dudas: todo a su alrededor tiene su sello, desde su sombrero hasta el cojín de su sofá.

Capaz de coger cualquier ciudad y darle chispa (incluso a pueblos con poco más de 1.000 habitantes), parece que su gran flechazo ha sido Barcelona. Así que, por tercera vez, el artista francés dedicará un libro de ilustraciones a la ciudad que tan cariñosamente apellida “casa”.

Barcelona Original verá la luz este octubre y su fiesta de lanzamiento está prevista para noviembre. ¿Y qué novedades aportará este proyecto? Pues además de un mejor nivel técnico, Lapin promete más texto, recuerdos de tiendas emblemáticas que han cerrado, dibujos dels Encants Vells y Nous… En fin, su típica nostalgia colorida que hace cosquillas en la memoria.

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