se fue al otro barrio

Lo mejor de Barcelona es que pese a las acometidas destructoras de sus mandamases aún hay un mínimo espacio para la magia. Todo sería más perfecto si el hechizo se acompañara de sonrisas y tonteos por la calle, pero eso ya es mucho pedir, así que nos limitaremos a coger el metro y dar un buen paseo por sitios que merecen la pena sólo por su nombre.

Empecemos. El otro día actuaba por el Raval. Bajé con mis bártulos en la parada de Sant Antoni y, de repente, me topé con la plaça del Dubte, más que idónea para la ocasión, pues servidor iba perdido y hasta tuvo que preguntar a una mossa, de esas con placa y porra, el camino para llegar a mi destino. La de la duda se sitúa en un enclave anónimo, por lo que es más probable que paséis por delante y ni siquiera os percatéis de su existencia, coronada cronológicamente por una doble placa que recuerda los tiempos franquistas del distrito quinto, tan bien reflejados en la literatura dedicada a nuestra ciudad por Juan Marsé, quien en su última novela, Caligrafía de los sueños, retorna a los parajes de putrefacción del chino para que el joven protagonista cate los primeros alcoholes y la tentación del sexo, aún vigente en esos parajes para los que quieran degradarse en las calles, que al menos ahora no constituyen el abrumador pasillo humano de antaño.

Un poco más abajo del escepticismo, tan propio de nuestra desangelada época, hallaréis la calle de la Cera. Por favor, no la confundáis con el museo. Es un rinconcito soso, sin más chicha que un montón de bares y una aglomeración de viandantes de rostro extranjero que dominan esos parajes sin molestar a nadie porque han hecho suyo lo que nosotros desdeñamos durante decenios. En un punto determinado la calle se bifurca mediante un muro que abre la veda hacia otra hermosa plazoleta. Desechad la estética, pasad de los comentarios de Google Maps y entrad en Pizzas l’Àvia. Regentado por un escritor uruguayo, el local tiene una oferta calidad-precio excepcional. Puedes comer macarrones, lasaña y lo que quieras por menos de cuatro euros y sales con la barriga contentísima. Lo descubrí de casualidad y sólo me impide repetir tiberio la lejanía con mi campo de acción habitual, ubicado en Gracia.

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