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¡Reabramos el Arnau!

El Retiro es más que un pequeño pulmón en el centro de Madrid. También es el bar que, como si de Samsa se tratara, soporta sobre sus espaldas el peso inmensurable del Teatre Arnau. Allí, como si nada. Como si las cenizas del Broadway que pudo ser y nunca fue, el Paralelo, levitaran.

Al principio, el Arnau era sólo un barracón de madera. El bar lidia con un pasado que lo fue todo, pero empezó desde la nada. De su éxito a finales del XIX nació un edificio de obra que abrió sus puertas en octubre de 1903. Los espectáculos de la época lo habitaban, las zarzuelas y la música popular atrajeron a un público que accedió también a las primeras proyecciones cinematográficas como si entre el futuro y el Paralelo sólo hiciera falta la imaginación.

Las largas sombras de Raquel Meller o Alady no amedrentan al Retiro. Tampoco que después de los primeros largos, volviera el teatro en 1915 para celebrar, de nuevo como cine, el fin de la dictadura de Primo en 1930. Desde la República hasta que perdimos la inocencia de la Transición, el Arnau volvió a reinventarse mezclando la comedia musical con el teatro de revista. Tiene y tenía tantas referencias, que los posmodernos hipsters ni se lo imaginarían. Ni la televisión. La Montiel, por seguir la saga, estuvo en los 90 grabando para TVE aquel “Ven al Paralelo”. La decadencia, si no se reconoce, no tiene frenos.

Después, como en los funerales solemnes, se fueron todos, uno a uno, marchando. Las estrellas y sus estelas. Quedó un music hall, que es un bonito eufemismo para definir el ocaso del que un día fue un señor templo. Claro, que en esos tiempos de hienas que cultivaron la sensacional burbuja inmobiliaria, no quedaba mucha dignidad para enterrar un teatro.

Pero ahora las cosas han cambiado. I tant. Ahora que nos vemos volviendo a los orígenes, despertando de una resaca tan brutal que el propósito de enmienda viene incorporado de serie, El Retiro se nos antoja minúsculo para tres barrios que debieran respirar cultura a pleno pulmón.

arnau-dDe esos suspiros nace la Plataforma Salvem el Teatre Arnau que quiere, como su nombre indica, recuperarlo y convertirlo en un centro donde la memoria de las artes, de la danza al cine, vuelva a sus bases. Que celebre exposiciones, continúe con la actividad escénica, potencie los cientos de grupos de teatro, profesionales y no, que conviven en la ciutat… Y el Ayuntamiento no tiene excusa, porque adquirió el edificio en 2010 por 2,5 millones de euros y desde entonces lo ha abandonado a su suerte.

Las reivindicaciones son varias. La más urgente, la intervención para acabar con las goteras y las humedades. Después, quieren que se dé la máxima catalogación patrimonial al edificio, que se elabore un presupuesto de reparación integral y, claro, que éste sea participativo. Ciudadana tendrá que ser también la gestión. Pero de momento, la respuesta del consistorio es que sería demasiado caro —unos 10 millones de euros— .

¿Cuánto son 10 millones de euros? Sirvan unas pinceladas: Trias se gastó 9 en publicidad institucional de sus obras en la etapa preelectoral —cuando era legal, aunque no tan legítimo—. 7 millones se han gastado entre todos los partidos en la campaña para las municipales y hace un par de años, en “limpiar” los grafitis Trias se dejó unos escasos 14,7 millones.

Tal vez merecemos morir. Pero si algo enseña el teatro es que para que algo pase, tiene que, al menos, haber existido la posibilidad de lo contrario. Sino, no hay historia. Nos merecemos, siquiera por un instante, que el Arnau vuelva a ser la Perpendicular que vertebra tres barrios. Que El Retiro no sea la metáfora de un triste final en el que quienes mueren son el arte, la conciencia y los barrios.

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