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Xina-Town {reportaje}

Hablar con Yun Peng [se pronuncia entre Sean Penn y Joan Penya] es un continuo interrumpirse. Siempre lo están llamando para cualquier cosa. No sé qué de un perro fuera, Yun Peng. ¿Qué pasa? (Se estaba comiendo un árbol: literal). No sé qué otro de la cocina. Ah, y han pedido dos capirinhas, Yun Peng. Su hermana Susi (en realidad se llama Yunrong, pero todo el mundo la llama Susi) sirve cañas y trae y lleva platos a la terraza. Baojiao, la madre, está en la cocina y es muy seria. Yun Peng tiene 17 años, y Susi, 20.

Enling, el padre de Yun Peng y Susi, llegó a Barcelona en 2002. Trabajó de cocinero en un restaurante chino hasta que pudo abrir uno por su cuenta: primero, el Yoshinoya. Y más tarde el Sakurai. Yun Peng me cuenta que hacían un buffet libre y que era un desastre. Se tiraba mucha comida. Pero también los clientes eran raros. Dice que alguno comía, iba al baño, vomitaba, y volvía a comer. Hay que saber qué clientela se quiere, dice Yun Peng. Por eso tienen una carta de lo más variopinta: entrepans, tapas, wok, sushi, pizzas, crêpes. Él mismo hace la masa de las pizzas.

Y es que hace dos años, después de vender sus dos restaurantes, Enling compró este bar, El Passadís, a unos italianos. Aunque Enling ahora no esté aquí, sino en China, adquiriendo minas de hierro para la empresa de un primo suyo, que luego las revende, es un trabajo provisional: su intención es abrir un negocio y reestablecerse con los suyos en China.

Es una familia de chinos en Barcelona, la familia Shi. Tienen un bar. ¿Os suena de algo? Vayamos por partes.
xina-1 Ilustraciones: Iván Cuadros

En el principio

Vi a un hombre con los brazos abiertos cerca de la puerta de la caseta / y gritaba (…): “¡Pasen! ¡Pasen!”. Decía: “Quien llegue tarde no tendrá dónde sentarse.” -Du Reije

La primera comunidad china de la que se tiene noticia en Barcelona no fue el barrio Chino, sino una construcción de barracas en Poblenou, al lado de la playa, que se conoció como barrio Pekín. En su mayoría, se trataba de buhoneros que vendían productos artesanos, originarios de la provincia de Zhejiang. Pronto desaparecieron. Lo que nosotros conocimos como barrio Chino, ahora Raval, fue una invención literaria. En realidad, consistía en un barrio Chino en el que no vivía ningún chino. Seguramente, un caso único en el mundo. A diferencia de Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos, que tuvieron una onerosa relación colonial con el gigante asiático durante la segunda mitad del siglo XIX, España apenas tuvo contactos con China. En esos momentos estaba ocupada en perder sus últimas posesiones coloniales del ultramar, lo cual consiguió sin muchas dificultades, especialmente en Filipinas. Cabe resaltar que José Rizal, el artífice de la independencia filipina, conocido como “Pepe” y descendiente de chinos, pasó una temporada en Barcelona antes de ser fusilado por sedición en Manila en 1896.

El primer restaurante chino en Barcelona se lo debemos a Pedro Yang, que lo abrió en 1958 para servir comida a los estudiantes taiwaneses que habían empezado a llegar a España, con cuenta gotas, a partir de 1949. Pero la comunidad china en Cataluña siguió siendo exigua. En 1981, era posible aprenderse de memoria el nombre de todos los chinos que había: sólo eran 124 residentes. En 1990, 387.

