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Un paseo por la escena artística barcelonina {feature}

En una entrevista reciente para Ràdio Web Macba, Martí Anson comentaba que, en alguna ocasión, le gustaría ser invitado a un programa de radio para hablar de cualquier cosa no relacionada con arte. Por ejemplo, de setas. Con este deseo relacionaba la obligación social que tienen los artistas de explicar continuamente lo que hacen de manera pública. Algo que, según él, contribuía a una inherente posición a la defensiva y que no sucedía con otras profesiones asumidas y consolidadas socialmente. Pasan los años para una de las profesiones con más historia del mundo pero las preguntas siguen siendo parecidas. Y la suspicacia o el escepticismo que las acompaña también. Aunque el campo del arte esté formado por muchas otras personas que producen arte sin producir obras, participando de la estructura artística, prevalece el mito de que el arte —retomando el deseo de Anson— es como una seta que aparece en el mundo, inesperada y repentinamente. Seguramente un micólogo estaría en contra de esta comparación y del mito popular que pesa sobre el surgimiento aleatorio de las setas.

La invitación a escribir este texto vino acompañada de la siguiente pregunta: ¿hay una escena artística en Barcelona? Por básicas o breves que sean, las preguntas nunca son ingenuas. Aunque esta es una pregunta que se puede responder lacónicamente con un “sí” o un “no”, es también una pregunta que incluye otras entre sus dos interrogantes. ¿Cómo es la escena artística de Barcelona? ¿Quiénes la componen? ¿Cuáles son sus aspectos fundamentales? ¿Dónde está? ¿Cómo encontrarla? ¿En qué se diferencian las prácticas artísticas de Barcelona de las de otros lugares? ¿Es también internacional una escena local? Demasiadas preguntas que incluyen a muchos para ser respondidas por una sola persona, yo en este caso. A preguntas similares intenté responder hace años en otro texto sobre la escena artística de Barcelona para una editorial francesa. Un capítulo dentro de un libro que caducaba rápidamente, a medida que lo iba escribiendo. Y que, una vez terminado, estaba ya obsoleto. Tanto por algunos de sus contenidos como por su actitud enciclopédica de un presente mutante. A día de hoy este texto es otro resto arqueológico más del pasado reciente.

Recuerdo también que uno de mis primeros textos sobre arte se centraba, precisamente, en una exposición genealógica del contexto actual barcelonés, que suele funcionar como sinónimo de catalán. Una exposición a la que yo acusaba de la inevitable parcialidad de todos los archivos y opiniones, incluida la mía aquí. El problema que transportan las genealogías es que siempre se olvidan de que empezar es una acción que sucede en el medio de algo. De que así como no podemos estar seguros de dónde acaban las cosas, tampoco podemos definir categóricamente dónde empiezan. La historia es como una fiesta en la que nadie es el primero en entrar o el último en salir. Pues bien, La Cuestión del Paradigma (2011) partía de una investigación del arte producido en el territorio catalán en la década anterior, dividiéndolo por temas, actitudes, becas y convocatorias. Era una exposición que tenía en cuenta la estructura institucional que sostiene —o abandona— el arte, esa que obvia la historia del arte tradicional y que haría enfadar a más de un marxista, pero que ayuda a entender cómo se consolida una escena. En aquella exposición, que partió de La Panera de Lleida y que tuvo una segunda vida en Barcelona dentro de La Capella, aparecían algunos de los lugares que son habituales para aquellos que trabajamos en arte (Sant Andreu Contemporani o Sala d’Art Jove) aunque no tanto para el resto de personas que cruzan plaça Catalunya cada día. Dos millones y medio de personas, como comentaban los actores de una performance que tuvo lugar en el epicentro de Barcelona este verano, mientras alrededor sucedía de todo: desde persecuciones policiales a estrategias de marketing con chancletas gigantes e inflables.

