Unai Velasco {cronopios}

Unai Velasco (Barcelona, 1986), una de las voces más serias y originales de nuestra nueva poesía, se ha ganado el respeto de lectores y críticos con su primer libro, En este lugar, reeditado en 2013 por el sello Esto no es Berlín.

Escoge una banda sonora para estos cinco minutos de charla. ‘Welcome, Ghosts’, de Explosions in the Sky. Me recuerda a un verso de Rilke: “Tengo muertos y los dejé marchar”.

Publicaste tu primer poemario en 2013, pero escribes hace tiempo, sin prisa y exigente con tu trabajo. Supongo que todo autor que se tome en serio a sí mismo es exigente. Es un tópico cierto que la habilidad debe convivir con el trabajo. Soy impaciente, pero puedo tardar meses en tener la predisposición física y mental para la escritura. Mientras, me dedico a pensar el poema.

Eres catalán y escribes en castellano. ¿Hay esquizofrenia en Barcelona? Para mí el castellano es una construcción, todo idioma. Escribo en castellano como podría hacerlo en catalán. Desentenderse de la raíz te une más a la lengua, por nostalgia de raíz: un burgalés también hace un uso desarraigado del castellano. Es un tema complejo, pero fundamental para mí. En Barcelona existe una separación social en lo literario que carece de sentido.
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[/s2If] [s2If is_user_logged_in()] Tu libro descubre una voz poética potente, pero también a un lector tan audaz como curtido. Cuando lo escribí, entre 2006 y 2007, llevaba tiempo sin mucha conciencia de lo que hacía, sólo leía y me fascinaba cómo eso (el lenguaje, la traducción al signo) determinaba mi vida, lo que consideramos realidad.

¿Cómo se queda el cuerpo tras el Premio Nacional de Poesía joven Miguel Hernández? Sé que es sólo un premio y me lo tomo con distancia. Sigo escribiendo de la misma forma y a mi aire. Pero es una satisfacción pensar que a alguien le guste lo que haces. Más si premian algo tan preciado para mí como la poesía y a una editorial pequeña. Es esperanzador para todo el panorama editorial.

Dicen que un autor no debiera reseñar libros, pero has publicado crítica literaria en varias revistas. ¿Te condiciona esa dualidad? Creo que no. Me permite aprender de los demás poetas en condiciones distintas a la lectura que me ayudan a pensar, también, en mi poesía. Sin querer sonar pedante, quiero creer que estoy comprometido del todo con la poesía. Eso significa escribirla, pero también reflexionar sobre ella.

¿Trabajar en editoriales te ha dado más perspectiva como autor? Son mundos cercanos y a la vez muy alejados. Me apasiona ayudar a que el libro de alguien se publique y la gente lo lea, porque es completar el final de un proceso en el que ha depositado sus ilusiones. Me queda mucho por aprender en la edición.

Con todas esas caras en tu prisma, ¿cómo ves la poesía joven por estos lares? Todavía carecemos de los síntomas así que es complicado hacer un diagnóstico. Muy por encima, diría que en los autores que más me interesan hay una recuperación de la confianza en el lenguaje y en la idea de individuo integrado.

¿En qué andas ahora? ¿Preparas algo nuevo? Desde 2011 escribo El silencio de las bestias, mucho más físico, mi reflexión de estos tres últimos años sobre la poesía y el mundo. El escritor necesita examinar sus útiles antes de escribir: este poema es una oración larga, una apuesta por la nostalgia de pureza lingüística, pero ante todo un test de herramientas. Un intento de volver a la modernidad desde la posmodernidad. Aunque esto es palabrería. Luego ya veremos qué dice el libro, si emociona y si puede conectar con el otro, que es lo que busca la poesía.[/s2If]

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