¿Qué coño habéis hecho?

Un grupo de chicos, generalmente perjudicados y con abundantes signos de desgaste en el cuerpo, aparecen apelotonados y sorprendidos ante algo que están viendo justo delante de ellos. En muchas ocasiones nosotros conocemos la presencia de ese algo: es una mujer; podemos ver sus dos piernas que encuadran al pelotón de borrachos, siempre al fondo de la imagen. Confetis y serpentinas, lencería femenina a tope, varias copas de las de tomar Martini al estilo fino y muchas botellas de alcohol. Puede que aparezca un animal, si el guionista no se ha olvidado del gag del robo de una mascota exótica. Y seguramente también aparezca la imagen de lo que será algún secundario gracioso, una reproducción asalvajada y supuestamente más madura de los personajes tontos, compañeros del héroe en las películas infantiles.

Los carteles del sub-género de comedias de enredos sobre despedidas de soltero siguen unas pautas tan claras y repetitivas que podrías saber todo lo que pasa en ellas tan sólo analizando dicha carta de presentación. Por ejemplo, es fácil saber a partir de la representación física de cada uno de los personajes en el póster, quién hace qué en la película: está el protagonista, el futuro marido, que siempre tiene que aparecer con las manos en alto y los ojos y boca bien abiertos, como diciendo “qué coño habéis hecho”; está el loco, el que ha tramado la mayor parte de gilipolleces, que siempre aparece en posturas desenfrenadas y con una buena sonrisa en la cara; y después está el serio, el que ya ha pasado por eso y sabe que no debería estar ahí, pero lo está, con cara de póker.

La repetición está tan asegurada que más que ir a ver una comedia, estamos construyendo un arquetipo que dicta algo así como “si no acabas tu fiesta de despedida de soltero perdiendo dientes, tatuándote el icono de la mierda sonriente del Whatsapp en la mejilla, creando un cártel de droga interplanetario o jugando al strip-póker con una jirafa drogada, no eres nadie. Ni siquiera mereces casarte”.

Aquí los redactores estamos en pleno epicentro de la edad de casamientos. A nuestro alrededor, una explosión de síquieros. Todos tenemos esa sonrisa idiota del que se ha negado siempre a celebrar una boda, pero ha caído rendido al papeleo y al festejo y resulta estar repentinamente encantado. Y a la vez, todos tenemos ese agobio, esa rabia, esa angustia que viene de tener que lidiar con madres y padres que opinan diferente, con mesas de invitados y espacios donde celebrar el convite. Y en medio de esta vorágine burocrático-social, tus amigos te preparan una fiesta (¡qué mejor que una resaca monumental para detener tu cerebro!).

Ahora bien, somos de esos con el sentido del ridículo muy elevado, que no queremos pasar por el aro del horterismo yanqui y dar rienda suelta al rey del bachelor que llevamos dentro. Desafiamos el poder de la cultura popular y optamos por acudir a las variantes ofrecidas para todo ser que se niegue a celebrar la dichosa despedida de soltero: celebrarlo acompañados de la pareja, al mediodía, con una barbacoa en el campo, invitando a que los amigos con bebés traigan a sus retoños… Pero no nos mintamos: ¿cuántas de estas fiestas no han acabado todavía peor de lo que hubiese sido una despedida de soltero normal? El mediodía deja el paso a la tarde y la barbacoa ha tardado tanto en hacerse que todos vais ya borrachos. Los amigos con bebés se convierten en taxistas de puta madre pues son los únicos no bebidos y, sin que nadie lo haya pedido, el espíritu de las despedidas de soltero ha reformulado tu “variante” y de repente te ves diciéndole a gente que no conoces en la plaça Reial que te casas, que estás celebrando tu despedida de soltero, cubata en mano y con una liga en la pierna derecha que no sabes de dónde ha salido. Ese es el punto de partida “real” de tu fiesta de despedida.

