StARTbucks

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Para alguien que no ha crecido rodeada de ellos, los Starbucks aparecieron en el mundo como franquicias provenientes de aquel planeta prometido que alguna vez fueron los Estados Unidos, cuando los adolescentes nacidos en los 80 soñábamos con que, al llegar al instituto, nos esperarían unas flamantes taquillas rojas y nos acecharía ese barómetro de popularidad adolescente llamado “baile de fin de curso” justo antes de que nos regalasen un coche por graduación. Pues bien, ni taquillas —una pena—, ni bailes de fin curso —menos mal—, ni coches —en un país donde sacarse el carnet de conducir cuesta más que una matrícula de universidad—, ni graduaciones que conmemorasen el final de un suplicio, la adolescencia, y el inicio de otra, la etapa adulta.

El desembarco vino mucho más tarde, con los Starbucks y esos vasos enormes de cartón que encierran la engañosa promesa de que beber es compatible con caminar. La única vez que entré apasionadamente en un Starbucks fue en China, donde lo que siempre había censurado de ellos —la homogeneidad de su microclima— se presentaba como la única salvación posible a la sensación permanente de estar fuera de lugar, de destierro voluntario y de incomprensión absoluta del entorno. Otra solución, plausible en ciudades como Pekín, era buscar un centro o un museo de arte contemporáneo.

Para aquellos que los transitamos habitualmente, los espacios del arte son como apéndices de un territorio apátrida del que conocemos tanto los códigos como la descodificación de los contenidos. Poseen también esa homogeneidad hospitalaria (además de calefacción gratis en invierno y aire acondicionado en verano) que se hace tan necesaria cuando uno sale de su zona de confort cultural. Aunque, a diferencia de los Starbucks, una mirada atenta puede percibir que cada institución artística es un mundo y que la oferta está mucho más diversificada. Incluyendo el café.

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