Volver a irse {bdm}

Cuando, hace poco más de tres años, me fui de Madrid a Barcelona, no sabía si me quedaría. Cuando, finalmente, me quedé por amor, no sabía que me volvería a ir. Ahora, que estoy de vuelta aquí, miro hacia allí y me sorprendo. Me sorprendo de llevar aquí sólo dos meses y sentir Barcelona tan lejos. Quizás sea el dolor o quizás sea que sí está lejos, puede que muy lejos.

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Tan lejos como los políticos y los medios quieren que estén. Aquí no se habla de Barcelona y en Barcelona no se deja de hablar ni un minuto de Madrid, hasta el punto que de lo que hablan no se parece en nada a Madrid. Ninguno, en realidad, habla del otro. Incluso me pasa a mí. Quizás sea debido a caminar por la calle y no ver ninguna estelada en las ventanas o balcones, a leer el periódico y no encontrarme al Barça o al demoniaco Mas en primera plana, a no tener a nadie a mi alrededor enfadado por cosas que yo no le he hecho. Quien sabe, pero el caso, repito, es que siento Barcelona muy lejos. Y no es porque no haya dejado ahí buenos amigos, a montones, ni porque no tenga grandes recuerdos, que los tengo a cientos. No. Me gusta Barcelona. Ahora mismo me iría a dar un paseo, encantado de la vida, por Gracia o a tomar unas cañas a la Barceloneta. Sin dudarlo, caminaría por las abigarras calles del Gotic en estos instantes. No me importaría tomarme algo en el Borne o comer un kebab de el Rabal. Me encantaría sentir esa luz mediterránea, esa humedad cálida del aire, ese oscurecer tan opuesto a este, castellano, escuchar esas gaviotas que no llegan hasta Madrid. Es otra cosa. Sí. Puede que sea la falta de comunicación, que mamá y papá ya no se hablan y no paran de tirarse los trastos a la cabeza, que, como no quiero elegir a quién quiero más, mando a la mierda a esa señora pesada que me lo pregunta sin cesar y miro hacia otro lado. Puede ser este divorcio malavenido en el que los progenitores utilizan a sus hijos, los ciudadanos, como armas arrojadizas y nos hacen daño cuando no tenemos culpa de nada.

Este tonto orgullo lleno de rencores y malas caras, este repartirse la casa y los bienes, estirar la goma hasta que rompe, cuando lo que querríamos todos es que se llevaran bien y se volvieran a querer. Tal vez es eso, sí, tal vez. O puede ser más sencillo: puede que sea que me fui de Barcelona porque la mujer que me amaba no quiso seguir conmigo. Puede que el que tire los trastos a la cabeza sea yo, que el divorcio malavenido sea el nuestro, amor. Y puede que, como siempre, sólo sea cuestión de tiempo, de guardar silencio y de tratar de no hacernos más daño y tenernos respeto. Quién sabe si me volveré a ir para llegar de nuevo. Quién sabe si este naufragio llegará a buen puerto. Aunque sospecho que sí, porque, aunque no quieras ya vivir conmigo, nunca nos dejaremos de querer. Hemos compartido tanto. Sí, puede que sea todo lo dicho, todo esto, en todos los casos. Puede que no estés tan lejos y aún nos necesitemos.

-Volvamos a hablar, te echo de menos.
-Ya lo estamos haciendo. No hemos dejado ni un sólo minuto de hacerlo.
-Sí, el Madrid al que he vuelto depende de la Barcelona en la que fui feliz y el yo que se fue no es el mismo que el que vuelve.
-El nacionalismo se cura viajando.
-Sí, y el desamor, amando más.
-Aquí estamos. Nadie nos dirá cómo querernos.
-Eres una gilipollas.
-Y tú un capullo.
-Sigamos intentándolo hasta que volvamos a ser nosotros dos.
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