Rutinas de producción que me hacen infeliz

A menudo me ocurre, queridas mías, y sobre todo cuando me dedico a mi faceta periodística, que me doy cuenta de lo importante que es, y cada vez lo será más, hacer lo que me salga del suadhisthana chackra, entendido este como la representación del potorro.

 

Pongamos por caso un encargo reciente: “Análisis del comercio chino en Barcelona”. Un encargo académico que acepto en plan desafío, pensando que, al fin, con el sentido de mi vida hemos topao. Ya llegó la señal, el gran trabajo que me convertirá en la profesionala y la respetable experta que la sociedad está esperando de mí. Como sois mucho más listas que yo, seguro que habréis fruncido el ceño. Wrong, muy wrong, ya lo sé. En un ejercicio de autoengaño, al que soy superasidua, me convenzo a mí misma una vez más de que la solución a todo llegará de fuera, de que es una señal, con lo que me gustan a mí los chinos, ya verás qué informe más chulo, más veraz, más exhaustivo y a quién van a poner de pregonera en la celebración del próximo Año Nuevo Chino. El cuento de la lechera, ‘amos.

 

La cruda realidad es que, al terminar de entrevistar a unos cuantos dueños chinos que me han regalado alguna que otra Moritz y un bote de laca de uñas de purpurina verde, hay que adentrarse en la fase de estudio censal, el muestreo, las variables aleatorias y la literatura legislativa. Y ahí la cosa va decayendo hasta el punto en que me descubro preguntándole a mi gata que por qué no puedo hacer informes sobre ella, que es tan maja y sería tan agradable de estudiar. Lógicamente mi gata asiente guiñándome un ojo (aunque en el lenguaje de los gatos guiñar un ojo significa tanto que están de acuerdo como que se están partiendo la caja por ti, que no contigo; prefiero pensar lo primero).

 

Como en un momento u otro tengo que dejar de mirar a mi gata para enfrentarme a un plazo de entrega acuciante, este y otro tipo de encargos los acabo solucionando de la peor manera, corre, corre caballito, sintiéndome doblemente mal por no convertirme en experta ni profesionala de nada y por saber que, a pesar de todo, la jerarquía de procrastinadoras neurotípicas conmigo no hace más que empezar: a la que le toque validar, cogerá mi refrito y lo dará por bueno, porque al llegar a la página 6 ya se habrá puesto a mirar a su gatita y le estará preguntando, casi sin darse cuenta, que por qué leches no habrá informes sobre ella, si es tan maja y sería tan agradable de estudiar. Y así suma y sigue, hasta que algún perezoso profesorucho universitario lo use para realizar su tercer ensayo sobre políticas municipales de integración, incluyéndolo en la bibliografía obligatoria del programa de su asignatura. Refritos, fritanga académica, la freiduría del saber.

 

Ya veis el montón de neuronas malgastadas en construir una ficción que me genera ansiedad, aburrimiento y un desencanto que solo produce cinismo del agrio.

 

Craso error este, el de pensar que la varita mágica de las oportunidades está por ahí dando bandazos de ciego y solo hay que esperar a tener la suerte de que se deje caer por el barrio. El problema no son los chinos, pobretes, si me encanta hablar con ellos, que sean felices, que se puedan traer al sobrino y a la abuela y, sobre todo, que me regalen botes de laca de uñas, pero como que no voy a hacer nada por ellos pretendiendo ser quien no soy y que me importa más su flujo migratorio que el color de mi flujo vaginal.

 

Me he dado cuenta, cuentísima, de que me han educado para hacer lo que se me manda, para descartar cualquier iniciativa propia que a priori no demuestre producir un beneficio para los demás (o sea mi patrón, qué quieres, padres de clase media) y sentirme culpable cuando actúo solo en beneficio propio. Pero me huelo que este sistema no da más de sí, un sistema que solo produce mano de obra o cerebro de obra, me da lo mismo que lo mismo me da, que al fin y al cabo todos tenemos en común esa predisposición por lanzarnos al vacío del próximo empleo precario/encargo estéril/pontuopciónaquí que se aparezca en nuestro camino. Y pisándonos unas a otras, además, que eso sí que da vergüenza ajena, por esa promesa vana de utilidad que te ofrece formar parte del engranaje.
Yo no quiero ser una desempleada deprimida, pero tampoco una empleada cínica, ¡quiero ser una believer! ¡Creo en la existencia de otros mundos! ¡Soy fan de Iker Jiménez!

 

Hay que apostar por ofrecer al mundo lo mejor de uno mismo, que es de bien nacido ser agradecido y además bien educado. Eso, al fin y al cabo, no es más que seguir tu suadhisthana chackra, entendido como hacer lo que te salga del potorro, de tus agallas, de tus más internas vísceras y circuitos cerebrales. Ser tú y construir tu mundo.

 

Y así, ya solo pensándolo, me entra el canguelo y el sudorcillo frío. ¿Y a ti?

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