¿Por qué tienen que llevar una polla en la cabeza de paseo por Las Ramblas?, nos preguntamos. Algo nos dice que la respuesta reside en la cabeza rapada de Zach Galifianakis en Resacón; o en el bus estampado contra un cine en Despedida de soltero, o en la puta clavada en el colgador de un baño en Very Bad Things. Al ceder, aceptar e incluso reafirmar el borriquismo montado alrededor de las fiestas de despedida de soltero a través de géneros populares como el cine de comedia, aceptamos la fórmula del lloretismo que tanto tememos durante el resto del año. Y si no que se lo digan a los chavales de Burdeos que secuestraron a la llama Sergei de un circo y se la llevaron de paseo para acabar metiéndola en el tranvía y hacerse un selfie con ella. Podrán haber pagado la multa de sus vidas, pero ¿quién les va a quitar el rememorar sus vivencias si, con sólo teclear “fiesta llama”, Google se lo recuerda? Épico.

Acabamos cayendo y reproduciendo los estándares socio-culturales tal y como se nos han dictado, y lo podemos pasar mejor o peor dependiendo del grado de aceptación que les demos. Sea como sea, tenemos interiorizado de tal manera el mainstream cinematográfico que la decepción por no sentir, reproducir o perfeccionar nuestras vivencias en base a lo que hemos visto en la pantalla nos lleva al rechazo de (1) ese mismo cine o (2) nuestras propias experiencias. La decisión es nuestra: aceptamos la boda con su propio sistema cultural (incluyendo la despedida) o nos negamos a todo. Al final, como pasa con otros aspectos tradicihorteras de las bodas, como el amigo “Paquito, el chocolatero”, contra todos nuestros idealismos y aunque sea desde la sala oscura de un cine, aceptamos esa mongolada que tanta vergüenza ajena provoca ver cuando paseamos por el centro, pero que tarde o temprano nos toca reproducir a nosotros aunque nos escondamos en la figura del resignado al que le ha tocado hacer el paripé en un lapso de tiempo que tan sólo te hace culpable de semejante delito durante una única noche (y que no te vea nadie).

Suerte que las fiestas con los colegas de verdad siempre son imprevisibles y uno se recupera de la resaca rememorando momentos-resacón en Las Vegas de la noche anterior, convertidos con el tiempo en recuerdos míticos. Para el futuro. Anécdotas de las que configuran la historia personal. De las que salen himnos, cánticos, frases que se repetirán año tras año, cena tras cena, risa tras risa. Te acuerdas de la cara que pusiste cuando gritaste: “¿Qué coño habéis hecho?”.

Los “sabías qué” de Sara, by Sara Xiol

¿Sabías que… unas inglesas que venían a celebrar una despedida de soltera a Barcelona la liaron parda en un vuelo de Ryanair?
No se sabe muy bien cómo empezó la cosa, pero acabó con la novia liándose a puñetazos con una dama de honor, tuvieron que ser separadas por la tripulación y todo fue inmortalizado en un vídeo que, por supuesto, went viral. Al parecer la fiesta había empezado antes de despegar, en Manchester, y el hecho de que el vuelo se retrasara —dándoles más tiempo para seguir bebiendo— no ayudó demasiado…

¿Sabies que… hi ha moltíssimes empreses que organitzen comiats de solter/a per a guiris a Barcelona?
Fa anys que la Ciutat Comtal és destí de moda per a stag i hen parties, pel clima, la combinació de vida nocturna i cultural, la platja o el preu de l’alcohol, to name a few. Des del clàssic limusina-sopar-discoteca-boy/stripper, a rotllos més moderns, com un passeig en catamarà pel Mediterrani, una cooking party en una terrassa d’Esplugues amb vistes a la ciutat, catas de vinos, cursos de burlesque, pole dance o flamenco, activitats com paintball, karting…

¿Sabías que… el primer restaurante erótico de España para mujeres se abrió en Barcelona?
¿Os suena de algo Mercashow? Hace 25 años las mujeres acudían a este local en Mercabarna a celebrar las primeras despedidas con striptease masculino. Tal era la expectativa que, en el año 1989, un grupo de 50 chicas de Vic montó una escapada secreta a Barcelona para visitar este “local dedicado a la mujer y su emancipación”. Dos diarios comarcales se enteraron de la travesura y publicaron la historia del “autocar del pecat” ilustrada incluso con fotos. Las mujeres aparecían con una raya negra que les cubría los ojos ya que exigieron a los medios que respetaran su intimidad: había quién había dicho en casa que iba a un encuentro de Cáritas o a ver una obra del Tricicle.

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