Entonces llegó un punto de inflexión. La entrada de España en la CEE y los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron el detonante de una inmigración que ha crecido exponencialmente. En 1990 apenas había unas docenas de restaurantes chinos en Cataluña. En 1992 ya se habían abierto cerca de quinientos. Pero la saturación de la oferta y la competencia los redujo a trescientos en 1995. Fue una época de crisis. La inmigración china, sin embargo, no paró de crecer. En el año 2000, había 8.547 residentes. En 2008, en lo que constituye una migración sin precedentes, ya eran 43.395. En 2013, el número total de residentes chinos en España era de 166.283. No obstante, fue el primer año en que bajó. Por lo tanto no es casualidad que Enling haya vuelto a su país. Como me asegura Baojiao, hace diez años un chino no dudaba en decir que en España se ganaba mejor la vida. Pero ahora ya no está tan claro. En Fuzhou, la ciudad de la que proviene la familia Shi, un piso de cien metros cuadrados cuesta unos 200.000 euros. En Shanghái, llega al medio millón. Con la actual crisis, las diferencias económicas entre China y Cataluña se han reducido sustancialmente. No ha pasado lo mismo, sin embargo, entre los chinos y los catalanes.

Se dice cualquier cosa de los chinos. Se dice que no mueren. Que dónde están sus cuerpos, dónde los registros de defunciones. Algunos incluso sospechan del origen de la carne que les sirven. Que son una mafia. Que de dónde sino iban a sacar la pasta para comprar tantos bares y restaurantes. Se dice que explotan a sus trabajadores, que los tienen hacinados en naves industriales en condiciones paupérrimas. Que prostituyen a sus mujeres en los salones de masajes. Y cualquier actuación policial contra la comunidad china tiene una cobertura y difusión mediática desproporcionada. Por supuesto que hay delincuentes chinos en Cataluña. Pero, sobre todo, hay delincuentes catalanes. Como asegura Amalia Saiz, profesora de la UAB y experta en inmigración china, los chinos nos conocen a nosotros mejor que nosotros a ellos. Y cuando no se conoce algo, hay miedo. Y cuando hay miedo, hay prejuicios. Y cuando hay prejuicios, se dicen idioteces.

Tratemos de saber algo sobre ellos. Quizá también aprendamos algo de nosotros.
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El nucleo familiar

En los viajes que yo he efectuado al exterior, no he hallado ningún objeto precioso; la humanidad y la amistad para nuestros padres son lo único precioso que he hallado. – Confucio

Sin duda, el pensador chino más influyente de la historia ha sido Confucio, un sabio que vivió hace 2.500 años. “Confucio” es la latinización que llevaron a cabo unos sacerdotes jesuitas en el siglo XVII. En realidad, su nombre era Kong Qiu, y Confucio proviene de Kong fuzi, que significa “Maestro Kong”. Se atribuyen a Confucio varios libros y muchos discípulos, y con los años se ha llegado a establecer un pensamiento confuciano, interpretado una y otra vez, pero con una base sólida fundamentada en los valores de la familia, la autodisciplina, el trabajo duro, el ahorro y el respeto a la jerarquía.

Desde tiempos inmemoriales, la base de la sociedad china ha sido la familia agrícola. Las relaciones de parentesco, amistad y confianza conforman una red de ayuda mutua y solidaridad colectiva imprescindible para emigrar o emprender un negocio. ¿Cómo llega un chino a abrir un bar o restaurante en Barcelona? El primer paso es tener un hermano, un primo, un amigo o un vecino que ya tenga un negocio. Entonces uno se va a trabajar allí. Es lo que hizo Enling Shi. En caso de que no haya ningún pionero, varios chinos reúnen capital y abren un negocio en el que al principio también son asalariados. Entonces se ponen a trabajar. Y ya sabemos cómo trabajan los chinos: de sol a sol, de lunes a domingo, sin jamás pedir una baja. Cuando el negocio prospera y el inmigrante individual logra amasar un pequeño capital, emprende un negocio por su cuenta y trata de reunificar a su familia para que le ayude. Si este segundo negocio funciona —y suele funcionar—, se reinvierten los beneficios en otro negocio que llevará un pariente o un hijo. He aquí la razón de por qué la gran mayoría de bares chinos están regentados por familias, y de por qué fueron el primer colectivo en impulsar la reunificación familiar en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Y he aquí también la fórmula que les permite conseguir el capital: un préstamo basado en la confianza. La empresa familiar es el motor económico de la actual China, y gracias a ella el PIB del país se multiplicado por cinco de 1978 a 2003. En 2010, la Asociación de Establecimientos de Restauración de Barcelona calculaba que había más de 1.500 bares regentados por chinos en Barcelona. Cuatro años después esta cifra sólo puede haber aumentado. Joaquín Beltrán, también profesor de la UAB y seguramente una de las personas que más sabe sobre la inmigración china en Cataluña, afirma: “(…) el impulso comercial, empresarial y tendente a la autonomía económica familiar es bastante común a lo largo de la historia de la diáspora china, reflejando, en cierto modo, principios inherentes de la ideología confuciana que ha dominado el discurso oficial de las élites durante siglos, y principios ideológicos subyacentes a una estructura socioeconómica de pequeños propietarios agrarios”.

