Visca Barcelona 011

Antes de la llegada de la Era Internet, los hombres y mujeres del tiempo –nada que ver con los Weatherman– eran los protagonistas de la sección más esperada del programa televisivo con más audiencia: el parte meteorológico del telediario. Y de la misma manera que se conocía el nombre de los próceres del star system transcontinental, se conocía el nombre, más apellido, de los célebres arúspices de las nubes locales. Los meteorólogos de la televisión, entre divulgadores científicos y videntes miopes, sirvieron además de nexo entre la ciencia ficción de platillos voladores de cartón piedra suspendidos por hilos inverosímiles y la ciencia ficción medioambiental en pro de lo verde a base de cromas y rotoscopias.

 

Este ejército de pronosticadores del Clima S.A. tenía en su agenda una doble misión. A la vez que contentaban al pueblo con una fantasía climatológica llena de radiantes ficciones provenientes de la troposfera, se encargaban colateralmente de animar el ocio y, consecuentemente, el consumo. El sol, además de ser el principal proveedor de los procesos fotosintéticos, es el gran impulsor del consumo. Desde los picnics a los primeros indicios del actual shopping abrasivo, pasando por las tan temidas vacaciones en el mar y demás excursiones obligatorias más allá del balcón, el sol es el factor a tener en cuenta para salir de casa cuando no se tienen deberes extradomésticos. Porque el sol no deja de ser el administrador involuntario de los usos del espacio público y las actividades que se derivan de estos.

 

Volviendo a los representantes del clima –en estrecha e inevitable relación con los comisionistas del otro tiempo, el de aquellos relojes caídos en desuso tras la llegada del teléfono móvil y sus inoculadas utilidades, herramientas y aplicaciones–, eran los encargados de alimentar las esperanzas ociosas alrededor del momento más deseado de la semana: su fin. Utilizando mapas llenos de soles que brillaban por su ausencia en la troposfera de lo real y adulteradas promesas en torno a lo cálido del porvenir, en determinados contextos geográficos los hombres del clima fueron cayendo en desgracia por lo fraudulento de sus predicciones. Con la llegada del nuevo mesías, Internet, y su Biblia a modo de enciclopedia dentro de una pantalla en conserva, la WWW, los portavoces de la climatología fueron borrados del mapa junto a la costumbre de ver la inexcusable televisión en familia. Como no hay mal que por bien no venga, la supresión generalizada de la consulta televisiva, supuso además la interrupción de la desconfianza extendida y la inquina momentánea hacia estos emisarios de la única ciencia superada por la sabiduría tradicional de la refranero. Porque, por si no nos habíamos dado cuenta, eso de que “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” sigue funcionando como un apotegma marcado por el rigor científico extraído del rudimentario empirismo climatológico.

 

Con la llegada del cambio climático (o más bien, con la llegada de la evidencia palmaria del mismo) no hay previsión climatológica que se sostenga. El apocalipsis está cerca y, del mismo modo en que consultamos el pronóstico del clima mirando hacia el ordenador en vez de abriendo las ventanas de casa y sacando la mano por ellas, será revelado primero dentro de una pantalla y luego en el cielo. Lástima de los portavoces del tiempo. Con el cambio climático, tendrían la excusa para que nadie dudase de sus facultades científicas y de sus capacidades premonitorias.

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