Porque Evolé

No soporto a Jordi Évole. Me molesta esa gestualidad suya, ese retorcer de manos así como de chico tímido pidiéndote una primera cita, mientras intenta hundirte en la miseria. Maldita sea, ni siquiera me gusta su cara. Pero quizá lo que más me sulfure sea esa sonrisita, entre resabida y burlona que pone ante el mundo en general y particularmente cuando alguien le devuelve la pelota. No importa cuánto ingenio o argumentos desparrames en la mesa. Él siempre está pensando algo más gracioso y más ridículo sobre ti.

Hice lo que siempre hago cuando me enfrento a los misterios de las insondables profundidades de la derecha española: pedí consejo espiritual a un taxista.

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