Como dice Confucio, hay que amar a todos los seres humanos por igual, pero este amor debe comenzar por los padres.

Le pido entonces a Susi que me hable de sus padres, de la familia, del trabajo. Enling y Baojiao tenían una pescadería en Fuzhou, una ciudad en la provincia de Fujian, al sudeste de China. Lo cual los convierte en ese 30% que no viene de la provincia de Zhejiang, especialmente del condado de Qintiang y de la ciudad de Wenzhou, del que son el 70% de la inmigración china restante que ha aterrizado en nuestro país. El padre de Enling era herrero y el de Baojiao, frutero. Hace doce años, cuando tenía 28, Enling vino a trabajar a Barcelona como cocinero en un restaurante chino y seis años después llegaron su mujer y sus hijos. Baojiao habla un castellano rudimentario, que no ha aprendido en ninguna escuela, pero Susi me dice que el de su padre es peor, porque al ser cocinero no tuvo que tratar con clientes. Susi y Yun Peng, por el contrario, se expresan con un castellano más que decente que aprendieron en la Escuela Oficial de Idiomas. Por eso ellos suelen atender a los clientes, aunque en el bar todos hacen de todo. Tienen abierto una media de catorce horas diarias, ofrecen menús de mediodía y los viernes y sábados sirven copas hasta las tres. A lo largo del día, si el trabajo se lo permite, se dan una pausa por turnos. Nunca es suficiente, y vuelven agotados cada noche a su piso que está a dos calles de la plaza Osca. Susi piensa que los chinos tienen negocios familiares para estar juntos. Pero asegura que cuando ella abra uno, lo hará sola.
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Más Yang que Yin: La mujer china

Es habitual ver a mujeres chinas. Esto les diferencia de los inmigrantes de otras nacionalidades que también han tenido un aumento notable en la Barcelona de los últimos años, como los paquistaníes. Desde nuestro punto de vista, los chinos aún tienen que avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres. Pero no nos tiremos flores. Ni nosotros hemos acabado con el machismo ni ellos son jeques árabes. En la historia china, se marca la época Tang (618-907) como un tiempo de esplendor de la emancipación de las mujeres, que incluso estuvieron a punto de instituir la primera y única dinastía femenina. Pero no hubo manera. Actualmente, la mujer china es la responsable de transmitir la lengua y la educación a sus hijos. Esto, que tiene una importancia capital en una cultura milenaria como la china, no oculta que el papel de la mujer sigue relegado al ámbito doméstico. Yun Peng me da una pista más: su madre manda en casa, y su padre, fuera. Y otra: las decisiones importantes se hablan entre los dos, pero al final quien decide es el hombre.

Por otro lado, las mujeres chinas son las que más empresas tienen a su cargo de todas las mujeres extranjeras con permiso de trabajo, y también lo son en mayor proporción que los varones chinos. Además, según los últimos datos de 2011, nacieron 378 chinos en Barcelona, lo que les convierte en el colectivo extranjero con más nacimientos. De modo que Baojiao, tal vez a su pesar, y con 41 años, 12 años por encima la media de edad de la inmigración china, se convierte en un modelo: a la cabeza de un negocio y responsable única de sus hijos. Lo cual supone una carga considerable. Y no sólo, aunque también, en la educación.

