Què fem amb la prostitució?

Un gran número de feministas se han manifestado recientemente en contra de un curso de la Asociación de Profesionales del Sexo (APROSEX), que lanzaba un curso sobre prostitución: nociones básicas para la profesionalización.

Esta entidad buscaba con ello dar seguridad a quienes ejercen la profesión, o el oficio, por la siguiente razón: “Ser prostituta, hasta ahora se aprendía a base de tener servicios e instruirse sobre la marcha, pero ello ocasiona muchos sustos, disgustos, soledad y en ocasiones tristeza y vergüenza”. APROSEX quiere dar con este curso “sabiduría y seguridad” a las prostitutas y resolver sus dudas del día a día.

Aunque nos pese, la prostitución es un sector económico en nuestro país y más en Barcelona. Nadie no ha visto nunca a una profesional del sexo en el Raval o en cualquier otra parte de la ciudad. La psicóloga clínica que lo imparte, Cristina Garaizábal, tiene treinta años de experiencia en el sector del sexo de pago y Conxa Borrell, que le acompaña, es terapeuta sexual y prostituta desde hace siete años.

¿Qué les molestaba tanto a los feministas que se han manifestado en contra? APROSEX ofrece “la gran posibilidad de conocer a otras profesionales del sector” y lo considera un aliciente teniendo en cuenta que se trata de un mundo en el que “casi todas las trabajadoras sienten que deben esconder su manera de ganarse la vida por encima de todo”.

Hasta donde yo sé, el feminismo busca la igualdad entre hombres y mujeres. Y una de las estrategias para lograrlo es la unidad y la lucha común. APROSEX pretende unir a las prostitutas, una de las minorías más olvidadas por cualquier lucha social, para que hagan valer sus derechos, se sientan acompañadas y respaldadas cuando desempeñan un trabajo que entraña muchos riesgos, sobre todo de seguridad.

El problema es que no nos gusta la prostitución. Queda fea en nuestras calles. Por eso los alcaldes intentan fumigarla por lo menos hasta donde llegan sus dominios y así la prostitución adorna rotondas de entrada o polígonos industriales. No veo a muchos feministas alzando su voz contra ese atentado.

Hace un par de años asistí a una charla-debate sobre prostitución. En ella estaban el Partido Comunista (PCE) y Hetaira, un colectivo que defiende los derechos de las prostitutas. El PCE defendía la abolición de la prostitución y Hetaira, su legalización. En el cuerpo a cuerpo, una de las miembros de Hetaira sentenció con una frase tremenda: “si nos retrotraemos al paraíso en el que no existe el dinero y todo se basa en el trueque, y yo quiero tus ovejas pero no tengo nada material que ofrecerte a cambio, ¿por qué no podría cambiarte las ovejas por sexo?”. No sé a ustedes, pero a mí, que iba en plan abolicionista, me dejó sin respuesta.

Pero hubo otra intervención que me llevó a replanteármelo todo. En pleno debate sobre mundos perfectos, una de las asistentes, que no pertenecía a ninguna de las dos partes, dijo: “a mí no me gusta el aborto. Me gustaría que viviéramos en una sociedad en la que nunca nadie se viera en la tesitura de tener que abortar. Pero el aborto existe y como tal, es una práctica que debemos regular para que se haga de forma segura y libre. La prostitución tampoco me gusta, pero existe. Deberíamos regularla igual que regulamos todas esas otras prácticas que nos gustan más o menos, para que sea también segura y libre”.

Ea. La prostitución existe. Ya la hemos prohibido y no ha servido para nada. Lo que deberíamos hacer es tal vez dar las herramientas para que las mujeres que se dedican a ello tengan la opción de elegir otra profesión si creemos que sexo a cambio de dinero está mal. Pero hasta entonces, ¿por qué no hacerla más segura? ¿qué daño hace APROSEX buscando ese objetivo?

Contéstenme ustedes, que yo me he perdido.

Por cierto, que APROSEX no recibe ninguna subvención pública, si es algo que les inquieta. Todos sus ingresos proceden de las aportaciones de los socios.

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