Tradicción

Entre las cosas que nos definen como individuos, como ciudad, como una parte del todo que está irremediablemente junto, en un recóndito suburbio de la nada, encontramos una fuerza que siempre me ha fascinado: la tradición. Estamos hablando de un agente licitador de prácticamente todo. Ya puede ser un acto aberrante, que si es tradicional estará más que justificado. También incide dramáticamente en nuestra identidad hasta unos límites insospechados. No nos damos cuenta, pero nos está configurando desde que nacemos, y lo seguirá haciendo cuando estemos, como dicta la tradición, lapidariamente sepultados. No vayamos a tomarnos el asunto a la ligera, el deporte de sobrevivir a las tradiciones requiere un arduo entrenamiento. Analicemos minuciosamente la estrategia.

1) Para empezar están los tópicos

Son pequeñas cápsulas tradicionales, supositorios de la historia que existen para darnos permanentemente por culo. Su poder es tiránico. En Barcelona además de tacaños somos rancios, sosos emprendedores y tendemos a lo moderno e independiente. Sabemos cómo comportarnos, tenemos el seny i la rauxa, y nuestro toque grotesco porque adoramos la caca: belenizamos a un hombre defecando y por si quedaba alguna duda cambiamos a Papá Noel por el Caga Tió. Somos moderados y educados, y aceptamos la derrota como parte irremediable de nuestro destino. Cenizos hasta lo hilarante, tratamos penosamente de camuflarlo de realismo. Este estigma, que caerá sobre nosotros en cualquier momento, forma parte del imaginario colectivo y va a dirigir nuestra vida en la sombra. Sólo podemos afrontarlo con dignidad, riéndonos de nosotros mismos y lo más importante: conociendo los tópicos de las otras comunidades, a fin de poder someter a cualquier tipo al menor despiste.

2) Festividades

Ojito, son una trampa mortal. Sant Jordi, por citar una reciente, es una fábrica de tormentas/os. Para empezar, no se te ocurra no regalar la rosa a tu novia por hacerte el outsider molón, ajeno a los imperativos capitalistas y al consumismo inducido. Puedes seguir pensando todo esto mientras te calles la boca y te presentes con la rosa más bonita del Edén rambleado. La principal causa de divorcio, incluso antes de los cuernos y la alopecia, es el olvido de esta obligación conyugal. Para los solteros, todo esto es también un infierno. No paras de ver mujeres con rosas. Rosas significan “sexo”. Sabes que alguien tiene sexo salvaje con ella. Y el hecho innegable de que prefieren la rosa antes que el sexo no te tranquiliza. Algunas llevan más de una rosa y entonces las imágenes que se te pasan por la mente son desgarradoras (para ti y para ella). Si no llevan rosas, sólo ves víctimas potenciales. Sea como sea, estás siendo cruelmente manejado. Otra víctima por una clase muy rara de omisión a gritos es ese amigo tuyo que se llama Jordi. Es casi el único santo que recuerdas, pero no caes en felicitarle, la fecha ha engullido tu amistad. Diabólico.

3) Refranero popular

Esta variante léxico-semántica de nuestros usos y costumbres está imbuida en el lenguaje para condicionarnos fatalmente. Se cuela por nuestro subconsciente como Pedro por su casa, y es un pájaro en mano y de mal agüero que nos obliga a envejecer para ser tan sabios como el diablo y a madrugar para recibir ayuda divina. Rellena los huecos de nuestra opinión y reafirma ideas flotantes que, recordemos, no son nuestras. Acabas decidiendo en base a los ancestros con más carisma que consiguieron perdurar incrustados en nuestros pensamientos. No os dejéis manipular y extirparlos todos de raíz. Al fin y al cabo, más vale prevenir que curar.

4) Religión, cultura, el arte en general

Son las formas coloristas de la tradición, moldeadas por nuestros poetas, que mueven con sus finos versos toda nuestra generación. Basta con echar un ojo rápido a lo consumido en este país para darnos cuenta de cómo somos. Somos lo que oímos, vemos, leemos. Flamenco, toros, paella. Sí, también somos lo que comemos, por tanto, somos comida.

5) El calendario

Somos súbditos del calendario. Se divide maquinalmente para organizar nuestras vidas. La única verdad es que vivimos una línea de tiempo continua. Todo es un único día, pero mentalmente lo hacemos pedazos hasta las fracciones más nimias para intentar controlar el tiempo. La división es distinta en cada país y está asociada a la actividad de sus habitantes, invitándola a seguir un rumbo. Nadie esquía en julio, ni celebra la Navidad antes de la vuelta al cole, que es en septiembre, que es cuando se celebra la Diada, luego la Mercè y tal y cual, y año tras año, sin traición a la tradición, volveremos a hacer otra vez lo mismo. Al fin y al cabo, más vale pájaro conocido que ciento volando.

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