Yun Peng y Susi, que llegaron a Barcelona con 11 y 14 años respectivamente, recibieron toda la educación primaria en su país, con lo que no tuvieron que acudir a las escuelas que ha creado la comunidad para que sus hijos, habitualmente los sábados, se eduquen según sus tradiciones. Aquí lograron acabar la ESO. Pero no continuaron. Se pusieron a trabajar en el bar. No muestran ningún interés por hacer una carrera universitaria. Sólo un 10% de los residentes chinos en Barcelona tiene estudios superiores, aunque es un dato que ha aumentado un 3% desde 2010. La mayoría de ellos, un 48’5%, no supera los estudios primarios, pero el nivel de escolarización está creciendo. En el curso 2011-2012 había matriculados 2.130 alumnos chinos en Barcelona, una cifra que casi se ha duplicado desde 2007-2008, cuando sólo había 1.272. Y esto es una buena noticia.

La falta de una escolarización prolongada y el acceso a sectores laborales con una mayor proyección social son seguramente dos de los estigmas con los que tendrá que lidiar la inmigración china en Barcelona, porque está en juego su integración. Pero es posible que muchos no quieran integrarse, es posible que primen los incentivos económicos y vuelvan a China o emigren a otro país. Al fin y al cabo, vinieron aquí porque había oportunidades de negocio y unas leyes migratorias más laxas que las de otros países. Vinieron a abrir negocios, a trabajar. ¿Realmente es necesario integrarse? Y, nosotros, ¿dejamos que ellos se integren?
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A la caza del Bar Manolo

Estaba sentado bebiendo y no me di cuenta de la
oscuridad / hasta que pétalos que caían cubrieron mis ropas. / Ebrio, me levanté; caminé hacia el
arroyo lunar. -Li Bo

¿Por qué empezaron a brotar restaurantes chinos llamados La Gran Muralla o El Dragón de Pekín? Porque un chino pionero abrió uno y funcionó. Entonces llegó su hermano y abrió otro. Y así sucesivamente. Hasta que dejó de funcionar. Había demasiados restaurantes chinos. Demasiada oferta de buffet libre y arroz cantonés. Entonces se comenzaron a diversificar: bazares, tiendas de ropa y zapatos, peluquerías… Y, cómo no, el bar Manolo que todos tenemos a dos pasos de casa. ¿Por qué los bares? Primero, porque es un negocio que ya conocen, y que además conlleva una inversión inicial inferior a la del restaurante chino: no hacen falta relieves en madera de cañas de bambú, ni sillas imitación de la dinastía Ming. Lo dejan tal cual está. Si se llama Bar Manolo, pues Bar Manolo. Si sirven bravas y habas a la catalana, pues bravas y habas a la catalana. Si funciona, pues no lo toques. Y, segundo, por una característica del sector en España: sólo en Antón Martín, un barrio de Madrid, había más bares que en toda Noruega. Y si a esto le sumamos la falta de un relevo generacional de los bares, pues ya lo tenemos: el bar Maonolo.

