Let the games begin

“Are you listening to Justin Bieber?”. No, no estaba escuchándolo. Mientras bajo Portal de l’Àngel, me quito los cascos, los guardo en el fondo del bolsillo y también mi mente se adentra en las profundidades de la complejidad humana, en un torrente de pensamientos positivos del tipo “¿Parezco así de joven?”, y negativos: “¿En qué momento ser acosada por adolescentes con sombreros tipo Lloret de Mar y camisetas dos tallas por debajo de la suya se ha
convertido en rutina entre semana?”.

La respuesta está en el Prat, y en el puerto, y en la estación del AVE, y en los pullman en plaça Catalunya. En temporada alta, cercados por todas las partes, la interacción de decenas de personas por metro cuadrado del Gótico tiene muchas cosas. Una de ellas es que no puedo ir por mi casa en pelotas sin sentir que saldré en el fondo de un selfie. Problemas del primer mundo, dirían algunos.

Empieza también la época de no poder sentarme en una terraza entre las 6 y las 10, después de que el camarero haga la amable pregunta: “¿Es para comer o para tomar algo?”, que en realidad quiere decir “¿Es para que te gastes 150 euros en una paella, cinco tapas y me dejes otros 50 en propina, o es para que pidas dos cervezas y te quedes de charla con tus amigos hasta que te expulse de la terraza porque tengo que cerrar?”. Es una sensación rara. Y nada contra el camarero.

Lo que pasa en el centro del Gótico es una lucha por la tierra. El poder de la ocupación del espacio. Como en un western o en la carrera por el oro en los Estados Unidos. Llegas a un milímetro vacío y gana quien tiene el arma más grande. Es ligeramente molesto si pagas un alquiler millonario para vivir en este sitio.

La interacción humana es una cosa preciosa. La interacción entre humanos de diferentes continentes aún más. Lo digo yo, descendiente de una larga genealogía de gente que se mezcló y nunca tuvo un sitio seguro donde caerse muerta. De la chispa entre un americano y un asiático puede salir una obra de arte, entre un profe y un poli, un argumento imbatible, entre un tío de izquierdas y otro de derechas, la democracia, que no está mal. Pero os aseguro que nada de bueno sale de la interacción entre una persona cansada que sale de trabajar y un turista borracho con ganas de ligar. Como mucho, una columna de humor. Pero sin más.

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