En aquel texto (me) preguntaba qué pasaría si unos extraterrestres aterrizasen en Barcelona y quisiesen conocer el contexto artístico de la ciudad una vez arrasada por el enésimo apocalipsis del mundo. Con qué textos o documentos podrían entender qué hubo que ya no hay en ese futuro distópico con conexiones interplanetarias en el que del arte barcelonés solo queda su documentación. Esos mismos alienígenas podrían aterrizar ahora y, en vez de vérselas con un paisaje en ruinas, querrían hacer lo que no hacen la mayor parte de seres humanos: acercarse al arte contemporáneo. Y además en Barcelona, una ciudad en la que arte es todavía sinónimo de viejas glorias masculinas convertidas en marca cultural como Picasso, Dalí o Gaudí. Si esos extraterrestres fuesen como Lucy, la protagonista de la película homónima de Luc Besson, podrían percibir —con sus capacidades cerebrales al 27%, por ejemplo— que en Barcelona pasan muchas cosas artísticas al mismo tiempo. Incluso en horarios intempestivos o fines de semana. Además, como Lucy, podrían hacer lo que nosotros no podemos: estar en todos esos lugares y tiempos a la vez, completando una agenda que cada vez es más difícil de seguir debido a la multiplicación y proliferación de eventos y lugares en la escena artística de Barcelona. Para el resto de los mortales, existe GRAF, una herramienta interna que intenta que nos pongamos de acuerdo para no solaparnos y que tiene una agenda semanal de consulta pública.

Dos de los términos que más he escuchado —y que seguramente yo también habré repetido— asociados a la escena artística barcelonesa son endogamia y (Post)Conceptual. El primero deriva de que, aunque somos bastantes quienes trabajamos en arte, teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad, no nos relacionamos tanto con el afuera como desearíamos en un mundo en el que ser internacional aparece como la meta final de cualquier profesión cultural. Por contrapartida, nos relacionamos bastante entre nosotros. Como me comentaba un comisario hace tiempo, esta endogamia tiene también su parte positiva. Y es que, a diferencia de ciudades como Londres donde es imposible tener una visión general del arte que allí se produce o exhibe, la escena artística de Barcelona es fácil de localizar una vez se conoce o se entra en ella. Es más, si muchas veces algunos nos agobiamos por no poder abarcarlo todo, es precisamente porque somos conscientes del resto de cosas que están pasando al mismo tiempo. Esta preocupación es también algo reciente y tiene que ver, entre muchas otras cosas, con la salida del arte del museo hacia otros lugares. Desde espacios domésticos como Halfhouse, Nyamnyam, El Passadís, Espai Colona o Homesession años atrás a espacios de trabajo privados y públicos como FirePlace, Múltiplos, Salamina o Hangar. También espacios en los que las prácticas artísticas superan el marco expositivo y, en muchas ocasiones, salen del recinto físico de la institución. La Capella, Sala d’Art Jove, Can Felipa, Sant Andreu Contemporani o L’Estruch de Sabadell son los espacios por los que nuestra endogamia circula de manera habitual.

Lo (post)conceptual es una etiqueta que funciona de varias maneras: como común denominador de una herencia histórica con el arte catalán de hace décadas. Como una manera de designar el hecho de que en Barcelona se trabaje mucho con procesos, con teorías e investigaciones, con materiales de archivo o materiales bastardos en relación a la historia del arte más clásica. De hecho, la precariedad estética oscila entre condicionante de producción y norma ética. Y, alguna que otra vez, lo (post)conceptual aparece como un término con connotaciones despectivas o de burla ante la mayor exigencia intelectual que tienen muchos proyectos de aquí para otros contextos artísticos del territorio nacional. En más de una ocasión me han dicho que “somos demasiado conceptuales” aquí. Lo primero que he pensado es qué prácticas artísticas, a día de hoy, no lo son. De la misma manera, ese otro yo que me contradice, ha pensado que, cuando no somos capaces de definir las cosas en arte, usamos la palabra conceptual como un comodín polivalente. Aplicada estrictamente a la historia del arte, se refiere a las prácticas de los años 70, iniciadas en Nueva York pero también en Latinoamérica, que buscaban la desmaterialización de la obra en su lucha contra la economía especulativa del arte y los paradigmas estéticos del pasado. Claro que aquellos eran otros tiempos y otros contextos en los que había o todavía hay un mercado del arte al que demonizar, mientras que aquí —y por extensión, en el territorio español— el mercado del arte es una necesidad insatisfecha y un problema sin resolver. Para aquellos que piensen que el arte contemporáneo es un mundo de subastas, coleccionistas ricos, artistas bohemios y blanqueo de dinero, nada más lejos de la realidad de la mayor parte de nosotros. El mundo del arte que yo conozco no es un mundo aparte, es otro espacio de trabajo afectado por la precariedad económica, temporal y existencial de este presente freelance con genética distópica. Sucede que, además de ser consciente de las estructuras de poder (literal y simbólico) que nos gobiernan, puede llegar a ser muy crítico con ellas sin dejar de lado una actitud estética y propositiva.

