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Teresa Bir #4 De After {tb}

Dos toques en la puerta para entrar en mi after favorito. Sin drogas o música electrónica. Hamburguesa y huevo frito en el plato y fotos de gente famosa en la pared. Sí, es ese pequeño gran secreto del restaurante que está abierto toda la noche. Y no lo digo por la comida, lo digo porque en algunos de sus rincones se concentran personas contando sus versiones de los afters más espectaculares de Barcelona.

Consecuencia de la crisis o de las redes sociales —cómo no— los afters son cada vez más la leyenda de una noche de película y cada vez menos uno de estos sitios chungos donde vas porque no has pillado a nadie antes de las 6 de la mañana. Por eso cuando se juntan más de 3 veinteañeros siempre empieza la competición por quién tiene la mejor historia de un after. “Aquella vez que terminamos posando desnudos en el estudio de una artista belga”, “Tío, ya, pero a mí me pilló la cámara del tiempo de TV3 vomitando en el río”, “Fuimos nadando del Wella hasta el Fòrum”, “No dormimos”, “Iba fatal”, “Era súper guapa”. No.

La definición de after, más que designar un después de la fiesta principal, quiere decir un “después de que la mayoría de gente se vaya y yo me quedo viviendo experiencias espectaculares”. Personalmente, tengo ganas de rescatar los afterhours de este limbo existencial y traerlos a la realidad —con una amplia oferta comercial y sin una gota de espíritu underground. De hecho, me muero por que algún candidato a alcalde de Barcelona incluya la oferta cultural de las 6 a la 11 de la mañana en su programa electoral. Sería la única manera de acabar con los afters caseros —destructores de cualquier intento de tener una rutina del sueño normal en el Gótico.

Como persona que vive rodeada de pisos turísticos me ofrezco como asesora para la programación de afters de Barcelona. Tened en cuenta que a los franceses les encanta llegar a casa a las 5 y empezar grandes conversaciones sobre la noche, la vida, la moda y todo lo demás mientras se toman la última copa cerca de una ventana —despertando a todo el edificio. A los ingleses les va el rollo de llegar a casa cachondos y tener sexo desenfrenado —despertando a todo el edificio. A las americanas, describir todo lo que ha pasado en la discoteca, acompañado de grandes risas —despertando a todo el edificio. A otras nacionalidades no identificadas les gusta gritar hacia la calles —no importa el contenido— a otras la música techno, y aún hay los que ponen ritmos latinos, para combinar con sus sombreros mexicanos comprados en la Rambla. Una multiculturalidad que siempre termina conmigo abriendo la ventana y gritando un shut-the-fuck-up histérico que me hace sentir en Hollywood.

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