Úteros Treintañeros II {ci}

Bienvenidas a la columna más petarda de BCN Mes, donde un mes hablamos de temas más intrascendentes que el anterior y nos quedamos tan anchas. Si recordáis, en la anterior edición iniciamos una especie de retrato antropológico sobre las mujeres treintañeras, –si te perdiste la primera parte, la encontrarás en el archivo de bcnmes.com, la web de referencia para estar siempre súper al día del follón cultural barcelonés–.

 

Y después de estos consejos publicitarios, al lío.

 

En Úteros Treintañeros I empezamos a describir como, al llegar a los treinta, la sororidad entra en letargo y las hembras se disgregan en grupúsculos que atienden a la lógica clasificatoria del estado civil: las madres, las ennoviadas y las solteras. De las madres ya dijimos que son las putas amas de la treintena, y ya ni te cuento si llevan a sus retoños al SónarKids y les ponen mini camisetas de Los Ramones. Otra liga.

 

En cuanto a ennoviadas y solteras, protagonizan un fascinante intercambio de estatus dentro de la jerarquía femenina: de repente, esas solteras, que salían a comerse la noche en manada, descubren que su manada es cada vez menos numerosa y se sienten vulnerables como cervatillos. Por no hablar de los sutiles cambios en las interacciones sociales cotidianas, que se transforman en encierros a los que deben asistir capote en mano para torear la inevitable pregunta-mantra: “¿Ytuyatienesnoviooqué?”.

 

Ey, y que la dichosa preguntita no es sólo patrimonio de reuniones familiares, no: ¡cualquier conocido que las pare por la calle se cree con derecho a lanzarla! Vamos, como si el hecho de tener pareja fuese lo único que decidiera la pertenencia de la sufrida treintañera al mundo de los adultos.

 

–Pues mira: soy socia de un despacho de abogados, he sacado varias colecciones de lámparas retro de mi propia marca, el verano pasado crucé Mongolia en una vespino, he escrito dos ensayos sobre la materia oscura del espacio y el año que viene me dan el Nobel de la Paz. Y contestando a tu pregunta, pues no, no tengo novio.
–Ah, pobrecita. Ven que te compre un helado.
Así que, mientras a los veinte esa amiga que tenia un novio “formal” era casi objeto de media lástima, a los treinta se la mira de modo diametralmente opuesto, mira tú por dónde. Las solteras empiezan a acudir a las ennoviadas en busca de consuelo y consejos para conseguir la preciada pieza, el NOVIO, el trofeo que les permitirá restituir su status quo dentro de la jerarquía femenina y de la sociedad entera.

Vamos, como si el hecho de tener pareja fuese lo único que decidiera la pertenencia de la sufrida treintañera al mundo de los adultos.

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