Esta actitud crítica es algo con lo que uno está muy familiarizado al pertenecer al contexto barcelonés y que, aunque puede llegar a saturar, termino por echar de menos cuando visito otros lugares en los que el término formalista no es un eufemismo despectivo sino una cualidad de la materia manipulada por los artistas. Cuando estoy de paso en los supuestos contextos internacionales siempre tengo la misma sensación: que el arte que se produce en Barcelona no tiene nada que envidiar a obras y proyectos que he visto en museos, galerías centros de arte en otros países por aquellos artistas de una generación similar a los que conozco aquí. De que el problema no está en la calidad de los proyectos o artistas, sino en la economía asignada al arte y en políticas culturales que destinan sus presupuestos a creer que Barcelona se hace internacional de puertas adentro, trayendo grandes nombres aquí y no tanto ayudando a que sus artistas trabajen en otros contextos y se relacionen con ellos desde el apoyo institucional y no desde el impulso personal de cada uno de ellos para traspasar límites territoriales y culturales en un mundo lleno de fronteras y contraseñas. Pero este es un problema al que se enfrentan los artistas o los comisarios con el paso de los años, cuando llevamos un tiempo trabajando aquí y hemos pasado casi todos por los mismos lugares y por algunas de las convocatorias que existen para que empecemos a trabajar en arte. Como decía otro comisario, la carrera artística es un mito. Una vez dejamos de ser emergentes (término que cuesta mucho quitarse de encima), no hay un lugar real de acogida para el siguiente estadio profesional. Si bien, a la hora de empezar a ser artista o comisario hay toda una red de instituciones de apoyo a través de diferentes convocatorias y premios, la posibilidad de continuar dentro de lo que se conoce en inglés como “middle career” es una preocupación constante. Otro problema está en entender lo local como un complejo y no como un aspecto básico de cualquier lugar. De hecho, son las dinámicas locales las que permiten la construcción de una escena sólida y no las bienales o los macroeventos internacionales. Barcelona intentó tener una Trienal allá por el año 2001, fracasando en sus intenciones. Como también fracasó en el proyecto del Canódromo, un centro de arte pensado para reemplazar la desaparición del CASM en 2009 que ha terminado por ocupar de manera insatisfactoria uno de los espacios de Fabra i Coats por culpa de la mala gestión de la política cultural de la ciudad. El centro de arte de Barcelona es un centro sin dirección que funciona por convocatoria anual y que nadie entiende muy bien. El último gran drama cultural de la ciudad estuvo protagonizado recientemente por el MACBA y la salida de su equipo de dirección por la puerta de atrás, tras un caso de censura cultural que derivó en un conflicto interno que permitió a los medios generales disfrutar con su sensacionalismo habitual en la sección de cultura. Peores son las noticias, mayores las visitas digitales.

"Un agujero permanente", la obra de Luz Broto en el MACBA
“Un agujero permanente”, la obra de Luz Broto en el MACBA

Aunque las comparaciones, más que odiosas, son desacertadas porque continuamente estamos comparando ciudades de magnitudes y alcances muy desiguales, podríamos decir que Londres, desde cierta perspectiva, no deja de ser un contexto local. Lo internacional es una entelequia, también una clase social impuesta por occidente, que se refiere a un deseo de un afuera y no a un lugar específico al que ir o en el que estar. Para un artista de Londres lo internacional podría pasar por venir a trabajar a Barcelona o a cualquier lugar fuera del Reino Unido o Europa. Lo que sucede en el arte sucede también en el plano personal: el reconocimiento de otros, sobre todo si son desconocidos, nos parece más importante, más gratificante y nos da un estatus social mayor. El hecho de que Barcelona no sea un aeropuerto artístico —pocas ciudades lo son— no significa que estemos desconectados del mundo exterior o que no haya un flujo más o menos regular de agentes artísticos de otros lugares trabajando aquí, ya sea por iniciativa individual o por la existencia de proyectos como BAR Project, una organización que promueve de manera constante ese intercambio internacional que tanto se nos pide con residencias de artistas y comisarios de otros países que vienen a trabajar —y a vivir— a Barcelona durante un tiempo. Barcelona Gallery Weekend es un evento vinculado con las galerías de la ciudad, que también existe en otras ciudades y que ocupa un intenso fin de semana en el que sus visitantes nos vamos cruzando unos con otros en diferentes espacios de la ciudad, desde galerías a instituciones, pasando por lugares que acogen temporalmente proyectos artísticos. Gracias al arte muchas veces se abren espacios en la ciudad que normalmente están cerrados al público. La edición pasada de BGW nos permitió conocer, por ejemplo, el recinto fabril de Cosme Toda en Hospitalet o una casa abandonada situada al lado de los jardines de La Central del Raval. Este año los lugares a ocupar serán otros: el Club Billar Barcelona, la antigua fábrica textil Can Trinxet, la Biblioteca Pública Arús o las Caballerizas de la Guardia Urbana de Barcelona.

