Orial Llopis {primera persona}

Escribe Oriol Llopis: “Nunca fui un profesional. Se supone que a un profesional se le encarga un trabajo –sea éste liquidar a una persona o diseñar un puente de diez carriles– y, en consecuencia, este se informa al máximo sobre el tema. Más que nada para que las probabilidades de éxito sean del 100%.

 

Profesional. ¿De qué? Afinemos un poco el tiro. Profesional de la crítica musical. En mis tiempos cada cual se buscaba la vida como podía. Unos ponían el objeto a estudiar sobre una plaqueta, encendían la luz y activaban el microscopio. Otros eran más estilo forense: extraían el hígado, lo pesaban, examinaban el color, luego pasaban a los intestinos, etcétera. Había uno, al que en los corrillos llamábamos “La Ciclostiladora Humana”, que se limitaba a sacar de algún sitio la biografía de la banda de alguna revista inglesa, francesa o alemana, lo traducía, y ahí lo llevas, colega. Lo que son las cosas: he perdido la cuenta de premios que ha ganado, siempre en el campo de la “literatura juvenil”. Uno menos. Y luego estábamos los inclasificables. Pero incluso dentro de ese grupo, había algo que los unía y a mí me dejaba al margen: la voluntad de superación, de aspirar a más: programas de radio, de televisión, de subir escalones dentro de la revista en la que trabajaban…

 

Así, en lugar de obedecer las señales que, sobre una bien pavimentada carretera, te llevaban directo a las Sagradas Fuentes del Rock & Roll, yo me entretenía explorando senderos que llevaban a la discografía de Tucky Buzzard, segundones ingleses que para mí eran el no va más, o perdía meses siguiendo la pista de Frenchies, unos gabachos parcos en grabaciones pero con una actitud a caballo entre los Stooges y los New York Dolls que me desarmaba. Total, que mientras yo iba y venía, andaba y desandaba, los otros pim-pam, pim-pam. Publicaban libros, aparecían en secciones semanales de programas radiofónicos o de la televisión regional, tenían columnas fijas en periódicos cuya tirada mareaba y donde el pago por la columnita equivalía a lo que a mí me caía por escribir, deprisa y corriendo, un extra dedicado a la nueva hornada del Heavy Metal. ¡Y si por lo menos hubiese podido dedicar el día entero a la labor de rock critic! Pero es que, encima, otras obligaciones más acuciantes me obligaban a practicar frecuentes escapadas de la redacción, cuyas posteriores explicaciones no convencían a nadie.

La clave estaba en que Llopis se atrevía a decir ‘YO’ con todas las consecuencias, contando sus miserias y sus secretos inconfesables.

>> primerapersonabcn.blogspot.com.es

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