Poca libertad, mucha inspiración

Yo siempre he sido muy perezosilla con lo de estar informada sobre la actualidad política y económica, y esas materias que deciden nuestro destino en traje y corbata (discúlpeme Frau Angela; generalizo, ya lo sé). De repente, con la crisis, el panorama se puso algo interesante, y, poco a poco, me fui aficionando a echarle una ojeada a los periodicuchos, incluso a comprar alguno de vez en cuando y a escuchar algo que no fuera Radio 3 (qué asco me doy a veces). Incluso me tragué algunos telediarios, pero confieso que nunca conseguí evitar el fijarme más en los estilismos de las presentadoras que en los contenidos informativos. Desde lo del 15M, la afición se tornó emoción, como supongo le sucedería a otras despendoladas indolentes como yo, que nos emocionamos mucho con la épica del pueblo llano pero luego nos hacemos las longuis cuando hay que cederle el asiento a una abuelita en el metro. Que sí, que sí, que a veces tú también te has hecho la loca, pero no pasa nada. No estamos aquí para juzgar. (Irás al infierno, puta.)

 

Desde comienzos de 2012, incluso me he tragado las ruedas de prensa del consejo de ministros casi cada viernes. Y aunque con tanta rueda de prensa y tanta actualidad politiquera me he puesto al día (y algo de criterio he empezado a cultivar, para sorpresa propia y de extraños), mi vertiente petarda, tan patológica y truculenta, no ha remitido, sino al contrario, se me ha incentivado más. Si es que en el fondo soy una insustancial de izquierdas, al estilo Bibiana Aído o algo peor, y en cuanto veo algo de brilli brilli, me quedo hipnotizada. Por ejemplo, enganchadísima estoy al morbazo que me da Soraya Sáenz de Santamaría, nuestra vice. Y eso que aún no se ha aficionado mucho a la laca, pero todo se andará.

 

Y es que no sé si será por su rectitud moral, por ese halo de gentes de bien o por los apellidos compuestos que se suelen gastar, pero los de la derecha siempre tienen ese je ne sais quoi que me incita al voyeurismo. Me dan ganas de instalarles una cámara oculta en su casa y sentarme a comer palomitas frente a la tele para ver, en plan Gran Hermano, cómo se desarrolla su cotidianidad más prosaica. “Elvirita, anúdame bien la corbata, por Dios Santo.” “¡Fernando María, que sea la última vez que me coges el bote de laca! ¡Que me lo gastas enterito y luego no hay quién se peine para ir al Congreso!” Por no hablar del desfile de camisones bordados y batines a la hora de ir a dormir… Y si alguna se me pusiera redecilla en el pelo para entrar en la cama, ya ni te cuento… ¡Me mearía encima de puro gusto! A Soraya, por ejemplo, me la imagino hinchándose a Donettes a escondidas y luego vomitando, estropeándose la manicura en ataques bulímicos de lo más vulgar. Y a Montoro, maniático pero pelín guarrete, de los que necesitan que los cubiertos estén perfectamente alineados, pero luego anda todo el día con salsita en las comisuras de los labios. A este festival de imágenes y olores rancios que me desbordan la mente solo le faltaría el aliciente de una presentadora a la altura: yo voto por Mercedes Milá, vestida de fallera y con escotazo. Joder, ya no me levantaría del sofá en la vida.

 

Supongo que todo este desparrame de ensoñaciones bizarras es un mecanismo de defensa de mi inconsciente, una manera de atraer a mi terreno lo desconocido, lo temido. E igual me pasa últimamente con els Mossos d’Esquadra, los supuestos garantes de la seguridad ciudadana en Barcelona. Habréis notado que, de un tiempo a esta parte, se han convertido en las verdaderas vedettes de cualquier manifestación que se cueza en la ciudad. Bajo la fiera e inmisericorde tutela de Felip “Darth” Puig, se montan unas coreografías que ni el elenco de El Gran Ballet de Moscú. Y a parte del terror, la indignación y el desprecio que me provoca el cada vez más exagerado despliegue de bailarinas paramilitares con que nos amenizan los eventos de justificada protesta, no puedo evitar que me invadan también el desconcierto y la risa. Es como si viera un domador de leones jactándose de su valentía por tener atemorizado a un caniche. Patético. Pero ya sabéis que, en mi diccionario personal, patético también tiene la acepción de fascinante y, de nuevo, como me pasa con la ranciedad de las derechonas gobernantes, me subyuga el contraste de imágenes y sensaciones. Robocops bajando de sus lecheras orgullosos como pavos reales frente a una terraza petada de guiris, que observan impávidos tras sus gafas de sol y sus jarras de cerveza. Mazingers cocainómanos blandiendo sus desvergonzadas porras como adolescentes a los que recién se les ha engordado la picha, y no desaprovechan ocasión para sacársela y menearla frente a sus amigotes. Para la próxima mani, tengo pensado ponerme un arnés de esos con consolador de treinta centímetros y rezar para que me registren… A ver si tengo suerte y alguno me nota mi “porra” bajo las bragas y me la hace sacar. Mejor aún, ¿por qué no llevamos todos mochilas llenas de juguetitos sexuales? ¡Las imágenes de los antidisturbios con las manos llenas de bolas chinas serían un hit en las televisiones de todo el mundo!

 

Si es que en el fondo, hay algo que nunca les podremos agradecer suficiente a unos y otros, a políticos, policía, banqueros y el resto de pícaros corruptos que se esconden detrás del ente Mercado para sacar tajada del pastel: las altas cotas de creatividad que nos ayudan a alcanzar con sus gilipolleces.

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