Sin embargo, cuando el arte empieza a aparecer en lugares insospechados y, además, con apoyo institucional y político de por medio, ese fantasma que recorre el mundo urbano contemporáneo se vuelve más palpable y evidente: la gentrificación, un proceso de transformación urbana que tiene en Barcelona uno de sus arquetipos. Hace años se colocaron estratégicamente espacios culturales en un eje cultural que va desde Universitat a Drassanes. Que a lo largo de ese recorrido esté situado el MACBA —y en su momento el CASM— no es aleatorio ni casual. En ese recorrido estaban también galerías como Nogueras Blanchard, que ahora tiene su espacio en L’Hospitalet. En el mismo edificio están la galería Ana Mas Projects y el espacio de trabajo de varios artistas que previamente habían sido residentes en Hangar, en Poblenou. L’Hospitalet es un lugar al algunos hemos desplazado nuestro lugar de trabajo en busca de mejores condiciones económicas y espacios más grandes. De hecho, muchos no éramos conscientes de que L’Hospitalet tenía en marcha el proyecto de un distrito cultural cuando nos mudamos allí, que ha hecho que la prensa local lo denomine —de nuevo, comparando lo incomparable— como el “Brooklyn de Barcelona”. En todo caso y sin haber estado en NYC, algo me dice que seguramente allí hay otros barrios más acertados para una comparación imposible. Porque ni L’Hospitalet es Brooklyn ni Barcelona es NYC.

A estas alturas del texto me doy cuenta de que cuando hablamos de arte terminamos por hablar críticamente de las políticas culturales e institucionales que lo rodean. De que aquí falta una parte fundamental o la razón de ser de todo esto: las prácticas artísticas. Siempre me ha incomodado —también fascinado— la posición del historiador del presente, ese que de manera similar al periodista televisivo termina por decir “así son las cosas y así se las hemos contado”. Personalmente, me resulta muy difícil trazar una historia del arte en la Barcelona que conozco y habito que no consista en reproducir y combatir clichés. Lo reconozco, me resulta más fácil emitir opiniones sobre el arte que veo en ciudades europeas en las que estoy de paso y que, inevitablemente comparo con el que se produce aquí, llegando casi siempre a la misma conclusión personal. Que lo que se hace aquí me gusta más y que no entiendo por qué los artistas de Barcelona no son más conocidos en otro países, aunque la escena barcelonesa sea una de las más comentadas en el territorio nacional junto con el contexto vasco. Para no dejar de lado lo más importante, aun siendo muy parcial, me gustaría comentar que el día antes de empezar este texto tenía lugar Distribución Perturbadora en varios puntos de plaça Catalunya, un evento colectivo en el que se hizo evidente que los turistas son su parte más visible, pero también la menos interesante. Allí pudimos acceder a una antigua sala subterránea de Cine X, descubrir que lo que ahora es el Sephora fue una calle pública dentro de un protocentro comercial, insertar mensajes críticos en los libros de autoayuda de la FNAC, echar las cartas del tarot de nuevo en la plaza, entender el mosaico del vestíbulo circular del metro, ofrecer servicios sexuales en un hotel por horas, dejar una conversación de 2029 sobre un dispositivo de anticonceptivo para palomas, conocer todas las contraseñas de wifi de toda la zona o escenificar la desaparición del poder en un descapotable. Tres días más tarde, a punto de terminar este texto, iré hacia Poble Sec para encontrarme con una artista ficticia que nos conducirá a un paraje distópico desconocido con el fin de resolver preguntas como ¿por qué no hay artistas en la ciencia ficción? o ¿cómo será el arte de un futuro que nos cuesta tanto imaginar? Quizá ella pueda, además, decirnos cómo será la escena barcelonesa del siglo que viene.

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