La Casa de la Montaña

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El paraíso upper en peligro…

“A más de 2000 metros de altura, suspendidas en un telesilla del Pirineo francés, dos señoras upper confiesan sus más íntimos miedos: “Ya está pasando… la misma gente que iba a La Masella ahora ya está viniendo a Les Angles”.

No te apures, querida lectora, si desconoces dónde se ubican ambas localidades. Más que apuntar a tus escasos conocimientos de geografía muestra tu precaria realidad social: no eres upper. No es grave, piensa que siempre te podrás designar como “pueblo”. La Masella es un pequeño municipio de la Cerdanya, en la provincia de Girona. Juntamente con Alp, Pi, Bolvir, Das, Isòvol, Ger, Fontanals de Cerdanya, Puigcerdà y tantos otros, forman parte de un selecto grupo de pueblos que han sido símbolo upper desde hace décadas. Durante la temporada de esquí (forma en la que el ciudadano upper se refiere al invierno), las urbanizaciones alpinas de la Cerdanya se llenan de buenas familias que se aprovechan de las comodidades de La Casa de la Montaña para relajarse, hacer un poco de running y ver cómo sus dichosos hijos e hijas se deciden entre ser goofy o regular. Así fue el paraíso upper durante the good old days.

Y es que los vecinos del Upper Diagonal eran también vecinos en la Cerdanya. El clima relajado, el vino y el calor de la chimenea lo hacían más apacible siquiera que las residencias de la calle Doctor Carulla. Pero la historia que contamos hoy es otra. Es la historia de un miedo. El homo upperdiagonaler se ha desarrollado históricamente bajo la esfera individualizante del liberalismo y la competitividad. Ha sido siempre una historia de éxito para ellos, ya que su situación social privilegiada les proveía de los recursos materiales necesarios para distinguirse constantemente de los habitantes de más allá del muro. Versionando al tío de Peter Parker (alias Spiderman), un gran poder conlleva un gran temor: el miedo a perderlo. Los upper, sin embargo, encontraron el método de hacer del temor virtud, convirtiendo la competición en un juego de egos entre sus semejantes. Que si mi colección de arte es más extensa, que si la boda de mi hijo fue en un sitio más selecto, etcétera, etcétera. Lo típico. Pero hay algo intolerable que el ciudadano upper no puede consentir. Notar que su competidor natural proviene del extrarradio. Las señoras del telesilla lo saben bien.

¿Qué pasa, entonces, cuando lo que era un paraíso para el homo upperdiagonaler se convierte lenta pero inexorablemente en sitio de peregrinación para las mal llamadas “clases medias”? Pues lo que ha pasado siempre: que empieza la diáspora migratoria. Ha pasado siempre. En Barcelona, el barrio del Eixample dejó sitio a Sarrià-Sant Gervasi-Pedralbes como morada predilecta del upperdiagonaler. Lo mismo pasó con las residencias costeras: de las mansiones nuevecentistas del Maresme, a las torres de la Costa Brava, hasta llegar a los casas del acantilado de Menorca. No es fácil, la vida del upperdiagonaler. Aunque siempre hay sitio para la esperanza. Las señoras del telesilla lo saben bien.

–Ya está pasando… la misma gente que iba a La Masella ahora ya está viniendo a Les Angles.
–¿Y con todo eso de la crisis, no crees que mejorará un poco…?

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