Una de las cosas que más chocan a Susi del contraste entre China y España son precisamente los bares. No entiende por qué hay tantos ni por qué la gente se gasta tanto dinero en ellos. Sobre todo en alcohol. Dos años de experiencia en El Passadís no le han dado la respuesta. En China hay teterías. Cafeterías. Discotecas. Karaokes. Pero no hay un lugar en que se pueda beber té, café, alcohol, escuchar música, bailar y, ya perdiendo los papeles, ponerse a cantar. Y al que uno acuda día sí y día no. ¿Qué haces tú en tu tiempo libre?, le pregunto. Voy de compras con mis amigas, responde. Baojiao está de acuerdo: es mucho mejor gastarse el dinero en ropa que en cervezas. ¿Qué amigas?, continúo. A pesar de que llegara a Barcelona con catorce años y de que fuera al Instituto Maragall, Susi tiene muchas más amigas chinas que catalanas (que también las tiene). ¿Por qué? Dice que es porque trabaja mucho, pero lo dice sin convicción. Gladys Nieto, profesora de la UAM, sostiene que la integración social de los chinos tiene un marcado carácter corporativo y autodefensivo. A lo largo de la historia, el asilacionismo y, en cierta medida, el engreimiento han llevado a China a callejones sin salida. Le pregunto a Susi sobre la percepción de que son una comunidad cerrada. Se queda un momento pensando y luego dice: es verdad. Y lo atribuye sobre todo a que la mayoría de ellos vienen de pueblos pequeños. No va desencaminada. La inmigración originaria de las grandes ciudades, como Pekín y Shanghái, y que suele tener un nivel educativo superior y está habituada a un entorno urbano, es la que logra integrarse con más facilidad en las ciudades europeas.

Pero seguimos siendo suspicaces: va, en serio, ¿de dónde sacan la pasta? Tiene que ser una mafia, una especie de conspiración sinomasónica para hacer un monopolio de cervezas y bocadillos de lomo. Seguimos considerando que China es un país del Tercer Mundo cuyos emigrantes sólo pueden ser mano de obra barata. Pero es la segunda economía mundial y ha tenido un crecimiento cercano al diez por ciento anual durante la última década. Es cierto que las diferencias sociales siguen siendo clamorosas, pero no hay que olvidar que los chinos llevan decenas de años abriendo negocios por Europa y amasando capital. Y se lo prestan entre ellos a un tipo de interés menor que el que a nosotros nos dan los bancos. No son tontos. Tienen un plan bastante claro y consideran que somos nosotros los que estamos perdiendo el tiempo, todo el día dilapidando nuestros ahorros con quintos y pinchos. Les extraña, por ejemplo, que nos jubilemos a los sesenta y cinco. ¿Para qué esperar tanto? Su objetivo es trabajar intensamente para retirarse a los cincuenta. Y entonces volver a China y envejecer allí. En Barcelona, sólo había 271 chinos mayores de 65 años en 2013. Por esto, y porque es una población inmigrante muy joven, los chinos no se mueren. No aquí. Y, por supuesto, no nos sirven a sus muertos en el menú a ocho euros. Para ellos, el culto a los antepasados es algo serio. Así que de nuevo es un mito. Y, de nuevo, Joaquín Beltrán: “El desafío que supone ante el imaginario dominante la conducta empresarial china, que además procede de un país calificado como ‘en vías de desarrollo’ o, lo que es lo mismo, relativamente pobre, ha dado como resultado la aparición de todo tipo de sospechas y rumores acerca de sus supuestas actividades delictivas, pues al parecer es la única explicación posible de su prosperidad. La falta de conocimiento sobre sus estrategias y expectativas, unida a la habitual dificultad de comunicación por el desconocimiento inicial de las lenguas oficiales del país de acogida, les ha envuelto en un halo de misterio proyectando sobre ellos todo tipo de especulaciones sensacionalistas. De hecho, sus iniciativas empresariales movilizan y generan riqueza y puestos de trabajo”.

La integración, por lo tanto, debe ser cosa de dos: del inmigrante y de la sociedad que lo recibe, y ambos se enfrentan a los mismos obstáculos: el miedo, la cerrazón, el desconocimiento. Hace falta un poco de valor por las dos partes. Y no es demasiado. El valor de conocer a quien te sirve el café con leche por las mañanas. O el valor de probar una fideuá al curry. Y también el valor de conocer a los que consumen en tu bar, a quienes ves día sí y día también. O el valor de Yun Peng: está buscando novia catalana. Así que, candidatas, diríjanse al bar El Passadís, plaza Osca nº 10, y pregunten por él.

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