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Nihilismo festivalero

Mis últimas noches en festivales de música fueron una especie de regreso a los primeros días en la guardería. En ambos sitios entré gritando cosas sin sentido, me perdí, hice nuevos amigos, canté en público e hice fotos que no recuerdo. Barcelona y sus eventos musicales me hicieron ver que hay dos clases de personas a la entrada de un recinto: las que saben exactamente que estarán haciendo en las próximas horas y se han descargado la App, y las que saben que no vale la pena hacer planes, abrazan el caos y se preocupan más en apuntar el numero de teléfono de sus amigos en un brazo que en saber de memoria el cartel. Para bien o mal, Teresa Bir se está convirtiendo en una de estas nihilistas festivaleras.

Para quienes están poco atentos a las nuevas corrientes político-religiosas, el nihilismo festivalero es una religión global con fuertes influencias en todo el hemisferio norte y partes del sur cuyo principal mandamiento es la obligatoriedad de venir a un festival en Barcelona al menos una vez al año. Tal como el departamento de recursos humanos jihadista, utilizan las redes sociales para conseguir cada vez más adeptos y se aprovechan de jóvenes con trabajos precarios y con poco sentido haciéndoles creer que aún existe un poco de diversión en su vida. Eso sí, si lo pagas. Algunos estudios económicos demuestran que profesionales veinteañeros llegan a hipotecar un cuarto de su sueldo en una entrada para el Primavera Sound, comiendo guisantes hervidos el resto del mes. Y a través de la red se multiplican las peticiones para que se pueda pagar el Sónar con Tickets Restaurante.

Pero volvamos a la teoría freudiana. Según ella, esas tardes en que coges el metro hasta el Fòrum cercado por camisas hawaianas y mechas de pelo platinado, estás en realidad subiéndote al tren hacia la infancia. Y no sólo tiene que ver con borracheras. Pasan cosas espectaculares cuando juntas mucha gente de todas partes, música buena y mala, merchandising y disfraces. En una misma noche, hay un buen porcentaje de personas que empiezan a aprender un nuevo idioma, otras que pierden sus iPhones, otras que discuten a gritos y nunca más se hablan, otras que deciden montar un negocio, muchas que se van a casa juntas casi sin querer. Hay incluso personas que encuentran el amor. Y esto es una declaración de intereses. Aprovecho para agradecer a todos los contribuyentes: hace precisamente 3 años, el Ajuntament de Barcelona me subvencionó un novio.

Lee todas las aventuras de la guiri que vive en el Gótico en Teresa Bir

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